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3 DICIEMBRE 2016
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Un mundo en transición

Fernando de Haro

Fue en noviembre del 88. El otoño estaba avanzado. Desde el avión de la Pan Am, la compañía estadounidense que seguía siendo la única con la que se podía volar a la ciudad, los bosques que se veían al aproximarnos estaban dominados por ese fuego intenso de rojos, amarillos y ocres que dura solo algunos días. Éramos un grupo de periodistas que asistíamos a un congreso en Berlín Occidental. Fuimos hasta una zona en la que se viera bien Berlín Oriental. Subimos hasta una pequeña colina. En realidad  había dos muros. Uno a cada lado. En medio, unos cien metros de tierra de nadie. Sobre ella, garitas del ejército y unos córvidos gordos, quizás grajos, que saltaban sobre el cemento. Bajo el cielo gris, el silencio.  El gris no solo estaba en el cielo,  venía de un sobrecogimiento que salía de dentro, del pensamiento sobre cómo eran los días al otro lado, de las inmensas tierras, de las naciones y de las personas para las que la vida era algo clandestino y seguiría siéndolo durante generaciones, del Gulag, de las historias contadas por la disidencia, de los relatos de amigos que pasaban biblias escondidas en falsos fondos. Entonces Polonia era la excepción. Ese verano, después de una oleada de huelgas el gobierno de Jaruzelski se había sentado a negociar con Walesa. Era impensable que el verano siguiente Solidarność pudiera presentarse a unas elecciones. Desde que se iniciaran las protestas en los astilleros de Gdansk en 1981 y, sobre todo, tras la represión de 1982, las letras rojas sobre un fondo blanco del  nombre del sindicato, con ese particular diseño que evocaba  su base popular, ondeaban en las pancartas que acompañaban los encuentros con Juan Pablo II. Y algunos las utilizábamos en la Universidad, las llevábamos con orgullo en chapas, las pintábamos en los libros y en las carpetas, queriéndonos identificar con esa lucha pacífica contra un ideología que también dominaba a nuestro alrededor.  

Por la noche pasamos al otro lado en metro, después de haber comprado un buen puñado de marcos de la RDA que sólo podían gastarse en unas cuantas cervecerías y supermercados de la primera calle del Este. Era la única iluminada con una luz demasiado intensa para ser real. Nos indicaba de dónde no convenía distanciarse.  Allí  el Muro estaba limpio, sin pintadas. Al volver todos pensamos que seguiría allí todos los otoños de las próximas décadas, que nuestros hijos, y quizás los hijos de nuestros hijos,  volverían a volar en la Pan Am y a gastarse los mismos marcos inservibles en la misma cervecería.  A pesar de que Gorbachov había empezado a hacer cambios nada hacía presagiar que faltaban doce meses para que todo se desmoronase y el silencio se acabara. Se terminaba también entonces lo que algunos han llamado "el siglo corto" que había comenzado con la I Guerra Mundial. La caída del Muro supuso el final de la hegemonía de la última ideología moderna, el marxismo, que pretendió ofrecer una explicación exhaustiva y sistemática de la realidad. Como dice uno de los protagonistas de este libro de entrevistas, "cae la última forma de legitimación racional de lo negativo que está en el centro del pensamiento de los dos últimos siglos" (Borghesi, M. "Augusto del Noce, un pensamiento no maniqueo" en 30 Giorni, octubre/noviembre 2009).  El comunismo se convirtió, a partir de ese momento en un fenómeno, sobre todo,  asiático, con la excepción de Cuba.

El final del Telón de Acero puede considerarse como el comienzo de la transición a la postmodernidad, un fenómeno de múltiples caras que se había anticipado 20 años atrás con el movimiento estudiantil de mayo del 68. El final de la hegemonía del marxismo no supone, a pesar de todo, que en el complejo nuevo mundo que emerge no haya  ideología. Desaparecen un sistema ordenado no la tendencia a empobrecer la realidad.  Alain Finkielkraut ("Razón, ideología y realidad" en  Revista Atlantide, núm. 14, febrero, 2008) señala que "después de que hayan pasado muchos años de la caída del Muro estamos todavía sometidos a la tentación de la ideología. Viviendo en un mundo post-marxista y postotalitario, tengo la impresión de seguir encontrándome con la ideología". Finkielkraut explica que esa ideología que persiste consiste en querer someter siempre la realidad al "principio de razón suficiente", sin dejar nada a la causalidad. Como si todos los acontecimientos se produjeran porque hay razones validas para que sucedan. Cuando lo cierto es que la experiencia nos enseña que el principio que rige es justo el contrario, el de "razón insuficiente": las cosas suceden sin deducirse mecánicamente de los antecedentes. Por eso no sirven los esquemas sociológicos de inspiración roussoniana que explican todos los actos en función de su contexto. "Este es un principio que ha alimentado el marxismo, pero que le ha sobrevivido", señala Finkielkraut. La raíz, según el filósofo francés,  de la supervivencia de la ideología "es que en la base de la modernidad hay un suerte de resentimiento contra el mundo tal y como es donado, contra la confrontación con los datos". Su propuesta es "que el hombre no se crea Dios". Le gusta, aunque no es católico, la invitación que desde el inicio de su pontificado ha hecho Benedicto XVI a ensanchar la razón

¿Sólo economía?

La invitación de Finkielkraut es muy pertinente porque todavía perviven viejos esquemas para comprender lo sucedido desde hace dos décadas. Con motivo del 20 aniversario de la caída del Muro algunos intelectuales seguían citando al economista y socialista americano Robert Heilbroner. En un artículo del New Yorker  del 89 optaba por explicar lo sucedido sólo en clave económica. "El socialismo está acabado y el capitalismo ha ganado. El capitalismo organiza los asuntos materiales de la humanidad más satisfactoriamente que el socialismo", decía entonces. La falta de perspectiva justifica la simplificación pero hoy es más difícil mantenerla, sobre todo si se presenta como solución y se olvida todo lo ocurrido tras la quiebra de Lehman Brothers en septiembre de 2008 y la crisis iniciada con las hipotecas basura. El final del comunismo desató un optimismo que se plasmó en tesis como la del Fin de la historia de Fukuyama, publicada  por primera vez en el 89 en un artículo del National Interest.  La fe en la capacidad del libre mercado para resolver las cuestiones económicas se extendía a todos los ámbitos y se ofrecía como única clave histórica. Todavía perdura ese esquema ingenuo en el que todos los problemas han quedado resueltos por la recuperación de la libertad de empresa y la tutela, decisiva sin duda, de  los derechos fundamentales. Ingenuidad es la palabra que utilizó Wojtyła, el Papa protagonista de la caída del comunismo, para calificar esa explicación. En su libro Memoria e identidad (La Esfera de los Libros. 2005),  publicado antes de morir, asegura: "he dicho que su caída se debió principalmente a los defectos de su doctrina económica", pero -añade- "quedarse en los factores económicos sería una simplificación más bien ingenua" (Pág. 204-205). El Papa polaco, que había contribuido a crear una oposición social al comunismo no ideológica, capaz de mirar a los ojos a los responsables del régimen totalitario que les oprimía, señala la importancia de la fe, del cristianismo, como elemento clave para liberar a Europa de un mal que se había convertido en sistema. La cultura antes que la economía. Juan Pablo II en sus últimos días, recordando la ampliación del mundo libre se pregunta "¿Qué es la libertad?". Responder a esta pregunta, "si ya era importante en el pasado, lo es mucho más tras los acontecimientos de 1989". "Después -añade el Papa polaco- de la caída de los sistemas totalitarios, las sociedades se sintieron libres, pero surgió el problema del uso de la libertad". Juan Pablo II, consciente del reto que implica la postmodernidad, subrayaba que no basta alcanzar la libertad, lo decisivo es conquistar su contenido.  "Se trata de no desperdiciar estos sacrificios", los que se hicieron para derribar el totalitarismo, afirma Benedicto XVI en la Caritas in Veritate, dando continuidad respecto a lo que había afirmado su predecesor. "Tras el derrumbe de los sistemas económicos y políticos de los países comunistas de Europa Oriental y el fin de los llamados bloques contrapuestos, hubiera sido necesario un replanteamiento total del desarrollo", y "esto ha ocurrido sólo en parte". Nos despertamos del sueño de noviembre del 89 en septiembre de 2001.

El papel de la historia

Fue otro noviembre. Este de 2004. Bush se presentaba a las elecciones para su segundo mandato. Las medidas de seguridad en el aeropuerto JFK de Nueva York eran extraordinarias. La ciudad estaba en alerta con una memoria muy viva de lo sucedido tres años antes. Y se temía que pudiera volver a sufrir otro ataque. Podía venir de cualquier sitio. Dominaba la incertidumbre. Meses atrás Madrid había sufrido el zarpazo del 11 M. En el corazón de la febril Manhattan, en el inmenso agujero de la Zona Cero, esos días todavía predominaba el silencio. En la red metálica que impedía el acceso al solar donde habían estado las Torres Gemelas todavía había mensajes, fotos, oraciones.  El silencio invitaba a escuchar lo que decían los muertos. En marzo de 2003  había comenzado la Guerra de Iraq.  El golpe del terrorismo y la guerra obligaron a los más optimistas y a los más fervientes defensores del Espíritu de la Ilustración a hacer las cuentas con el pasado. Todorov, que no está entre los  ingenuos, titula con esa expresión uno de sus últimos libros (Galaxia Gütemberg. 2008).  Reconoce que "no se han cumplido todas la antiguas promesas. En concreto el siglo XX, que ha vivido la carnicería de dos guerras mundiales, los regímenes totalitarios que se establecieron en Europa y en otros lugares, y las mortíferas consecuencias de los inventos técnicos, parece haber desmentido definitivamente todas las viejas esperanzas, hasta el punto de que habíamos dejado de reclamarnos herederos de la Ilustración (Pág.20)". El ensayista quiere recuperar esa herencia pero reconoce que "la distancia que sigue habiendo entre lo que se podía considerar una promesa y las realidades del mundo actual nos obliga a llegar a una primera conclusión: toda lectura invariablemente optimista de la historia es una ilusión".

Tras la caía de las Torres Gemelas la pregunta sobre qué es la libertad se hace más aguda, más histórica, más concerniente a lo cotidiano. Las primeras respuestas que se formulan en este comienzo del siglo XXI parecen oscilar, como señala Constantino Esposito,  entre el fundamentalismo y el relativismo, que en realidad son las dos caras de la misma moneda. Un relativismo que entiende la libertad sin verdad y un fundamentalismo que entiende la verdad sin libertad. "Afirmación de la verdad sin el yo (fundamentalismo) y/o afirmación de un yo sin verdad (relativismo)" (Los retos del Multiculturalismo. Ediciones Encuentro. 2009. Pág.). No conviene caer de nuevo en viejos esquemas, el fundamentalismo no es sólo un fenómeno Oriental y el relativismo una característica de Occidente. La defensa de la tradición occidental se hace en algunos casos olvidando la importancia que tiene la historia y la subjetividad en nuestra cultura para que la verdad no sea afirmada de un modo abstracto. Como también dice Esposito, "el nexo entre relativismo y fundamentalismo (...) puede ser localizado también dentro de nuestra misma cultura (...), entre los que no aceptan el relativismo y están dispuestos a combatirlo pero afirman una "verdad" que concierne únicamente al absoluto intemporal, mientras que la historia está presente sólo en el campo de lo relativo (Ibídem)".  

Y como la historia es decisiva para la superación del relativismo y del fundamentalismo se hace necesario comprender algunas de las claves de un mundo que está  transición. Para contribuir a ello es para lo que sale a la luz este libro de entrevistas. Se le ofrece al lector la mirada de un grupo heterogéneo de personas  lúcidas, algunas de ellas referentes internacionales en su ámbito de conocimiento,  sabias, pero sobre todo dispuestas a seguir el consejo de Finkielkraut para someterse al principio de "razón insuficiente". Rémi Brague es difícil de clasificar: filósofo, historiador, una de las personalidades con más vasta cultura del Viejo Continente. La conversación con él ayuda a comprender los orígenes de los problemas que nos acucian. Eugenio Trías y Alejandro Llano forman parte de ese pequeño grupo de personas que en el panorama español puede denominarse con propiedad filósofos. Massimo Borghesi, pensador italiano, como los dos españoles, se distingue por no haberse quedado encerrado en el mundo de la academia y haber reflexionado sobre las cuestiones de actualidad. Javier Gomá es un joven ensayista difícil de clasificar. Junto a ellos, tres teólogos que se toman muy en serio el reto de la historia: Angelo Scola, patriarca de Venecia; Javier Martínez, arzobispo de Granada; y Javier Prades, decano de la Facultad de Teología de San Dámaso.   

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