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9 DICIEMBRE 2016
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En Brasil, una tragedia conocida y anunciada

Francisco Borba Ribeiro Neto

Las tragedias ocasionadas por fenómenos naturales son las que más crecen en todo el mundo. Se calcula que, en América Latina, cerca de 14 millones de personas perderán tierras o casas por los desastres naturales. Los cambios climáticos creados o no por el hombre tienen un papel relevante en esos números, pero los muchos terremotos muestran que el crecimiento de la densidad poblacional combinado con la falta de infraestructuras de prevención y protección son los que causan el problema. Por eso, las Naciones Unidas desarrollan un programa especial para reducción de los impactos de esos desastres naturales en todo el mundo. En 2005, en la Conferencia de Hyogo, los países entre los cuales estaba Brasil se comprometieron a realizar una serie de acciones en esa dirección. Pero, tras de la tragedia de enero de 2011, el Gobierno brasileño ha reconocido que los compromisos asumidos en esa Conferencia no fueran implementados.

Esos datos nos llevan a muchas preguntas. En un momento en que el país es elogiado por su crecimiento económico y por sus avances  en el combate de las desigualdades sociales, ¿por qué no se tomaron las medidas acordadas para proteger a las poblaciones de los desastres naturales? ¿Qué se puede hacer para reducir o eliminar esas muertes y esas pérdidas económicas? ¿Cuál es la responsabilidad del Estado, de la sociedad organizada y de las personas mismas en la superación del problema?

La parte del gobierno

En el mundo la magnitud de las pérdidas con desastres naturales es proporcional a los problemas de corrupción e ineficiencia de los gobiernos. Cuanto más corrupto e ineficiente es un gobierno, proporcionalmente más grandes son las pérdidas que los desastres infligen a las poblaciones. Pero el problema no es sólo ése. En Brasil se añade a esos problemas una cultura de no prevención, donde el crecimiento económico se produce en detrimento de la seguridad de las personas y del medio ambiente. Existe una sorprendente relación entre las pérdidas humanas y materiales con los deslizamientos de tierra en Brasil y la reciente crisis financiera internacional. En los dos casos, el observador encontrará en las raíces de las pérdidas la falta de medidas de prevención y cautela ya conocidas y sabidamente necesarias, pero sacrificadas en nombre de un progreso y crecimiento económico que no consideraba los riesgos y las incertidumbres inherentes a la propia realidad. La idolatría del suceso a cualquier coste, la pretensión de autonomía y poder sobre la vida y la naturaleza que caracteriza al hombre moderno tiene mucho que ver con esas catástrofes.

Un ejemplo simple nos ayuda a entender esa relación. Mientras las medidas de prevención de catástrofes naturales no eran implementadas en Brasil porque no eran prioridad del Gobierno, se tramitó en el Congreso Nacional una propuesta de cambio de las leyes ambientales que hiciera más fácil la construcción de edificaciones en laderas con fuertes pendientes. En lugar de evitar las áreas de riesgo, se intentó facilitar su ocupación. No se trata de una cuestión ideológica, entre políticos de izquierda y derecha, pues existen apoyos a ese cambio de legislación en todos los lados. Como vemos, es una cuestión cultural más amplia y profunda.

Y la parte de la sociedad

Las medidas de prevención que pueden y deben ser tomadas se basan principalmente en sistemas de previsión de eventos climáticos catastróficos, levantamientos de áreas de riesgo, alarma y remoción previa de las poblaciones en la inminencia de una catástrofe. Son medidas necesarias, que podrán reducir en mucho las muertes, pero que no resuelven el problema de fondo, que es la ocupación de esas áreas de riesgo. Las pérdidas materiales, los daños ambientales y parte de las muertes continuarán ocurriendo. ¿Cómo resolver el problema de esos cinco millones de personas que viven en áreas de riesgo en el país? Aparentemente no existen recursos para construir casas para todas ellas en lugares seguros y la experiencia demostró que cuando las poblaciones son removidas de áreas de riesgo, otras vienen e ocupan el espacio. ¿Qué hacer?

Se trata de una situación donde los esquemas de combate de la pobreza basados solamente en la renta muestran todo su límite. Las personas ocupan las áreas de riesgo porque ésas son áreas cercanas a la infraestructura urbana y a los puestos laborales. El incremento de la renta familiar no resuelve ese problema. La remoción de las personas o el impedimento de la ocupación de esas áreas no son factibles. Una vez más la única solución real y definitiva es el desarrollo integral de las poblaciones, que considera no sólo sus aspectos financieros, sino todas sus vidas.

En Brasil existen muchas experiencias bien desarrolladas que muestran cómo caminar rumbo a una solución más definitiva de esos problemas. Las favelas sobre palafitos en Alagados, en Salvador da Bahia, se localizaban en un área inundable, de gran riesgo para la salud de la población, pero muy bien ubicadas en la ciudad, razón por la que todos los procesos de remoción de las favelas fueron ineficientes. En los años 90, un proyecto de intervención, liderado por la ONG Avsi, se enfrentó al problema favoreciendo la subsidiariedad, valorando las redes sociales, los lazos sociales y las formas de promoción humana ya existentes en las favelas. No fue una remoción de personas de un área de riesgo, pero sí un proceso comunitario de desarrollo personal y social, en la cual el cambio de ubicación de las casas se evidenciaba para los habitantes como posible y deseable. Solamente con el multiplicarse de procesos como éste se podrá resolver definitivamente el problema de los asentamientos en áreas de riesgo.

Los recursos son otro gran problema, evidentemente. Pero no un obstáculo insuperable. En São Paulo, otra ONG, la Asociación de los Trabajadores Sin Tierra, empezó, también en los años 90, un trabajo de compra de lotes y la construcción de viviendas apoyado financieramente no por el Gobierno sino por los mismos compradores. Eran personas pobres, pero que conseguían, a través de la solidaridad y del apoyo de unos a los otros, comprar y construir sus habitaciones. Actualmente, más de 17.500 familias tienen sus casas construidas de ese modo, con un mínimo de inversiones gubernamentales.

El desarrollo integral de las personas, realizado a partir de los principios del protagonismo de las personas, de la subsidiariedad y de la solidaridad, es el camino más efectivo para un verdadero afrontamiento también del problema de las catástrofes naturales en el siglo XXI.

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