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5 DICIEMBRE 2016
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Encima les damos caña

José Luis Restán

Y en ésas estamos cuando un grupo de políticos pertenecientes al PP y a Unió Democrática ponen en marcha la Asociación Familia y Dignidad, que se integra a su vez en la red Acción Mundial de Parlamentarios y Gobernantes por la Vida y la Familia. Experiencias de este tipo, que ligan a parlamentarios y dirigentes políticos de diversos partidos para promover la subsidiariedad, la defensa de la vida o la libertad religiosa, existen ya en otros países de nuestro entorno. De esta forma los católicos que participan en diferentes partidos pueden favorecer determinadas políticas más allá de la rígida disciplina partidaria, y pueden ofrecer un testimonio concorde en temas esenciales.

Si la izquierda española no abanderase un sectarismo tan marcado, sería lógico que también pudieran integrarse en esta plataforma personalidades del PSOE, como lo sería que los hubiese de Convergencia o del PNV, si en este último partido no estuviésemos asistiendo a una verdadera descomposición de su matriz cultural. Pero en fin, los que han dado el paso lo han hecho libremente y asumiendo su propio riesgo cara a la opinión pública y a sus propias filas. Curiosamente una buena noticia como ésta ha encontrado en no pocos ámbitos católicos una recepción amarga y quejumbrosa, de modo que estos políticos, en vez de cosechar ánimos, se han visto más bien sometidos a una especie de quinto grado. Pero ¿a qué jugamos?

En la raíz de esta reacción (no unánime pero bastante extendida) se encuentra un problema de fondo y una cuestión de clima afectivo. La primera se refiere a la no aceptación del hecho de que los católicos, para incidir políticamente en sociedades plurales y muy secularizadas como la nuestra, deben buscar plataformas amplias en las que dispongan de libertad para el debate, la propuesta y la defensa de sus valores, pero asumiendo que sus respectivos partidos esbozarán finalmente un programa de consenso dirigido a múltiples sujetos sociales con perspectivas a veces enfrentadas. Eso sucede en los Estados Unidos, Francia, Alemania, Gran Bretaña e Italia desde hace décadas.

Se trata de reconocer en primer lugar el carácter contingente y aproximativo de la acción política (y esto no es relativismo, por amor de Dios) y de no confiarle el cambio moral y cultural que nuestra sociedad necesita. A la política hay que reclamarle principalmente libertad y defensa del bien común (o sea, protección de los derechos fundamentales). Cabe plantear en cada caso si un partido ofrece el espacio mínimo de libertad, la apertura suficiente y la valoración adecuada de determinadas cuestiones,  para que los católicos participen sin traicionarse a sí mismos. A esto no se puede responder de modo abstracto sino históricamente, contando siempre con la libertad de los implicados y con el acompañamiento discreto de la autoridad eclesial.

En todo caso ésta es una realidad dinámica, porque los católicos dentro de un partido deben luchar lealmente para que sus propuestas prosperen, sabiendo que no constituyen la única identidad dentro de ese partido. Y lógicamente puede llegar una coyuntura histórica en la que sea preciso un testimonio de público de discrepancia, o en la que determinado partido se vuelva irrespirable para los católicos. 

Con todas estas reflexiones me parece claro que la presencia de católicos conscientes y comprometidos en partidos como el PP y Unió es una magnífica noticia por la que deberíamos felicitarnos el conjunto de los católicos españoles. Más aún si deciden ofrecer un rostro común y están dispuestos a protagonizar debates cruciales como los referidos a la defensa de la familia y de la vida, la libertad religiosa o la subsidiariedad del Estado. Y ojalá que existiese en nuestro país un socialismo en el que esa participación fuese posible y efectiva, como lo es en el SPD alemán, en el laborismo británico o en el PSF galo, sin que esto signifique que en dichos partidos la vida de los católicos sea cómoda en absoluto. No lo es en ninguno, ni siquiera en aquellos que proceden de matriz democristiana, porque la realidad social y cultural de occidente es la que es, y debemos aprender a vivir en ella.    

Pero falta la cuestión del clima afectivo. Quizás un exceso de confianza en la política, una pretensión de que sea ésta la que realice el cambio social, moral y cultural que esperamos, hace que nos volvamos amargamente intolerantes con los católicos que están en ella. Nunca dan la talla, nunca son suficientemente valientes, siempre nos parecen evidentes sus componendas. De todo hay en la viña del Señor, y es justo que los políticos católicos respondan al pueblo del que nacen y que les sostiene (o les debe sostener). Pero siempre con la paciencia y la benevolencia que nacen de saber que sus posibilidades son limitadas, que su trabajo es a largo plazo, que deben cultivar el pacto y que deben aceptar la imperfección. Esperemos que de su compromiso libre y esforzado nazca un mayor espacio de libertad y una mejor garantía para que los diversos sujetos sociales (tantos de ellos nacidos de la vitalidad de la Iglesia) realicen su propia tarea.

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