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4 DICIEMBRE 2016
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El giro necesario

José Luis Restán

Con todo no le restemos importancia. Los 143 firmantes representan aproximadamente un tercio de todos los profesores de teología de su área, y podemos presumir que han dispuesto y disponen de notoria influencia en las publicaciones católicas, en la formación de los nuevos sacerdotes y en el clima general de la opinión católica de sus países. Sin duda no falta talento entre todos estos sabios, aunque como decía Urs von Baltasar, cuánto talento desperdiciado en nuestros días. Y tampoco faltará en bastantes de ellos la buena fe, aunque sea acompañada de prejuicios ideológicos que inducen a una tremenda miopía. Por lo demás, esto no se sana mediante decretos y baculazos. Aquí ha faltado guía, discernimiento, arrojo y creatividad... por parte de muchos. La paciencia, el diálogo y la reflexión común siguen siendo necesarios. 

Pero vayamos al fondo de la cuestión. Se entiende que el alejamiento de Dios, el extravío antropológico y la crisis cultural que atenaza a buena parte de Europa produzcan angustia e incluso algún que otro palo de ciego. Pero confiar en que estas medidas (la ordenación de casados y de mujeres, la democratización de la elección de obispos, la admisión de divorciados vueltos a casar a la Eucaristía...) abrirían paso a una nueva primavera de la fe es más de lo que uno puede soportar. En el texto tan traído y tan llevado, no encuentro palabra alguna que se dirija a la búsqueda del hombre contemporáneo, a su necesidad y su grito de auxilio. Todo está en una asfixiante clave interna, incapaz es de dejar de mirarse al ombligo desde hace ya cuarenta años.

Por otra parte estos teólogos que exigen reformas y emplazan a un diálogo con la jerarquía podrían parecer autistas. Las cuestiones que proponen han sido amplia y hasta cansinamente debatidas en todos los foros. El propio Concilio Vaticano II (al que invocan siempre en su espíritu pero no en su letra), los sínodos (el de los laicos y el de los sacerdotes) y el magisterio de los Papas (desde Pablo VI a Benedicto XVI) se han pronunciado de manera inequívoca sobre esos asuntos. Volver a plantearlos ahora con el viejo método de las firmas y con la trompetería y alborozo de la gran prensa (la misma que los utiliza y los desprecia) tiene más que ver con una lucha interna de poder que con el deseo de ir a las fuentes de la experiencia cristiana. Curiosamente el nuevo manifiesto coincide con las atrabiliarias peticiones de un grupo de diputados de la CDU que piden una suerte de "excepción germana" a la regla del celibato. Todo ello muy bien orquestado para ir calentando la visita de Benedicto XVI a su tierra natal en otoño próximo.

Hace más de treinta años un joven teólogo de nombre Joseph Ratzinger se interrogaba sobre el rostro que tendría la Iglesia en el año 2000. Y decía que "el futuro de la Iglesia no vendrá de aquellos que sólo se acomodan al instante actual, de aquellos que sólo dan recetas, de aquellos que sólo escogen el camino más cómodo y tienen por falso y superado, por tiranía y legalismo, todo lo que exige al hombre, lo que le duele y le obliga a renunciar a sí mismo". Por el contrario explicaba que "el futuro sólo vendrá de aquellos que tienen raíces profundas y viven de la plenitud de la fe". Y hace apenas unos meses, en el libro-entrevista Luz del mundo, ese mismo hombre convertido ahora en Sucesor de Pedro decía que "aunque la burocracia está desgastada y cansada, se está desarrollando en la Iglesia una creatividad totalmente nueva... que nace desde dentro, de la alegría de los jóvenes".

Según los últimos datos, diecisiete mil jóvenes de Alemania, Austria y Suiza se han inscrito ya para encontrarse con el Papa en Madrid, durante la Jornada Mundial de la Juventud. Sería bueno para todos que los 143 teólogos se acercasen a estos jóvenes, escuchasen sus inquietudes y preguntas, y dejasen a un lado el manual de la protesta eterna. Que caminasen con ellos, ayudándoles a acoger la propuesta de la fe vivida en la Iglesia como respuesta a sus deseos más profundos. Ése sí que sería un giro necesario, el que desde hace cuarenta años ellos se niegan a realizar.

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