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7 DICIEMBRE 2016
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¿Cómo salir del flop del 'multiculturalismo de Estado'?

Robi Ronza

Unas palabras que coinciden con las pronunciadas recientemente por la canciller alemana Angela Merkel, que se expresaba de forma análoga respecto al caso alemán, afirmando entre otras cosas que la cohesión social se construye sobre la confrontación pacífica pero explícita entre las diversas visiones del mundo, y no sobre su aniquilación. Y añadió al respecto que el problema de Alemania no es "demasiado islam, sino demasiado poco cristianismo". Si añadimos a esto que en Francia desde hace tiempo se está desarrollando un replanteamiento similar de las políticas de integración, cuyo fracaso ya se ha puesto de manifiesto, podemos concluir positivamente que se dan las condiciones necesarias para que la política en este ámbito pueda mejorar sustancialmente.

Algo que resulta de gran interés para países europeos con importantes flujos migratorios que, por falta de experiencia o de información, corren el riesgo de afrontar el problema según criterios y fórmulas ya obsoletas.

Volviendo al discurso de Cameron, hay que reconocerle el mérito de haber sido muy explícito y haber conseguido un gran eco. Cameron ha indicado el camino hacia la superación de ese multiculturalismo fracasado: el principio de pertenencia a un territorio y, por tanto, a una historia y a una cultura. "La gente debe poder decir: soy musulmán, soy hindú, soy cristiano, pero también soy londinense", ha afirmado. Es un camino justo, pero queda por ver cuánta gente está dispuesta a recorrerlo, empezando por los propios "profesionales" de la integración social, profesores, periodistas, médicos y voluntarios de las organizaciones de solidaridad.

La cuestión no es baladí: no es sólo política y sociológica, sino que concierne también a la esfera de la filosofía en el sentido original del término. El "multiculturalismo de Estado", que por fin es objeto de crítica, es hijo del relativismo moderno, con su típico rechazo a la eventualidad de poder alcanzar una verdad y una justicia válida para todos. A medida que esta mentalidad avanza, el camino a recorrer pierde interés para el que es diferente, y a la sombra de una indiferencia disfrazada de tolerancia, la sociedad civil queda reducida a un amasijo de guetos, tendencialmente hostiles entre sí. Para salir de este punto muerto, ¿será suficiente, como sugiere Cameron, el reclamo a la pertenencia a un territorio y a su identidad social e histórica?

Me temo que, para un grupo creciente de mis contemporáneos, la pertenencia a un territorio no tiene aún la importancia que tiene, por ejemplo, para mí. No me gusta nada, pero así es. Por tanto, hay que ir más allá, buscar algo que ya se da en la pertenencia a nuestros países europeos, pero que ya no se da de forma automática en todos. Me refiero a las evidencias fundamentales que derivan de la condición humana. El único motor posible y real para el diálogo, y por tanto para la convivencia civil, no es por tanto la "duda metódica" de las filosofías de matriz ilustrada, de las que el relativismo moderno tan extendido es fruto de su degeneración extrema. El único motor posible es la condición humana común. El diálogo, por tanto, consiste en la interrelación entre las respuestas que cada uno da a estas cuestiones partiendo de su propia visión del mundo.

Teniendo en cuenta el "derecho de primogenitura" de la tradición del propio país, la convivencia civil no puede no fundarse sobre una base de valores comunes, fruto de la confrontación abierta entre las diversas respuestas planteadas y no de su aniquilación, en una perspectiva de búsqueda confiada y leal de lo que es verdadero y justo para todos. O se hace una política de integración inspirada en criterios de este tipo o no saldremos de la catástrofe del "multiculturalismo".

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