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9 DICIEMBRE 2016
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La materia prima de lo humano

José Luis Restán

Todo esto me ha venido a la mente al leer el artículo de Gabriel Albiac titulado "De la amistad" (ABC, www.abc.es/20110223/opinion-colaboraciones/abcp-amistad-20110223.html). Un artículo que expresa como pocos esa condición "desesperada" (creo que a él no le molestaría el calificativo) del hombre contemporáneo. El artículo comienza sentando una premisa pétrea, sin resquicio: "no hay entusiasmo que no esté hecho para extinguirse, ni emoción, ni mucho menos creencia... sólo existe el tiempo devorando lo que amamos, devorándonos". Pero tras esta profesión nihilista Albiac despliega su elogio de la amistad: "sólo por amistad se es libre... la amistad sólo (que no es un sentimiento sino una inteligencia) se sabe intemporal, y nada desea, nada espera, y nada ofrece". Junto al despunte de luz (¡la amistad que es intemporal, que nos hace libres!) el tajo brutal: nada espera y nada ofrece. ¿Podemos sostener nosotros, católicos del siglo XXI, este desafío? Si no lo intentamos no estaremos respondiendo a la invitación del Papa.

La negación es brutal en este texto de Albiac, brillante y cortante como el hielo. Pero en esa superficie fría parece aletear un deseo, casi en contradicción abierta con todo lo dicho. Y entonces el filósofo, el hombre, nos habla de cómo el dolor producido por la enfermedad de sus pocos amigos repiquetea en su alma como un granizo. Esto lo digo yo: como si tuviésemos que esperar algo, como si a pesar de toda su premisa amarga, eso que llama "amistad" demandase desde lo más profundo un cumplimiento, una seguridad eterna, un destino insospechado pero bueno. Nuestro autor ha partido del sinsentido de la realidad, del furor ciego que todo lo devora como trama de la existencia. Pero hay algo en él que se rebela: ha conocido la amistad y ésta implica donación gratuita, dolor por el otro, deseo de que esa relación no termine nunca.  

"¿Dónde nace la amistad?", se pregunta Albiac, y reconoce no saberlo. "La amistad es lo más difícil que uno cruza en su camino, un destello de la inteligencia que te golpea, un instante; algo, pues, ajeno al flujo heraclíteo que todo se lo lleva". Sí, un destello de la inteligencia, del corazón, que diría la Biblia, hecho de razón y afecto. Una chispa que salta por una correspondencia imprevista entre un yo y un tú, porque así estamos hechos y no hay absurdo, ni melancolía, ni protesta que lo puedan ocultar.

¿De qué nos habla esta realidad extraña que llamamos amistad, hecha de tan misteriosa materia que incluso Albiac reconoce, que en cierto modo está a salvo de la avalancha que todo se lleva por delante? Nos habla de un deseo que no es producto de la cultura ni de una excitación artificial: salta en un cruce de camino, como un destello que te golpea. Y este deseo pide (¡exige!) la eternidad. Uno siente como un granizo sobre el alma el riesgo de que no se cumpla, el temor de que se pierda en la nada. Esto es lo humano.

Albiac guarda silencio sobre esta contradicción esencial: la oscura nada como destino obligado, y la chispa del corazón (razón y afecto) que prende y clama: por piedad, ¡permanece! Hay otra salida. Que esta chispa del deseo sea la materia prima de lo humano, la huella del Infinito. Que Otro más grande y poderoso haya cortado el flujo heraclíteo que todo se lo lleva. Uno que por pura gracia (palabra extraña, como la amistad) algunos hemos podido conocer a través del rostro de un hebreo llamado Jesús. Y desde entonces caminamos con libertad junto a los hombres en su tiempo nublado, en su historia de angustias y esperanzas. Y los reconocemos amigos, más allá de disputas y recelos, al mostrarles con humildad las razones de nuestra esperanza.

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