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2 DICIEMBRE 2016
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'Si hay cambio en Irán, vendrá de dentro'

M.B.

Tras la caída de Ben Ali en Túnez y de Mubarak en Egipto, también en Irán se han producido manifestaciones contra el régimen. En realidad no es la primera vez que el régimen iraní es contestado. ¿Los acontecimientos de Oriente Medio pueden influir en la situación interna de la República de Irán?

El régimen iraní, que cree ver en esta movilización urbana algo equivalente a la revolución de 1979, la aplaude. En realidad, ni en Egipto ni en Túnez los clérigos musulmanes (ulamâ) han desempeñado un papel importante. (Es cierto que en Irán, en 1978, los clérigos no fueron los únicos que movilizaron a las masas. El descontento llegaba a los intelectuales, a los trabajadores, a los jóvenes, a la izquierda y a los nacionalistas liberales). La oposición iraní, que no posee verdaderos líderes ni una ideología clara, ha usado el pretexto del apoyo ofrecido por el Gobierno iraní para insinuarse en una manifestación de solidaridad con Túnez y Egipto, y convertirla en una manifestación hostil a Ahmadinejad. La oposición iraní se identifica con los movimientos contestatarios tunecino y egipcio que se han formado en nombre de las libertades políticas e ideológicas, en nombre del pluralismo político, en nombre de la alternancia en el poder, valores que Ahmadinejad y sus aliados han reprimido o sofocado. Pero en Túnez y en El Cairo los poderes que han sido expulsados eran representados por fósiles políticos esclerotizados desde hace decenios por un ejercicio del poder despótico, Ben Ali y Mubarak, que ha sido relativamente fácil hacer caer. En Irán, una cierta colegialidad en el interior de los Pâsdârân (los guardianes de la revolucionaria), una cierta juventud y un relativo dinamismo de la clase política en torno a Ahmadinejad -todo esto, naturalmente, con muchos matices- hace que sea mucho más difícil cambiar el poder. La reacción del Gobierno iraní parece por el momento eficaz, como por otra parte en Argelia.

A diferencia de lo sucedido en Túnez y en Egipto, con ocasión de las revueltas que siguieron a las elecciones de 2009 en Irán, el ejército y las fuerzas del orden se han enfrentado a la población. ¿Hay alguna posibilidad de que esta vez la situación sea distinta?

En el ejército de los guardianes de la revolución hay probable elementos insatisfechos preparados para contestar a Ahmadinejad. En el ejército tradicional de Irán, menos ideológico, probablemente hay elementos críticos. Pero la fuerza de Ahmadinejad proviene del hecho de que él controla muy bien el aparato represivo. Las milicias populares (basij) completan eficazmente a la policía.

¿Sobre quién podrían apoyarse entonces la sociedad civil y las fuerzas antigubernamentales si no cuentan con el apoyo del ejército?

Las clases medias están insatisfechas; los jóvenes aspiran a un mercado de trabajo mejor; los intelectuales se ven ahogados y ven en la censura y en la represión ideológica una constricción insoportable; las mujeres aspiran a un reconocimiento de su papel real en la vida profesional y política... Los descontentos no faltan. En el clero, algunos âyatollâh están preocupados por el aumento del anticlericalismo y dicen abiertamente que es necesario separar lo religioso de lo político. Los jóvenes, que sufren desde muy temprana edad un adoctrinamiento ideológico en nombre del islam, se alejan en masa de la religión oficial, pero la mayoría de las veces expresan su rechazo sólo a través de la adhesión individual a grupos místicos o la búsqueda de otros discursos de salvación. Es necesario desconfiar de los intentos de apoyo externos (iraníes en el exilio, presiones de EE.UU. u otros), que no puede hacer más que deslegitimar un movimiento, como lo demuestra la experiencia de 2009: habiendo retenido a gente de la embajada británica o a la francesa Clotilde Reiss como "pruebas" de una manipulación extranjera, el Gobierno iraní ha tratado de demostrar que con la represión de la oposición defendía la independencia de Irán.

En el caso de un cambio de régimen en Irán, ¿quién podría hacerse cargo de la transición? ¿Esa parte del clero que no se reconoce en las ideas y en la acción del presidente Ahmadinejad y de la guía suprema Ali Khamenei, o los líderes políticos de la oposición?

Sin lugar a dudas se encontrarían hombres capaces, en el contexto de una república islámica reformada, capaces de conducir una alternativa más liberal, pero no se llegaría a un verdadero cambio de régimen. Esto implicaría la neutralización de los Guardianes de la Revolución y de los basiji, algo impensable. En el marco del actual régimen Hashemi Rafsanjani, Khatami (los ex presidentes) Moussavi y Karroubi podrían representar una especie de frente reformista.

Por tanto, si el régimen de Ahmadinejad cayese no sería el final de la República Islámica, sino el inicio de su reforma.

Si Ahmadinejad (no el régimen, sino la persona) cayese, sería sustituido por otro, quizás incluso peor que él. Por otra parte, es probable que en el 2013, cuando llegue a término su segundo mandato presidencial, dejará el puesto a otro. Los estadounidenses han manejado desde hace tiempo la hipótesis de una restauración monárquica, absolutamente impensable, y en Iraq han conservado hasta el año 2009 la base los Mujahidin del Pueblo, un pequeño grupo que hoy no posee ningún apoyo real en la opinión pública iraní. El cambio vendrá desde el interior. Esperemos que se dé una transición progresiva hacia el pluralismo político.

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