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11 DICIEMBRE 2016
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The Red Tenda of Bologna (John Berger)

Álvaro de la Rica

En más de un sentido, en nuestra tradición, son algo inseparable. En su último libro publicado en España habla nada más y nada menos que del martirio. Establece una relación entre el martirio y los pequeños placeres de la vida, una taza de café Blue Mountain, por ejemplo. "Su sabor permanece en la boca casi una hora. Le hace compañía al cerebro". La conexión puede parecer extraña pero la Iglesia, desde el comienzo, estableció una relación entre martirio y eucaristía: no sólo porque la eucaristía es la muerte incruenta del Cristo renovada, sino porque para que haya martirio, propiamente dicho, tiene que estar el Cristo realmente presente (como en la hostia consagrada).

Para Berger hay una relación entre el pequeño placer, una ingesta del mejor café del mundo, y el martirio. Ha visto la conexión de lo que entra por la boca. Y sabe que se trata de "niveles distintos" (p. 93), y así lo dice con su habitual acierto. Los extremos se tocan y ambos (martirio, búsqueda de placer) son formas de hacer frente a la crueldad de la vida, de poder continuar hacia adelante. Según esto el martirio está más cerca del placer que de la renunciación ascética. Yo también lo creo así.

Por una parte es cierto que en el martirio hace falta una gracia especial, sin la cual sería puro heroísmo, cuando el martirio, que no excluye el heroísmo, es otra cosa distinta. Por otra, en la vida hay martirios incruentos que se prolongan y a los que uno se somete por fe y con la asistencia de la gracia. ¿Qué razón habría para someterse a un determinado martirio cuando además nadie más que el interesado sabe que lo es? El mártir puede ser ahora un testigo mudo.

Berger no habla de esto porque no le gusta entrar en la mística (nunca ha podido desprenderse de la tradición empirista que le precede). La razón, si la hubiera, hay que buscarla en el secreto del alma, en la oración. No tenemos ni idea de lo que pasa en un alma que reza. Ignoramos los caminos por los que puede acabar transitando. Sólo ella lo sabe. Es su secreto. De ese modo acaba el libro de Berger hablando del secreto. Del secreto que se esconde en las cámaras detrás de los toldos rojos de las ventanas de la ciudad de Bolonia.

Me impresiona en la foto que hayan colocado dos velas en la ventana, como diciendo: aquí detrás está sucediendo algo. Y de otra forma singular de secreto, el fenómeno del "grito susurrado". "Si dos personas se colocan cada una junto a una pilastra en extremos opuestos del octágono, podrán hablar la una con la otra en voz baja y se oirán nítidamente, pero aunque haya mucha gente a su alrededor, nadie más oirá lo que digan. Se invierte la idea del secreto. Aquí para contar un secreto te alejas, las palabras resuenan en público, y sólo las dos personas las oyen".

En Pamplona hay un lugar donde gritar susurros. Todo muy bergmaniano. Alguna vez yo lo he hecho, pero en vez de un octógono es un cuadrado. Qué metáfora más ajustada de la oración. Nadie oye nada, más que las dos personas que se comunican y están en el secreto. Rodeadas de gente. Y qué metáfora del martirio incruento. Para contar un secreto te alejas. Y las palabras resuenan en público. Cuando vaya a Bolonia (espero que muy pronto) y me dé un paseo por los soportales pensaré en los grandes que fueron los viajeros que pasaron por ahí.

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