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6 DICIEMBRE 2016
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El libro del Papa, hijo de la compasión

José Miguel García

En el prólogo al segundo volumen de su obra Jesús de Nazaret afirma: "En doscientos años de trabajo exegético la interpretación histórico-crítica ha dado ya lo que tenía que dar de esencial. Si la exégesis bíblica científica no quiere seguir agotándose en formular siempre hipótesis distintas, haciéndose teológicamente insignificante, ha de dar un paso metodológicamente nuevo volviendo a reconocerse como disciplina teológica, sin renunciar a su carácter histórico" (p.6s). Esta separación, incluso oposición, entre ciencia y fe en la hermenéutica de la Palabra de Dios ha sido mortal, no sólo para el pueblo cristiano, sino también para la misma exégesis. Urge que los estudiosos reconozcan "que una hermenéutica de la fe, desarrollada de manera correcta, es conforme al texto y puede unirse con una hermenéutica histórica consciente de sus propios límites para formar una totalidad metodológica" (p.7).

Benedicto XVI se esfuerza por probar en su libro la historicidad de los acontecimientos narrados en los relatos evangélicos de la pasión y resurrección, pero al mismo tiempo desvela el significado teológico de estos hechos sucedidos en la década de los años 30 en Jerusalén. No estamos, pues, ante una "vida de Jesús"; aunque algún lector pueda hacerse esta idea leyendo el índice de la obra. La intención del Papa no es narrar históricamente los últimos días del judío Jesús de Nazaret, ni se centra en probar la coherencia interna y la fiabilidad histórica de los relatos evangélicos, aunque lo haga con frecuencia, sino desea "encontrar al Jesús real" tomando en serio el testimonio apostólico recogido en los evangelios. Los autores sagrados escribieron los evangelios para que otros pudieran experimentar la misma plenitud de vida que ellos tuvieron encontrando a Jesús. También Benedicto XVI, acogiendo este testimonio, se convierte en testigo e invita a todos sus lectores a hacer la experiencia de este encuentro. Su interés, por tanto, no se sitúa en el pasado, sino en el presente. "He tratado de desarrollar -afirma- una mirada al Jesús de los Evangelios, un escucharle a Él que pudiera convertirse en un encuentro; pero también, en la escucha en comunión con los discípulos de Jesús de todos los tiempos, llegar a la certeza de la figura realmente histórica de Jesús" (p.9).

El cristianismo no es una idea, ni una filosofía, sino el encuentro con una persona viva que murió y resucitó hace más de dos mil años. Por ello, ciertamente la historia es una dimensión constitutiva de la fe cristiana, pero no se trata de un hecho lejano y, por tanto, de un recuerdo. Jesús vivió en el pasado, pero continúa presente. El Papa en su primera encíclica afirmaba que es el encuentro con esta Presencia, con la persona de Jesús, lo que permite el nacimiento de la fe y la experiencia de humanidad nueva, más plena y verdadera. Para esto vino a la tierra: "He venido para que tengan vida y la tengan abundante" (Jn 10,10). Esta intensidad de vida que nace del encuentro con Jesús llevó a Mario Vittorino a la siguiente conclusión: "Cuando encontré a Cristo me descubrí hombre". Justamente para favorecer el encuentro con el Jesús real, que desvela y cumple nuestra humanidad, Benedicto XVI ha escrito este libro. Y así toma en serio la misión que le ha sido confiada: "Confirma a tus hermanos". Mediante su palabra y testimonio, recogidos en este libro, el Papa ayuda al lector a reconocer la Presencia de Jesús en toda su grandeza, le invita a la relación con Él para experimentar "la fe como una fuerza que actúa en el presente y, a la vez, como esperanza" (p.324).

Durante la lectura de este libro, en algunas ocasiones me ha venido a la mente un pasaje evangélico que expresa la conmoción que Jesús sintió delante de la gente que lo seguía: "Y al desembarcar, vio mucha gente, y se compadeció de ellos, pues eran como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles largamente" (Mc 6,34). A lo largo de las páginas de esta obra se percibe esta compasión por los que están confusos o presa de la duda, por quienes se preguntan y buscan sin hallar respuesta, por aquellos que quieren conocer más. Es la misma ternura de Jesús que se prolonga a través de una humanidad cambiada, de la que Benedicto XVI es un buen testigo.

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