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21 ENERO 2017
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Libia: una intervención necesaria con muchos riesgos

Fernando de Haro

El Santo Padre no condena, como hizo Juan Pablo II con la II Guerra de Iraq. Pero no oculta su aprensión, establece como criterio la seguridad de los ciudadanos y reclama una solución rápida. La seguridad de los civiles es el motivo que justifica la intervención, al menos tal y como ha quedado fijado por la resolución 1973 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas aprobada en la madrugada del jueves pasado. La operación parece justificada pero suscita muchos interrogantes.

Occidente durante décadas permitió que el régimen de Gadafi vulnerara los derechos fundamentales de su pueblo sin tomar la más mínima medida. Se le consideraba un aliado, el dictador bueno que era capaz de frenar la expansión de Al Qaeda en el Magreb. Hasta se le dejó formar parte de la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas. Sólo la revuelta que se inició a mediados de febrero empezó a cuestionar una política en la que se incluía la venta de armas. Y entonces se volvió a cometer otro error, se pensó que la caída del coronel Gadafi sería sólo cuestión de días. Y no sólo resistió sino que inició una ofensiva que hasta hace unos días parecía destinada a triunfar. Bengasi, el bastión en manos de los rebeldes, estaba a punto de caer la semana pasada.

Estados Unidos se mantuvo hasta hace unos días al margen porque el Mediterráneo ya no está entre sus prioridades, lo suyo es ahora el Pacífico. Por primera vez en muchas décadas la Pax Americana no se sentía concernida por lo que pudiera pasar en el Norte de África. Y Europa demostraba una vez más su impotencia para llevar a cabo una política exterior común. Sólo la inminencia de una posible victoria de Gadafi, el cambio de la administración Obama -que al final se ha implicado-, y la abstención de Rusia y China en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas han fraguado el necesario consenso de la comunidad internacional y ha permitido la formación de la coalición que se concertó el pasado sábado en París. Es un mensaje positivo que Occidente se implique en la gran transformación que se está produciendo en el mundo de mayoría musulmana. Los libios y el resto de los que se han levantado contra la tiranía no podían quedar sin un mínimo apoyo, aunque sea para que no los masacren. Ese apoyo, además de constituir una exigencia de justicia, rompe con la imagen ideológica que desde hace años difunden los integristas. No será tan fácil seguir diciendo que Europa y Estados Unidos son los enemigos de los pueblos del islam. El respaldo de Naciones Unidas y la implicación de la Liga Árabe han sido dos elementos que han añadido legitimidad. Pero ahora vienen las dificultades.

La Liga Árabe ya se ha desmarcado. El mando de las operaciones está a cargo de Estados Unidos, pero el secretario de defensa -Robert Gates- y altos funcionarios norteamericanos ya han dejado claro que no va a ser por mucho tiempo. Esta no es la guerra de Obama. La debilidad europea puede jugar una mala pasada. Alemania se ha mantenido al margen. No hay una planificación exacta de lo que se va a hacer, sólo una coalición circunscrita a los objetivos de la resolución 1973. Y esos objetivos son, como es lógico, muy reducidos. Cameron ha anunciado este lunes que se han cegado los sistemas de radares, con lo cual no será complicado crear la zona de exclusión aérea reclamada por Naciones Unidas. ¿Y después?

Con la cobertura de la aviación aliada los rebeldes tienen más fácil enfrentarse a Gadafi e intentar, de nuevo, derrocarlo. Pero no está ni mucho menos garantizado. La exclusión aérea estuvo mucho tiempo en vigor en Iraq sin que surtiera efecto. Lo peor que pudiera suceder es que la situación quedara en tablas. Para ese escenario, de momento, no hay nada previsto. Habrá entonces quien apueste por una nueva resolución de Naciones Unidas que autorice la intervención terrestre, en este momento expresamente prohibida. Será muy difícil conseguirla. Habrá también quien quiera poner en marcha esa intervención sin el apoyo de la ONU, los bombardeos contra los serbios en el conflicto de Kosovo no lo tuvieron. Y entonces entraríamos en una fase mucho más complicada: se desharía el ya frágil consenso de la comunidad internacional y el mundo musulmán no vería tan claro que Occidente es su aliado. Y si Estados Unidos ha pasado para ese momento a segundo plano los problemas se verán agravados.

Esta no es una guerra como la de Iraq. Pero hay que aprender de los errores que se cometieron entonces. Tras el conflicto los iraquíes han vivido peor que con Sadam, ha habido más terrorismo y menos libertad religiosa. Y uno de los grandes fallos fue no tener una estrategia clara de "reconstrucción nacional". Se disolvió, por ejemplo, la policía y el ejército. Han hecho falta años para reconstruirlas. En Libia la estrategia de reconstrucción nacional no está clara, ni siquiera hay una hoja de ruta clara para cuando se logren los objetivos de la resolución 1973.

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