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4 DICIEMBRE 2016
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Plantemos olivos

José Luis Restán

Al celebrar ayer los 30 años de Ediciones Encuentro me ha venido a la memoria como un rayo aquella recomendación, para tantos extemporánea, de plantar olivos. Porque hace tres decenios la decisión de iniciar una obra de futuro tan incierto como una editorial, con pocos medios y escasos apoyos, podía parecer a más de uno la expresión de un refinado intelectualismo, o simplemente una pérdida de energías, mientras se requería dar la batalla en las trincheras. Ha pasado mucho tiempo, pero nuestra mentalidad quizás no ha cambiado demasiado. Con demasiada frecuencia seguimos pensando que la respuesta está en la dialéctica y en la exhibición de nuestro músculo, en la reafirmación sonora de principios y valores que buena parte de la gente percibe desprovistos de carne y de sangre. Pero la realidad nos desmiente.    

Ediciones Encuentro nació para entablar un diálogo (que es lo mismo que ofrecer un testimonio) con la cultura alejada de la tradición cristiana, y también para alimentar las venas resecas de buena parte del catolicismo español. Pero sobre todo nació en el seno de una compañía cristiana, como expresión inteligente de la experiencia que un grupo de amigos ya estaban haciendo. Nunca fue la obra de un quijote romántico, sino de hombres y mujeres que habían encontrado la fe como respuesta total para su exigencia humana, como satisfacción y como victoria. Por eso nunca ha estado a la defensiva, sino que ha sabido abrir relaciones imprevistas de izquierda a derecha, concitando la simpatía y la curiosidad de las personalidades más variadas, muchas de las cuales se hicieron presentes ayer en la celebración de estos 30 años.

En aquellos primeros pasos balbucientes, podía parecer un exotismo crear una editorial para brindar al público español la mejor veta de la renovación teológica católica (Balthasar, De Lubac, Guardini, ¡Ratzinger!...) o la obra literaria de autores como Peguy, Undset, Lewis y Claudel, y sobre todo para dar a conocer la pasión educativa de un sacerdote casi desconocido en España que se llamaba Luigi Giussani. En aquellos días aún no era posible ver el tronco nudoso del olivo, tan sólo un frágil tallo que iba a precisar muchos años para crecer. Años de trabajo y sacrificio, pero sobre todo de pertenencia vivida, de corrección constante, de conciencia clara de las razones que sostenían ese empeño. Hoy son muchos los que gozan de los frutos de este olivo, que desde luego no ha concluido su andadura. 

No pretendo escribir aquí la crónica de esta aventura tan bien documentada en un reciente y hermoso libro por su principal protagonista, José Miguel Oriol, sino mostrar mi gratitud por esta obra que ofrece tantas lecciones para nuestra hora presente. La primera es que sólo una fe arraigada en la tierra de la Iglesia, con el horizonte de la gran tradición católica y la conciencia de las angustias del presente, puede generar una presencia significativa. La segunda es que los católicos necesitamos una dignidad cultural que nos permita medirnos de tú a tú en el diálogo con todos, y esto implica autoexigencia, humildad y al mismo tiempo carencia de complejos.

La tercera es que no sirve de nada gritar en el vacío: hace falta encontrar a los otros, tomar en cuenta sus preguntas, sus rechazos y sus amargas invectivas... no para decir amén, sino para atravesar su dificultad y mostrarles la belleza del cristianismo que ya no conocen. La cuarta y última (aunque podríamos sacar algunas más) es que toda presencia cristiana que se precie debe alentar una pasión educativa, en el sentido más amplio y profundo de las expresión. Ediciones Encuentro nos muestra todas estas cosas, y nos recompensa de tanto lamento inútil, de tanta sensación de esterilidad y de derrota. No es que haya que esperar otros treinta años a ver qué pasa: es que la victoria de Cristo, que se manifiesta en una humanidad libre, razonable y alegre, ya está presente. Y por favor, no perdamos más tiempo y dediquémonos a plantar olivos. El campo espera.

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