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5 DICIEMBRE 2016
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El escarnio y la gloria

José Luis Restán

Desde que llegó a esta sede por decisión explícita de Benedicto XVI, una caterva de heroicos anarquistas le persigue para estamparle en la cara un tartazo. Valiente gesto, tan original y tan libre. Cuando aparece le insultan con epítetos como "homófobo", "pedófilo", o simplemente "mierda". Porque defiende la inviolabilidad de toda vida humana, la base heterosexual del matrimonio y el celibato eclesiástico. Cuestiones en las que no parece muy original. Primero insultos de grueso calibre, después el tartazo. La última vez ha sucedido en la Universidad de Lovaina la Nueva, donde había llegado para disertar sobre la relación entre la fe y la ciencia. Era su universidad, la misma en que se había formado como gran teólogo. Nada más llegar al hall ha recibido el primer impacto. Con gran humildad y sangre fría el arzobispo se ha limpiado la cara con un pañuelo y ha proseguido su camino hacia la sala de conferencias. Allí se ha repetido la historia. Antes de articular palabra ha recibido la segunda tarta en pleno rostro. Qué risa, pero qué risa. Los valientes activistas habían logrado una vez más su objetivo.

Imaginemos el punto psicológico en que pudo arrancar la conferencia del arzobispo Léonard en el templo de la razón y de la libertad de pensamiento. Pues aun así lo hizo, mansamente, desgranando sus argumentos de teólogo inteligente y abierto, sin un reproche, como si nada hubiese pasado. Benedicto XVI habló en su Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de 2007 del "escarnio cultural" al que con frecuencia son hoy sometidos los cristianos en Occidente. Quizás no exista mejor palabra para describir todo esto: escarnio. Eso sí, embadurnado de merengue para que la demolición de la imagen pública sea más eficaz, más a tono con ese "nihilismo gayo" que es el santo y seña de estos revolucionarios de pacotilla. Mientras, los centros de poder miran con una mezcla de conmiseración y disimulada satisfacción. Aunque la vieja Bélgica que antaño admiramos esté a punto de que le apliquen la eutanasia, aunque la razón ya sólo sea un sudoku para la tarde de domingo, y las grandes empresas históricas de la nación un vano sueño que se desvanece entre disputas cicateras.   

Pero quizás la propuesta de la fe cristiana en Bélgica haya tocado fondo de tal modo, que sólo a partir de esta vulnerabilidad, de esta humildad que ha encarnado André Léonard, pueda empezar a reconstruirse algo. De hecho junto a la risa grotesca empieza a abrirse paso el respeto y la admiración. Porque allí casi nadie está dispuesto a dar razón de su esperanza, en el caso de que la tuviera. Y este viejo sacerdote que camina a pecho descubierto, con más títulos y más libros a las espaldas que sus patéticos críticos, lo hace para bien de todos. Y cuando habla del sentido de la vida y de la santidad de la familia, y del límite a la omnipotencia del Estado, y sobre todo de Cristo muerto y resucitado, está contribuyendo firmemente al bien de todo un país. Cuentan que muchos fieles de la brumosa y fría Bruselas empiezan a salir de sus madrigueras porque han oído la voz de un pastor. Vilipendiado y escarnecido, sí, pero con la libertad y el coraje de los primeros apóstoles.  

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