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9 DICIEMBRE 2016
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El inglés raro y los NiNi de Madrid

Javier Restán

Como ya es bien sabido el Premier británico David Cameron ha convertido esta idea en llave maestra de su acción política. En Liverpool, todavía hace menos de un año explicaba ante sus seguidores que la Big Society es la posibilidad de "un inmenso cambio cultural". Lo explicaba en estos términos: "las personas, en su vida cotidiana, en sus casas, en sus barrios, en su trabajo, no tienen que dirigirse necesariamente a los funcionarios públicos, a las autoridades locales o centrales para encontrar respuesta a sus problemas, sino que se sienten libres y suficientemente fuertes para ayudarse a sí mismos y a la comunidad donde viven: hablo de quienes deciden crear  una nueva escuela, de las empresas que invierten en la formación para el empleo, de las organizaciones que trabajan para la rehabilitación de personas encarceladas...". Sí, realmente la Big Society es una idea poderosa.

El gobierno de coalición Cameron-Clegg ha dado pasos importantes en este sentido y prevé dar otros muchos: ha abierto las puertas a la iniciativa social en educación a través de las free schools, está promoviendo la creación de cooperativas y mutualidades para la gestión de servicios públicos, está impulsando nuevos sistemas de financiación para la iniciativa social en la los ámbitos más diversos, incluso ha creado un Ministerio para la Big Society... Muchos de estos proyectos fracasarán, otros saldrán adelante, con algunos de ellos incluso es posible estar en franco desacuerdo, pero las ideas de Blond y las iniciativas del gobierno Cameron buscan devolver la primacía a la sociedad sobre el Estado para promover la responsabilidad y la libertad de las personas,  y esta es la cuestión más importante hoy en la política occidental. En torno a ella se dirime el futuro de nuestras sociedades libres y democráticas.

Blond pone el dedo en la llaga cuando argumenta que el Estado de bienestar (que en muchos aspectos constituye una conquista muy importante para los países europeos) conlleva a la larga una dinámica de pérdida de responsabilidad y protagonismo de las personas y de las comunidades. De esta forma se ha extendido una mentalidad según la cual todo se le debe exigir al Estado y es del Estado de quien debe venir todo. Así pues, la tarea de la sociedad sería reclamar, movilizarse para que el Estado actúe, exigir derechos, pedir soluciones... Se nos ha hecho creer que el Estado es el representante del bien público y por tanto la iniciativa individual y asociada se ha convertido en algo superfluo.

Esta mentalidad la podemos ver por todas partes. Según ella la tarea del pueblo, de la sociedad, de las personas, consistiría en reclamar al Estado para que lo haga todo y lo haga bien: "una sociedad perfecta donde ya no sea necesario ser buenos", que diría el también inglés T. S. Eliot.

Todo europeo lleva esta mentalidad en los tuétanos. Una pequeña muestra ha sido la manifestación de los llamados Jóvenes sin futuro recientemente celebrada en Madrid, que ha secundado movilizaciones parecidas en Lisboa, Londres y otras capitales europeas. Por supuesto, estaban movidos por la extrema izquierda. Pero reconozcamos que había también un grito sincero de impotencia: "esta realidad no nos gusta, nos estáis asfixiando". Seguramente reivindican el panfleto de Stéphane Hessel, Indignaos, que recorre Europa. Pero este grito va acompañado de una clamorosa ausencia de responsabilidad, de una incapacidad de estos jóvenes de ser protagonistas.

Un ejemplo, real como la vida misma: estudiante de instituto que participa en la manifestación de los Jóvenes sin futuro. Una semana antes, un profesor anuncia examen para el lunes: "Profesor, tú no puedes poner examen el lunes, los fines de semana son nuestro tiempo y necesitamos descansar", e inicia una polémica con el profesor delante de todos los compañeros para eliminar el examen y garantizarse un fin de semana tranquilo. Una semana después salía a la calle a pedir "casa", "curro" y "jubilación"...

Este es el problema, ¡están esperando un regalo! Es más, lo exigen. Alguien debería explicar a este adolescente que si quiere conseguir una vida digna, tendrá que ganarla con su trabajo, día a día, y que por ahora, ese trabajo se identifica con el estudio y la realización de exámenes, que no son otra cosa que una modalidad bastante suave de poner a una persona frente a la realidad. Pero esto, es casi seguro que no se lo dirán en su Instituto.

Esta confluencia de incapacidad de protagonismo real por un lado, y por otro una exigencia de respuestas y soluciones que deben dar otros, instancias superiores, el Estado en definitiva, es un cóctel explosivo. Además de generar una dinámica de victimismo insoportable, induce a la violencia y es un campo abonado para la manipulación ideológica.  

Por el contrario, suscitar capacidad de protagonismo, la capacidad de decir "yo", se llama educar. Pero, cuidado con la palabra. Porque sólo educa un sujeto, no un sistema. Hay educación si hay un sujeto que educa, es decir, si ese chaval se encuentra con alguien capaz de sacar a flote las preguntas, los deseos, las exigencias más elementales y radicales que lleva dentro; si se encuentra con alguien capaz de hacerle gustar del conocimiento y la belleza acumuladas en el pasado, y le ayuda a juzgar todo (también ese pasado) desde una razón abierta de par en par. ¡Y esto puede suceder incluso en las escuelas...! Aunque no sea lo frecuente.

Si hay alguien que da el paso adelante y comienza a proponer esto, la Big Society, empieza a caminar. De lo contrario, nos aguarda la nostalgia.

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