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4 DICIEMBRE 2016
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Seis años: yo no estoy desilusionado, todo lo contrario

José Luis Restán

San Agustín, que es un pozo inagotable en el que siempre ha bebido el Papa Ratzinger, le ha sugerido esta curiosa paradoja: en lo tocante a la fe y a la pertenencia a la Iglesia "hay muchos fuera que parecen estar dentro, y hay muchos dentro que parecen estar fuera". Esta reflexión del Papa contenida en su diálogo con Peter Seewald (Luz del mundo) me parece especialmente oportuna para este aniversario.

Porque por un lado crece de manera evidente la sorpresa de un mundo alejado, o al menos frío y distante, ante la propuesta renovada de la fe que plantea Benedicto XVI en todas sus intervenciones. De hecho cuando se le escucha nunca se tiene la impresión de estar ante lo previsible, ante lo ya sabido. Él personifica como nadie el esfuerzo más auténtico del Concilio Vaticano II: hacer que la fe de siempre, arraigada en la tradición apostólica, esté presente de nuevo como interlocutor válido para esta generación. Y eso implica un esfuerzo de traducción de los contenidos de la fe a los moldes culturales de nuestro tiempo, un diálogo cara a cara con las expectativas e impugnaciones de esta generación. Iniciativas como el Atrio de los Gentiles (que esperemos no quede fosilizada en mero debate intelectual cara a los medios) y el Consejo Pontificio para la Nueva Evangelización responden a esa intuición originalísima.

Pero por otro lado, mirando desde dentro, se detecta un rumor sordo de fastidio. El vaticanista Sandro Magister ha hablado de "los desilusionados con el Papa Ratzinger". Aquellos que habían establecido una imagen de cómo había de ser el pontificado conforme a su propio proyecto, y ahora se sienten defraudados. Demasiado diálogo, demasiado paciencia, quizás demasiada modernidad. Fastidio por la política de transparencia total en los casos de los abusos perpetrados por sacerdotes, por la llamada a la conversión y la purificación más que a la trinchera. Fastidio por la iniciativa de oración por la paz en Asís, a la que ha convocado a los líderes de las grandes religiones y también a personalidades no creyentes. Fastidio en suma por su forma de entender la libertad religiosa, en clave demasiado moderna. Tortícolis que tienen algunos.

Seis años después me convenzo más y más de que el dedo de Dios estaba señalando aquella tarde al hombre providencial, al hombre de esta hora. Con su magisterio y su testimonio Benedicto XVI está regenerando la entraña misma del cuerpo eclesial, con paciencia, sin atajos, desde la raíz. Está forjando también una nueva cultura de la fe para el siglo XXI, y está abriendo un espacio nuevo a la presencia cristiana en un mundo hosco pero sediento, en el que los católicos aún no hemos aprendido a movernos.                            

Hay un rasgo esencial de este pontificado, en tantos momentos marcado por el signo de la cruz: la alegría sencilla y esperanzada que manifiesta el Papa en medio de cualquier tormenta. Es curioso que alguien tan avezado para el análisis, tan penetrante para diagnosticar las oscuridades de la historia, tan potente en el uso de la razón, no sucumba jamás a la tentación del pesimismo o de la amargura. En eso se diferencia bien de algunos de sus críticos sobrevenidos.

Y precisamente esa esperanza arraigada en la fe de la Iglesia es un sello de autenticidad cristiana que no engaña. "¡Qué grande y bella, y también sencilla, es la vocación cristiana vista desde esta luz!", nos decía recientemente al hablar de los santos. Santos que son "señales en el camino", y cuya vida es la apología segura del cristianismo y la señal de donde está la verdad. Verdaderamente Benedicto es una señal luminosa para nuestro ajetreado camino.   

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