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9 DICIEMBRE 2016
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¿Qué laicidad, don Gregorio?

Mª Carmen Ciordia

Estimado Don Gregorio,

Tengo cuarenta años. Nací y me crié en una familia católica y desde los 4 años hasta los 18 estudié en un colegio religioso. Con catorce años, decidí que eso de ir a misa los domingos estaba muy bien para mi padres, pero a mí me aburría soberanamente, y no volví a acompañarlos.

De modo que de los catorce en adelante, viviendo en el seno de una familia católica, y asistiendo a un colegio religioso (y posteriormente a una universidad de jesuitas), mi relación con la Iglesia fue absolutamente nula. Para mí la Navidad eran unas fiestas estupendas, en las que estaba de vacaciones y recibía regalos. La Semana Santa algo genial, porque ya hacía mejor tiempo,  podía ir a la playa y "ligar bronce". De vez en cuando en la televisión veía alguna noticia sobre el Papa (Juan Pablo II), y no voy a negar que me producía cierta emoción ver a toda aquella gente  que iba a verle y parecían tan felices, pero no pasaba de ahí, cierto asombro.

Con esto, ¿qué quiero poner de manifiesto? Que aun habiendo estado rodeada de católicos (en mi familia, en el colegio), en una época en la que su poder era tan enorme (como usted deja entrever en el artículo que escribe), no acabo de entender qué es lo que me ha sucedido a mí. Porque lo que está muy claro es que yo no soy ninguna heroína que ha luchado por mantener sus ideales de libertad de conciencia, decisión o lo que fuere. Simplemente a lo largo de mi vida, y en el día a día he tomado decisiones y mi libertad ha sido respetada. ¿Usted ha vivido en el mismo país que yo los últimos 40 años? Es que lo que usted describe no corresponde en absoluto con la realidad que yo conozco y he vivido. ¿Sabe usted cuándo he comenzado yo a conocer, con la razón y con el afecto, en primera persona y queriendo enjuiciar aquello que tenía delante, a la Iglesia, al cristianismo, a los católicos? A los 35 años y por propia iniciativa. Hasta entonces, he vivido como si no existieran y sin interferencia alguna por su parte. No vino el párroco a buscarme a casa, simplemente me encontré con unas personas que vivían su vida intensamente, sin negar nada, sin rechazar nada, sin escandalizarse de nada, ni de los errores propios, ni de los ajenos. Ante algo así, se abre en uno el deseo de saber más, de conocer más. No me sirve lo que otros digan, tengo que juzgar por mí misma, tengo que ser libre.

Cuando he leído su artículo, he tenido la sensación de que eran palabras que partían de una decisión tomada desde un lugar recóndito de su ser hace mucho tiempo, una decisión agria, amarga, de alguien que esperaba mucho y que lo que recibe no le satisface, se queda defraudado, se siente traicionado. De alguien con un prejuicio. Parece que lo que le asusta es la libertad, el uso de la razón. Da la impresión de que está usted dominado por un rencor, por un odio que le impide ser realista, es decir, mirar la realidad tal cual es, y ahora le diré algo que probablemente no le guste, "amando la verdad más que a uno mismo". Además, Don Gregorio, que un hombre de su inteligencia y preparación tergiverse la verdad para adecuarla a la tesis que defiende, es lamentable, porque es el primer signo que demuestra que lo que usted defiende no es verdadero, sino que necesita ser manipulado, y me refiero concretamente  a su afirmación de que "dicen que no se puede votar a partidos que apoyan el divorcio, el aborto o el matrimonio entre personas del mismo sexo". ¿Me está diciendo usted que los votantes socialistas (no sé, ahora mismo se me ocurren el Sr. Bono y el Sr. Vázquez , pero  pienso en los millones de votantes que el PSOE tiene y muchos de ellos católicos) no les van a votar porque lo ha dicho la Iglesia y ellos son católicos confesos? En su opinión, ¿tan aborregada está la población española? Querido Don Gregorio, ¿cree usted sinceramente que hoy en día los católicos lo son por "obligación", porque se sienten acosados moralmente de algún modo, por el qué dirán, por formalismos sociales? ¿No le parece más razonable que lo sean porque libremente deciden serlo? ¿Sabe qué nos diferencia a usted y a mí (aparte de lo más evidente)? Que doy gracias de vivir en una época en la que la Iglesia no ostenta ningún poder sobre el pueblo, porque ésa no es su misión, una época en la que las iglesias no aparecen repletas como hace muchos años, en la que se cuestiona o más bien, como en su caso, se aboga por eliminar las clases de religión de los colegios públicos (y le confieso que probablemente lo consigan), ¿por qué doy gracias? Porque ante la situación que le acabo de describir, y no la puede negar, el hecho de decir soy católica reafirma mi libertad, y cada día crezco en esta certeza. Y la situación histórica que a uno le toca vivir es la ocasión para poner en juego la libertad de cada uno, y decidir. No hay nada que "socialmente" favorezca a los católicos, antes tenían privilegios y lo que fuera, pero hoy no. Los que siguen ahí, ¿por qué lo harán?, ¿los que se acercan ahí, por qué lo harán? ¿Se lo ha preguntado? Nada hay que asuste más a aquellos que ostentan poder, en la esfera que sea (política, social, económica, familiar), que hombres y mujeres libres. Pero libres de verdad, que vivan la circunstancia concreta de su vida con la certeza del bien que hay en ella, que no se dejen engañar por falsos ideales o promesas utópicas de "mundos felices" al estilo de Aldous Huxley.

Él le dijo a Pilatos, y la semana que viene hacemos memoria de ese acontecimiento, "mi reino no es de este mundo". Eso es lo que los poderosos de aquella época temían, la libertad que aquellas palabras contenían. Eso es lo que usted teme. Gracias.

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