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11 DICIEMBRE 2016
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El Logos frente al absurdo

José Luis Restán

Es una riqueza inmensa de la que no deberíamos desperdiciar nada, aquí sólo trataré de recordar algunos pasos de espacial trascendencia para el momento que nos toca vivir. Empecemos por el vertiginoso alegato del Papa a favor de la razón y de la libertad, realizado a la luz del cirio pascual. Aquí afronta la cuestión más decisiva para nuestra cultura: si en el origen están la irracionalidad y el azar, o la Razón creadora, la libertad y el amor. No es una polémica entre intelectuales: es el nudo desde el que se tejen la convivencia, el afecto y las grandes orientaciones de la vida. Porque si en el origen está el Logos del que habla san Juan, entonces es bueno ser hombre. Pero si somos fruto de la casualidad en algún ángulo del universo, entonces nuestra vida estaría privada de sentido e incluso podría verse como una molestia de la naturaleza. ¿No la ven tantos así, en según qué circunstancias?     

El Papa Benedicto se faja apasionadamente con los maestros de la negación, los que abogan por la irracionalidad y la no-libertad como origen de lo humano. Les planta cara poniendo en juego un corazón que, como él mismo explicaba, es razón, afectividad y voluntad. Quizás no lo advertimos, pero ésta es una lucha titánica y dramática, de consecuencias tremendas para el futuro de la humanidad. La fe cristiana es hoy (con algunos aliados desde el mundo hebreo y desde el mejor pensamiento laico) la gran voz que defiende que la vida es fundamentalmente buena. Y aunque el riesgo de la libertad permite que una "gruesa línea oscura" recorra la estructura del universo, el mundo siempre puede ser salvado. Precisamente porque procede del Dios que es Razón y Amor.

Un segundo núcleo fuerte de estos días ha sido la certeza de que la fe genera un pueblo, forja la verdadera unidad en la que la persona no es anulada ni diluida, sino exaltada. Visto al revés, la pérdida de la sustancia de la fe está provocando en los viejos países de tradición cristiana una especie de explosión en mil fragmentos, casi tantos como individuos. La aguda plegaria del Papa en la tarde del Jueves Santo, "no permitas que nos convirtamos en no-pueblo", apunta en esa dirección. Cuando en muchas ciudades centroeuropeas ya son mayoría los que viven solos, sin tradición y sin familia; cuando falta un centro vital, cuando cada uno se asoma a la complejidad global sin más criterio que el último eslogan publicitario, hay materia para clamar. El Papa de san Agustín y san Benito señala la llaga de este Occidente cansado de la fe que le hizo nacer, aburrido de su historia y de su cultura. Un Occidente que se encamina a ser no-pueblo, aunque la partida aún está lejos de haber concluido, y en el tablero la Iglesia ha colocado jugadores de peso.

Hay un tercer punto sobre el que quisiera detenerme: el de la unidad de la Iglesia, verdadero testamento de Jesús. Esa unidad es el signo más elocuente de la presencia del Señor en la historia, y por tanto es el presupuesto de la misión. "¡Cuánta angustia debió sentir en su interior!", exclama el Papa al referirse a las cuatro veces en que Jesús imploró esta unidad en su oración sacerdotal. Sabía cuán vulnerable era, desde el inicio, ese tesoro. Y lo vemos cada día, no sólo en las laceraciones históricas que mantienen separados a los cristianos, sino en el seno de la propia Iglesia católica, a veces de un modo clamoroso, otras de forma más sutil pero igualmente venenosa. Para sostener esa unidad el Señor colocó a Pedro y a sus sucesores como el nudo más sólido de la red. La unidad no es cuestión de estrategia ni de negociación, es cuestión de sencillez para seguir a Jesús en quienes Él dispone como vínculo visible y viviente. Pedro es la roca, a pesar de su patética desproporción y de su vulnerabilidad evidente, simplemente porque se confía a Jesús, porque tras haber mordido el polvo se ha convertido y ha confesado su amor total y sin fisuras. Hoy como siempre, la unidad no vendrá de que discutamos y hagamos congresos, sino de que cada uno se adhiera con sencillez a Pedro que habla y actúa. 

En esta lucha titánica del Papa de la razón y de la libertad a favor del hombre, podemos reconocer la figura erguida de Pedro después del encuentro con Jesús. Ahora ya no presume de su fuerza, ahora no pretende definir la forma de la misión, ahora solamente sigue al Resucitado, y por eso nos puede llevar con seguridad a donde Él va. A través de las aguas agitadas de la historia, siempre en peligro de hundirse, pero sostenidos por Su mano. O sea, como ahora mismo.

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