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4 DICIEMBRE 2016
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Ya hay un segundo milagro

Fernando de Haro

Educación para el pueblo de su sucesor, Benedicto XVI. Humildísimo, como siempre, Ratzinger ha recordado los años de trabajo al servicio del nuevo beato. Con discreción ha agradecido la compañía que le hacía, esa compañía única y definitiva de quien te ayuda a vivir por su fe. Certero y preciso, como siempre B16, ha explicado "el secreto" del que ha definido como un gigante. "Aquello a lo que el Papa invitaba lo llevó a cabo en su propia persona", no tuvo miedo, abrió -de par en par- las puertas a Cristo.

En la propia plaza de San Pedro, en uno de sus brazos, se puede visitar estos días una exposición que el propio Raztinger ha querido ofrecer como homenaje. En pocos metros se recorre la vida del poeta, del filósofo, del obrero de la Solvay, del hijo, del amigo, del sacerdote, del hombre que supo construir bajo el nazismo y el comunismo sin ceder ni al totalitarismo ni a la violencia, del Papa que sacó a la Iglesia de su complejo frente a la modernidad, del que supo poner a salvo el Concilio Vaticano II, del que sufrió y murió delante del mundo -se le privó de todo, de la posibilidad de moverse por sus propios medios, de la expresividad del rostro que tanto había estimado, y al final hasta de la voz. Y en ese recorrido se comprende que la primera apertura era la suya.

Cuanto más tiempo pasa más turbias se ven las aguas de los años 60 y 70, y más providencial se reconoce la decisión que tomaron los cardenales en octubre del 78. Los frutos de esa apertura personal eran tangibles este 1 de mayo en una Roma invadida de peregrinos, en un mundo que volvía a mirar a Juan Pablo II. Tras su muerte aumenta aún más su figura. La Ciudad Eterna, otra vez como en 2005, recibe una avalancha de gente agradecida. "Nos devolvió la fuerza de creer en Cristo", ha explicado B16, en unos tiempos en los que parecía normal, lógico, que la fe se convirtiera en una pieza de museo. No fue la suya una apertura "espiritual": "abrió a Cristo la sociedad, la cultura, los sistemas políticos y económicos". Todo lo humano.

Atención, Ratzinger no se limita a proclamar a un gran beato, al hacerlo indica un método. Juan Pablo II enseñó que "el hombre es la vía de la Iglesia y Cristo es la vía del hombre". Este santo brilla por muchas cosas, pero sobre todo por indicar el camino y la tarea para un pueblo. Después del silencio ha comenzado a brillar un sol intenso en la plaza de San Pedro.

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