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9 DICIEMBRE 2016
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Nosotros y el islam, libertad de conversión

S. E. Card. Angelo Scola

En nuestra sociedad globalizada, la tensión que enfrenta a la libertad religiosa con la identidad tradicional de un pueblo es cada vez más alarmante. No es que antes no sucediera. Sucedía, sí, pero a menor escala. Así lo documenta la preciosa historia de Venecia y de sus relaciones milenarias con el Levante musulmán. Los intercambios comerciales y culturales que la Serenísima mantenía con Oriente implicaban a una reducida elite. La inmensa mayoría de la población seguía sólidamente anclada a su propia tradición. Ya no es así.

En cierto sentido, cualquiera puede encontrarse con cualquiera, sin redes protectoras. Potencialmente, esto es un bien porque pone en contacto realidades que hasta ahora eran desconocidas unas para otras. Un dato nuevo, que desata ímpetus desconocidos. Es este encuentro inédito de pueblos, culturas y religiones lo que trato de describir cuando hablo de "mestizaje de civilizaciones y culturas", un proceso histórico en acto cuyo éxito no puede darse por descontado. En algunos casos se da, pero en otros no. ¿Qué sucede -ésta es la cuestión más inquietante- con la identidad de un pueblo si un número considerable de personas empiezan a ponerla en discusión porque provienen de otra religión o incluso porque se convierten?

En algunos países de mayoría musulmana, mientras se da un cierto grado de tolerancia para quien nace en otra religión, la identidad de un pueblo se ve amenazada si un musulmán pide la conversión. Es clarificador, sobre este punto, la salida que se les da a estas personas: si queréis dejar el islam, debéis abandonar el país. Es decir: a nosotros, la dimensión personal nos interesa hasta cierto punto, pero queremos evitar el "escándalo" de un gesto público. Por otro lado, las sociedades modernas occidentales no están preparadas para responder a esta pregunta porque conciben la libertad religiosa como una mera prerrogativa del individuo particular. Un derecho inalienable, sí, pero cuyo ejercicio no debe tener relevancia pública: como si la religión no fuere un hecho comunitario y popular. Es esta posición la que, en el fondo, desconcierta. Se hace evidente en Italia por las reacciones ante el fenómeno de la inmigración. "¿Pero cómo? -argumentan muchos-. Nos habéis dicho que era una cuestión de convicciones individuales (y ciertamente cada uno es libre de pensar y creer según su conciencia), y ahora los inmigrantes se han convertido en un cuerpo sólido y extraño. ¿Cuál es entonces nuestra identidad tradicional?".

Si queremos salir de este impasse, la solución hay que buscarla en el reconocimiento de un bien sobre el que puedan apoyarse las sociedades actuales. El bien práctico del "estar en relación", que mantiene unida la diversidad. Hay que saber ver lo que es común a toda la humanidad: por eso es tan valiosa la invitación de Benedicto XVI a ensanchar la razón y la libertad. En Occidente, la modernidad ha tenido el mérito innegable de pedir a los cristianos una reflexión profunda sobre el nexo entre la verdad y la libertad. La afirmación de que la libertad se cumple en la verdad es la estrella polar del pensamiento cristiano, pero esto implica, como confirmó el Concilio Vaticano II, la "verdad de la libertad" que es expresión de la libertad de conciencia, entendida de modo objetivo y adecuado. El error en sí mismo no tiene derechos, pero la persona humana tiene derechos incluso cuando, en conciencia, se equivoca. Derechos no frente a Dios, sino frente a los demás, frente a los otros pueblos y comunidades, frente al Estado ("con tal de que las justas exigencias del orden público no sean violadas", Concilio Vaticano II).

El paso que ahora se nos pide, en Oriente y Occidente, es comprobar cómo la relación entre libertad religiosa e identidad de pueblo incide en la vida social. Desde este punto de vista, los cristianos no pretenden poner en peligro las bases de la convivencia social de los países de mayoría musulmana pero, para ser claros, piden el mismo respeto para su propia tradición a quienes llegan aquí. El famoso islamólogo egipcio Anawati, religioso católico, en un bello diálogo que el Centro Oasis publicará dentro de unos meses, decía: "Yo no estudio la cultura musulmana para destruirla. ¿Por qué destruirla? Es bella en sí misma. Lo que hay que hacer es valorarla".

El respeto a la identidad comunitaria no puede obligar a nadie, tampoco a los musulmanes, a violar la libertad humana del individuo, incluida la libertad de conversión. En el fondo, ¿qué bien puede aportar a la Verdad el retener en una religión a personas que ya no creen en ella? ¿Realmente es pero el abandono explícito que una profesión ficticia?

Intervención de S.E. Cardenal Angelo Scola en Amman el 23 de junio con motivo del Comité Científico de Oasis, publicada en La Stampa el 22 de junio

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