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9 DICIEMBRE 2016
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No matarás

Horacio Morel (Buenos Aires)

La noticia pega fuerte en la conciencia de cualquier hombre bien nacido: ¿asesinar a un terrorista es realmente hacer justicia?, ¿satisface de verdad a quienes han perdido a un ser querido en un ataque terrorista?, ¿es legítima la acción de los EEUU?, ¿tiene un personaje como Bin Laden derecho a un juicio justo?, ¿es así como puede consolidarse la paz en el mundo?

Dejemos a un lado los detalles novelescos del asunto: que en el lugar en el que irrumpieron los marines había una veintena de niños y mujeres, que si se comprobó la identidad del cadáver antes de tirarlo al mar, etc., etc. En todo caso, el lobo se disfraza de cordero y el retrato de Bin Laden nunca va a decorar las paredes de ningún jardín de infantes. De modo que no se trata de victimizar ingenuamente a una verdadera lacra que se cobró miles de vidas inocentes y fanatizó a tantos otros en el culto a la muerte.

En la historia de la civilización, la legalidad es más importante que la justicia (algún día lograremos entenderlo) porque a la larga es el mejor camino para alcanzar una justicia que -aun limitada en cuanto humana- pueda aspirar a ser cada vez más justa, valga la redundancia.

Los criminales como los jerarcas nazis o Milosevic, los déspotas como Sadam Hussein o los terroristas como Bin Laden deben ser juzgados, no asesinados. Merecen serlo, y si al común de la gente le cuesta entenderlo porque venimos fallados de fábrica y tendemos más a la venganza que a la justicia, quien lo merece es la sociedad. La sociedad, antes o tanto como el reo, se merece que sean juzgados. Quien en base a su poder hegemónico decide ejecutar a alguien prescindiendo de la ley y de la legalidad realiza un acto en sí mismo arbitrario, y por ende injusto, aunque invoque legítimas causas. Al hacerlo, no provoca otro efecto que un claro retroceso en el proceso civilizatorio. Barack Obama, al ordenar asesinar a Bin Laden, es responsable de un paso hacia atrás en la historia del progreso humano.

Estados Unidos se coloca deliberadamente al margen de la legalidad valiéndose de su predominio militar absoluto. Lo hace al sustraerse de la competencia de la Corte Penal Internacional de las Naciones Unidas (donde podría haber llevado a Bin Laden) porque no se adhiere al Tratado de Roma de 1998. Y aun así, le quedaba la alternativa de constituir un tribunal ad hoc al estilo de los conformados para juzgar a los responsables de la ex Yugoslavia, a instancias del Consejo de Seguridad de la ONU y al margen de la Corte, pero ni siquiera eso hizo. También desprecia EEUU la legalidad cuando fuerza la interpretación del art. 51 de la Carta de la ONU para justificar la "guerra preventiva" cuando en rigor realmente la prohibición del uso unilateral de la fuerza militar es el pilar que sostiene toda la estructura de las Naciones Unidad y su Constitución.

Todo el diseño del derecho internacional está en crisis, y quien juega el rol de potencia única es el principal responsable de ello. Tiene la posibilidad de castigar en un marco de legalidad los crímenes ajenos pero prefiere ajusticiar por su cuenta, al tiempo que sus crímenes de guerra y "daños colaterales" quedan siempre impunes.

Puede parecer una ironía concederle un proceso a un terrorista, pero no existe otra vía para imponer la institucionalidad, el orden jurídico y la justicia. Desde el domingo a la noche no tenemos un mundo más seguro, tenemos uno más bestial aún.

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