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9 DICIEMBRE 2016
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El gusto de construir la ciudad común

1. Si miramos a nuestro alrededor percibimos un hastío creciente respecto a la política. El triste espectáculo de una vida pública dominada por la descalificación continua, la falta de diálogo y una exasperante ideologización, ha provocado un desinterés por la construcción de la polis. Domina el "sálvese quien pueda". La actual crisis económica ha agravado esta situación: esperamos que "otros" nos resuelvan los problemas, nos subvencionen, nos den empleo... ¿Es ésta toda la realidad? No. Afortunadamente. En esta época de penuria hay gente que recoge alimentos para entregarlos a familias que ya no llegan a final de mes. O crea espacios para acoger a los inmigrantes. Y se convierte así en factor de cohesión en nuestros pueblos y ciudades, con un "calor humano" que devuelve la esperanza a los más necesitados. En un tiempo en el que se defiende a ultranza el propio bienestar, hay familias que adoptan a niños con graves deficiencias. O acogen a jóvenes problemáticos que nadie quiere, generando el milagro impensable de un afecto a la vida que hace menos violenta nuestra sociedad. En este momento en el que se destruye empleo, hay trabajadores que deciden bajarse el sueldo para que su empresa siga adelante y nadie quede fuera. O empresarios que asumen nuevos riesgos a favor de sus trabajadores. Y cuando muchas familias se desesperan por la educación de sus hijos, hay padres que arriesgan tiempo y dinero para empezar la aventura de crear un colegio, abriendo un espacio "amable" dentro del barrio.

2. ¿De dónde nace esta iniciativa? ¿Qué hace posible la energía que mantiene viva nuestra sociedad? La vida democrática se enriquece cuando cada uno aporta las razones de su experiencia. Nosotros, que construimos la ciudad común como cristianos, hemos experimentado que la fe nos hace protagonistas de la vida de nuestro pueblo y, por tanto, de la política. "La Iglesia -lo ha recordado recientemente Benedicto XVI a la nueva embajadora ante la Santa Sede- ofrece algo que le es connatural y que beneficia a las personas y las naciones: ofrece a Cristo, esperanza que alienta y fortalece, como un antídoto a la decepción de otras propuestas fugaces (...). Esta esperanza da vida a la confianza, cambiando así el presente sombrío en fuerza de ánimo para afrontar con ilusión el futuro, tanto de la persona como de la familia y de la sociedad". Nosotros nos movemos por un agradecimiento "que beneficia a las personas y a las naciones". La presencia de Cristo resucitado, experimentable en la humanidad de la Iglesia, despierta, sostiene y educa el deseo que nos constituye. Este deseo, vivido en toda su amplitud, es la energía que permite responder, con obras y con trabajo, a las necesidades que percibimos en nuestro entorno y en nosotros mismos. Y así revive el interés por la política. Sólo la auténtica religiosidad -no conformarse con nada que no responda al deseo infinito del corazón- hace a la persona libre del poder en todas sus expresiones. Entonces no necesita delegar su libertad en una determinada opción electoral que solucione automáticamente sus problemas, renunciando a la aventura de edificar junto a los que piensan de distinta manera.

3. Buena parte del malestar social, en estos tiempos de crisis, tiene que ver con esa censura del deseo ilimitado de realización que nos constituye. Cuando los deseos y necesidades reales de la persona se expulsan del debate público, la ideología crece. Y genera violencia, aunque sea sorda. La política se convierte entonces en una guerra de "eslóganes" vacíos. Crecen al mismo tiempo una cultura individualista y un estatalismo asfixiante. Todo ello está dando al traste con la riqueza democrática que supuso la transición y la Constitución del 78. El protagonismo que entonces tuvieron las personas y los grupos sociales ha decaído de forma alarmante. El debate social, que supone un encuentro entre personas que exponen su propia experiencia, casi ha desaparecido. Es urgente recuperar el gusto de construir la ciudad común. Porque quien se implica en la realidad con otros, aprende, se entiende más a sí mismo, y disminuye la extrañeza que engendra violencia.

4. ¿Para qué votamos? ¿A quién votar? La política autonómica y municipal está muy relacionada con nuestra vida cotidiana. Las Comunidades Autónomas tienen competencias decisivas que influyen sobre la educación de nuestros hijos, la salud o la atención a nuestros enfermos. Los ayuntamientos deciden sobre cómo resolver nuestras necesidades de movilidad y sobre los lugares en los que habitualmente vivimos. No se trata de conseguir que los políticos lleven a cabo lo que nosotros pensamos. Se trata más bien de elegir y trabajar con aquellas opciones políticas que acojan y favorezcan lo que ya se mueve en bien de nuestra sociedad, sea cual sea su origen. Precisamente por ello, la subsidiariedad real -lo que pueda hacer la sociedad no debe hacerlo la Administración- nos parece un criterio determinante para el voto. Debemos devolver a la sociedad civil el protagonismo que necesita para responder con obras a las necesidades que tiene delante. Apoyaremos, por tanto, a aquellas formaciones políticas que respeten la vida y favorezcan la familia como fuente de cohesión social, que valoren y sostengan con creatividad la libertad de educar, que alienten la libre iniciativa creadora de empleo. Consideramos un criterio decisivo para el voto la promoción y tutela de la libertad religiosa, con su esencial dimensión pública y su capacidad de generar obras y educar.

Es necesario volver a mirar con simpatía aquellas iniciativas que devuelven la esperanza a nuestra sociedad. Con las que crece el gusto de construir la ciudad común.

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