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5 DICIEMBRE 2016
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La governance de Benedicto: firmeza, equilibrio y misericordia

José Luis Restán

Podríamos decir que el estilo de gobierno del Papa Ratzinger es fundamentalmente "teológico", arranca siempre del oficio de enseñar propio del Sucesor de Pedro, y además está siempre ligado al testimonio y a la oración. Además, tiene especial cuidado en la pedagogía de sus decisiones, no temiendo descender a la arena en primera persona para dar cuenta y razón de sus disposiciones. Recordemos su memorable carta a los obispos de todo el mundo para explicar la remisión de las excomuniones a los obispos ordenados por Lefébvre, o la carta a los católicos de Irlanda. Siempre descubrimos al testigo que se expone, que jamás se esconde tras una estructura o un mecanismo de poder. Siempre trasluce su razón modelada por la fe, su delicadeza para las situaciones concretas, su gusto por la claridad y el equilibrio. Los documentos ahora emanados, si bien no llevan la firma del Papa, responden a una decisión firme del pontífice en dos asuntos que considera cruciales para el futuro, y en los que sabe que la maquinaria chirría.

En cuanto a la liturgia es sabido hasta qué punto Benedicto XVI considera que es la dimensión esencial de la que depende la salud del cuerpo eclesial. Buena parte de su obra teológica (quizás la más querida por él) se dedica a mostrar cómo en la liturgia es Dios quien sale a nuestro encuentro a través de una forma que no podemos alterar según modas y caprichos, sino que debe nacer del conjunto de la fe de la Iglesia. En la liturgia, ha explicado siempre el Papa, hay crecimiento y desarrollo, pero nunca ruptura. Por eso la carta Summorum Pontificum pretende corregir una anomalía, la especie malentendida de que la reforma nacida del Concilio supone una ruptura con la historia anterior. No es así, y dicha percepción ha tenido consecuencias desoladoras que el Papa trata de sanar. Por ello ha aclarado que existen dos formas del único rito romano: la ordinaria, regida por el Misal aprobado por Pablo VI tras el Concilio, y la extraordinaria que sigue el Misal que reformó por última vez Juan XXIII. Aquellos fieles que se sienten ligados a la liturgia antigua y que desean alimentarse de sus riquezas no deben ver obstaculizado este deseo. Además Benedicto XVI ya explicó que ambas formas se verán mutuamente enriquecidas. Esta disposición servirá además para la reconciliación dentro de la Iglesia. Tres años después de la publicación de aquella carta, la Instrucción vaticana hace cuentas con las dificultades surgidas, con los recelos y resistencias registrados, y deja bien clara la voluntad del Papa que debe acogerse hasta el último rincón de la Iglesia, sin miedos ni restricciones.

El segundo asunto tiene una evidente carga de vergüenza y dolor para toda la Iglesia, una carga que Benedicto XVI ha asumido sobre sus espaldas en primera persona. Frente a opiniones profusamente extendidas, el Papa considera que los casos de abuso sexual no deben ser minimizados, sino que invitan a una conversión profunda que debe afectar a todas las dimensiones de la vida eclesial. Su último discurso a la Curia es definitorio de su actitud y decisión frente a esta lacra; sus conmovedores encuentros con las víctimas, su política de transparencia y el encargo de visitas apostólicas a seminarios, órdenes religiosas y diócesis enteras, constituyen un giro de conciencia y una invitación urgente a un cambio de mentalidad eclesial a la hora de valorar y afrontar estos casos. La circular enviada ahora a todas las conferencias episcopales no deja resquicio. Establece que antes de un año todas habrán de redactar normas específicas para afrontar estos  casos, siguiendo las claras orientaciones del Papa: acogida y atención prioritaria a las víctimas; selección y formación de los candidatos al sacerdocio; colaboración con las autoridades civiles; y medidas rápidas y tajantes para abordar los casos denunciados, que preserven el derecho a la propia defensa pero no den lugar a ambigüedad ni confusión.

En estos asuntos, como en tantos, Benedicto XVI ha demostrado que no es sólo un sabio teólogo o un prodigioso catequista, sino un verdadero hombre de gobierno con tres rasgos distintivos: firmeza, equilibrio y misericordia. Firmeza ligada a la verdad y a la justicia; equilibrio que reconoce la dinámica humana en la historia, también en la historia eclesial; y misericordia, pues conocemos la debilidad del corazón del hombre siempre necesitado de perdón y amenazado por la división. Y al final será Dios quien juzgue de manera definitiva.

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