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11 DICIEMBRE 2016
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¿Qué democracia real ya?

Marcelo López Cambronero

Las campañas electorales municipales parecen una extraña reedición de las fiestas del pueblo, sólo que los gigantes y cabezudos que divierten a los niños han sido sustituidos por el alcalde y el pretendiente a alcalde, con toda su cohorte de posibles concejales riéndole la gracia al pobre hombre o mujer, que se ve obligado a convertirse durante quince días en su propia caricatura.

Las caricaturas siempre han cumplido dos funciones aparentemente contradictorias: exageran unos rasgos y, de esta manera y como quien no quiere la cosa, hacen que otros pasen desapercibidos. La caricatura se ha utilizado con frecuencia como arma política y hoy asistimos a su uso como método de defensa, como holograma que oculta el vacío. La fotografía de un hombre que se mantiene afable mientras se sostiene en delicado equilibrio para no sumergir la corbata en el aceite hirviendo resulta patética y su uso como icono político da que pensar. La pretensión de acercarnos tanto a los políticos sólo busca que perdamos la perspectiva para no ver lo que hay detrás de ellos, al menos en el tiempo de la campaña.

Precisamente las manifestaciones que han ocupado las calles de las principales ciudades españolas bajo el lema "Democracia real ya" nos han recordado ese lado oculto y desagradable de la democracia liberal-representativa. Sin embargo, cabría preguntarse, ¿qué es lo que se nos propone en las consignas, lemas e imágenes que han aparecido en dichas manifestaciones?

No cabe duda de que la gente está cabreada con un modelo político que fue ideado para canalizar pacíficamente la lucha entre partidos que compiten por el poder y cuyo principal valedor fue el socialista Eduard Bernstein cuando logró convencer a la izquierda de que el medio más eficaz y adecuado para la lucha política era la participación pacífica en las elecciones. Las urnas sustituyeron a las armas, a los atentados, a las persecuciones, a las guerras civiles... Es importante no perder nunca de vista los motivos por los que se impuso un determinado modelo político y las circunstancias históricas que lo hicieron el más conveniente. No podemos pretender la desaparición de un sistema, por muy deficiente que sea, sin tener razones adecuadas para proponer una alternativa que sea razonablemente viable.

La gente está cabreada, digo, y con razón. ¡Qué les voy a contar! Los partidos han asumido un papel hiperbólico en las sociedades actuales, devorándolo todo. Han usurpado la división de poderes convirtiendo a la mayoría parlamentaria y al gobierno de los jueces en organismos dependientes del ejecutivo. Los diputados sólo representan a los partidos, que son quienes los han elegido y de quien dependen sus cargos, y no a los electores. El panorama político se ha vuelto monocromático, dividido solamente entre liberales de derechas y liberales de izquierdas, etc, y así podríamos llenar varios volúmenes, o comprarlos en cualquier librería, sobre los males de la democracia liberal representativa. Podemos quedar ahítos de razones sobre lo mal que están las cosas y sobre la perversión de la política, podemos aposentarnos en nuestro malestar y recocernos en nuestra mala leche; pero evidentemente eso no cambiará las cosas. El hombre que vive dominado por su enojo pasea por la ciudad como las almas que encuentra Dante en las llanuras de asfódelos y que, confusas, se ponen a seguir cualquier estandarte que se les ponga por delante. Los cabreados corren el riesgo de dejarse manipular fácilmente por cualquier demagogia sensiblera e infantil, de ser víctimas del primer aprovechado que sea capaz de encauzar el malestar. Es muy sencillo provocar la simpatía del enfurecido: basta con darle la razón, aunque carezca de razones que vayan más allá de su cólera, que determina todo lo que ve. Basta con apoyar unas quejas que son meras reacciones ante lo que hay y que, daltónicas para todo lo demás, sólo pueden dar lugar a un pensamiento reaccionario, porque carecen de creatividad. Es la posición que tenía el joven nihilista que protagoniza Padres  e hijos de Turgueniev cuando afirmaba: "Construir no es nuestro problema, nosotros desbrozamos el terreno". Un yermo solar es la única alternativa que nos proponen.

Es justamente esto lo que hemos podido ver en las manifestaciones que han recorrido España estos días. "No somos mercancía en manos de políticos y banqueros" -el lema que ha resonado-, es una verdad, pero de ella no podemos extraer novedad alguna. No es más que una reacción instintiva, un golpe de timbal, una vasija hueca.

Sin embargo, es posible otra forma de atender a la realidad que no sea simple reacción, que no se quede anclada en la queja y el malestar, por otra parte con frecuencia justos. Ya encontramos en nuestra sociedad otra manera de vivir que, a poco que le prestáramos atención, nos llenaría de asombro. Se trata de iniciativas sociales que nacen del gusto por la vida, de una sobreabundancia que sorprende al poder establecido que, en muchos casos, incapaz de explicar lo que sucede ante sus ojos con sus reducidos protocolos y esquemas, y al no poseer y dominar aquello que espontáneamente crece, tiende a quererlo destruir. Son casas de acogida, familias que se unen para construir centros educativos, jóvenes que se lanzan a la aventura de crear empresas en el difícil entorno en el que nos encontramos. Son personas que quedan detenidas en los lamentos y que proponen como alternativa el gusto por construir juntos, una fuente viva que es la verdadera esperanza de una reforma de nuestra democracia en positivo, lo que evidentemente tiene que incluir una revisión profunda del modelo de democracia liberal representativa que hemos corrompido y traicionado.

Marcelo López Cambronero (International Academy of Philosophy in Spain)

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