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3 DICIEMBRE 2016
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Un punto rojo en Sol

Ignacio Carbajosa

Un grupo de amigos sale de clase en la universidad y se cita en Sol. Al día siguiente ni siquiera vuelven a clase. La gente que cambia de canal cuando se habla de elecciones, ahora está pendiente de lo que pasa en Madrid. La agenda política varía: todos tienen que decir una palabra sobre este fenómeno complejo. Mucha gente encuentra por fin un cauce a su insatisfacción. Valido o no. Y mira con simpatía este acontecimiento que dice algo de sí mismo. Y la plaza se llena todas las tardes. Algo está sucediendo. "Somos protagonistas de la historia" reza algún cartel. ¿Y quién no quiere ser protagonista? ¿Quién no desea que una novedad, una sorpresa entre en su vida? Dicho rápidamente: ¿quién no desea ser feliz, salir de la rutina, respirar un poco de aire fresco?

Dice acertadamente el manifiesto que Comunión y Liberación publicó ante las elecciones municipales y autonómicas: "Buena parte del malestar social, en estos tiempos de crisis, tiene que ver con esa censura del deseo ilimitado de realización que nos constituye. Cuando los deseos y necesidades reales de la persona se expulsan del debate público, la ideología crece. Y genera violencia, aunque sea sorda".

Un factor se ha colado en esta campaña electoral que no estaba previsto, un invitado sorpresa: el "deseo ilimitado de realización que nos constituye", que Matisse representó genialmente como un punto rojo a la altura del corazón en su "Ícaro". Los políticos no lo entienden. Están nerviosos. Como mucha gente de bien y de orden. Lo que es peor: creen que basta con dar empleo para responder a la protesta. Los más agudos incluso llegan a intuir que habría que regenerar la clase política de nuestro país. La mayoría respira porque el movimiento no ha afectado a las elecciones y se puede dar por superado.

Tampoco los primeros acampados en Sol parecen entender qué responde a ese deseo. La mayoría de sus propuestas nacen ya viejas: la historia se encargó de sepultarlas porque no estaban a la altura de las expectativas de nuestra humanidad. Es paradigmática la anécdota, ambientada en mayo del 68, que cuenta el gran educador milanés Luigi Giussani. Un día se encontró a un alumno preparando una barricada. "¿Qué haces?", le preguntó. "Estoy aquí con las fuerzas que cambian la historia", respondió orgulloso el estudiante. A lo que Giussani respondió: "Las fuerzas que cambian la historia son las mismas que cambian el corazón del hombre". Tenemos que tener el coraje de no sucumbir a la ideología y poner a prueba todas las propuestas de cambio a través del criterio con el que la propia naturaleza nos ha dotado: nuestros deseos, exigencias y evidencias originales. Lo que no sirve en la relación con mi novia, o con mis amigos, lo que no está a la altura de ese punto rojo, no construye nada.

El movimiento humano que se ha despertado siguiendo a los acampados en Sol da voz, aunque sea inconsciente (¿quién puede leer con claridad la espera que somos?), a una necesidad última largamente censurada entre nosotros. Digámoslo claramente: en nuestro país hay cosas de las que no se puede hablar públicamente (en la plaza pública, en los medios de comunicación, en la escuela, en el bar o con los amigos), y no porque esté "prohibido" por la ley. Simplemente no tienen dignidad pública. Se trata de una extraña y dañina "autocensura" que casi inconscientemente nos hemos impuesto. Hablar de la tristeza que uno arrastra, de la necesidad de un afecto duradero, del dolor del mal que hago y del que sufro, de mi deseo escondido de felicidad, de las preguntas sobre el significado de la vida, de la muerte... no está permitido. Un poco de pudor, por favor, diría alguno.

Gracias a Dios la realidad se rebela cuando no es tratada por lo que es. Y eso pasa en una sociedad en la que se censura el deseo de realización que constituye a la persona. Tarde o temprano pasa factura. Ya lo estaba haciendo en nuestro país, aunque pocos lo supieran leer. No hemos llegado al "fin de la historia", como anunciaba Fukuyama, certificando el triunfo de una sociedad occidental que había alcanzado el bienestar y, con ello, la tranquilidad. Porque el "punto rojo" del Ícaro de Matisse no se apaga nunca. Y marca la auténtica posición religiosa de toda persona verdaderamente humana: no conformarse con nada que no responda al deseo infinito del corazón. La auténtica revolución es volver a poner encima de la mesa, en el debate público, toda la amplitud de nuestras necesidades. Y permitir el encuentro con experiencias que ya han sorprendido en la propia vida el cumplimiento. Porque esto no puede sino ser un bien para la sociedad.

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