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3 DICIEMBRE 2016
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El sueño americano

Lorenzo Albacete

Mientras tanto, el presidente ha empezado a anunciar algunos aspectos de una política dirigida a atraer a los hispanos y a otras minorías, sin alejarse del todo de los electores que se oponen firmemente a cualquier política que parezca minimizar la gravedad del problema y la consecuente amenaza a la seguridad y soberanía nacional.

En un artículo de primera página en el New York Times el pasado 30 de mayo, la periodista Julia Preston describía cómo el presidente Obama está abandonando la medida aprobada por George W. Bush sobre la detención, encarcelación o expulsión inmediata de los inmigrantes clandestinos que trabajan sin papeles, que puso en práctica una política de sanciones crecientes para los empresarios que contrataban a inmigrantes irregulares. Sanciones que preveían multas que aumentaban exponencialmente, hasta llegar a penas de cárcel.

En una acción reciente contra este tipo de contrataciones, 42 trabajadores fueron detenidos e incautados varios libros de contabilidad y otros documentos. Por el momento, aún en el inicio del proceso, ningún trabajador ha sido llevado ante el juez, mientras que se ha procesado al propietario de la empresa y a su contable. Si se les considera culpables de todas las acusaciones, la condena podría llegar a los 80 años de cárcel. 

¿Qué debemos pensar? Hay que recordar que, a diferencia de Europa, los Estados Unidos son una nación formada por inmigrantes, a los que siempre se ha invitado en su búsqueda de la libertad y en la construcción de su propia vida. Al mismo tiempo, sin embargo, ninguna nación puede sobrevivir con sus fronteras abiertas permanentemente. Hay que encontrar la forma para que esta invitación se pueda conciliar con la necesidad de una frontera segura. La naturaleza de este proceso de conciliación está dando lugar a un serio enfrentamiento cultural entre los americanos.

Si bien el debate se refiere a todos los inmigrantes, la mayor preocupación se centra en los hispanos o latinos, en continuo aumento. Los que insisten en la aplicación de normas más severas en materia de inmigración lo hacen alarmados por una eventual sociedad bilingüe que pueda poner en peligro la cultura angloamericana, tan alabada recientemente por el presidente Obama y la reina Isabel.

Tras esta preocupación se esconde también un factor religioso, es decir, el conflicto entre la cultura católica y protestante. La búsqueda de una política de inmigración justa no puede omitir la importancia de este aspecto. Quien diga que se trata de una cuestión privada que no tiene nada que ver con la política pública carece de realismo, le ciega la interpretación dominante del principio de "separación entre Iglesia y Estado". Los católicos, que rechazan este dualismo entre fe y cultura, tienen aquí una particular oportunidad para demostrar la armonía entre la fe y la libertad que satisface los deseos constitutivos del corazón, lo que nos hace humanos.

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