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29 MARZO 2017
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¿Existe la #spanish revolution?

Fernando de Haro

Hasta ahora el movimiento, que se autodenomina de "los indignados" había reunido a varios cientos acampados y a varios miles de curiosos. Era una incógnita. Podía ser una mera burbuja mediática alimentada por las virtuales redes sociales. Ha salido a la plaza y en la plaza ha tenido cuerpo. Y esta vez no ha sido violento. Ha sabido comportarse de otro modo a como lo hicieron los que el pasado miércoles quisieron boicotear, con violencia, la celebración del debate de presupuestos del parlamento de Cataluña. ¿Cuál es el verdadero rostro de los indignados? ¿El de los pacíficos y reivindicativos del domingo o el de los golpistas del miércoles? Probablemente los dos. Barcelona se ha convertido desde hace años en el paraíso de los antisistema que fueron alimentados por dos legislaturas del tripartito.

Los indignados son una ameba sin forma definida que integra todo tipo de elementos. Algunos están convencidos de que hay una mano detrás que los alienta para boicotear. Para entorpecer primero los nuevos gobiernos de centro-derecha de las Comunidades Autónomas. Y después la llegada a la Moncloa de Rajoy. El movimiento sería una herramienta para provocar algo semejante a lo que ocurrió en 2004. No hay que descartarlo. Pero la composición genética de los indignados no parece que haya sido elaborada en un laboratorio. Es difícil hacer un diagnóstico de sus elementos. La lectura del documento que Democracia Real Ya ha elaborado para justificar las concentraciones (www.democraciarealya.es/tmp/19j/DRYcontraelPactodelEuro.pdf) apunta más bien en otra dirección.

España es un país en el que, a pesar de los cinco millones de parados, a pesar de que el sistema del Estado del Bienestar -especialmente el sistema sanitario- está casi en quiebra, no hemos asumido, ni unos ni otros, que las cosas tienen que cambiar profundamente. La clase política no tiene altura suficiente para explicar y para liderar un cambio de mentalidad. Nadie explica que la fiesta se ha terminado, que tenía poco fundamento, que hay que aprender a trabajar de nuevo, que hay que recuperar el sentido del trabajo, del hacer juntos, del construir. El texto programático del Democracia Real Ya revindica un nacionalismo económico insostenible y defiende un estatalismo trasnochado. Apuesta por un mundo que ha desaparecido. Esas soluciones que no son soluciones están acompañadas de denuncias con fundamento. Es cierto que la partitocracia española es una enfermedad grave.

La spanish revolution mezcla muchos elementos: violentos antisistema, jóvenes consentidos que no conocen el precio de la democracia, gente enfadada. Pero en su expresión más articulada es el síntoma evidente de que en España no ha habido un diálogo nacional. Nos falta una conversación sobre en qué punto estamos y de dónde podemos sacar las energías para afrontar el presente. La España de los años 50 sabía que quería salir del hambre de la postguerra, de la división. Sabía que quería alcanzar una modernidad que durante 150 años se le había escapado. Y se puso manos a la obra. La España de 2012 no es consciente de que el reto ahora es tan o más grande que el de entonces. Porque entonces había sujetos que estaban de pie, que se habían educado en cierta tradición. Entonces se sabía que el deseo en manos de las utopías destruye y se buscaba la satisfacción amando el presente, con la mano en el arado y el pañuelo en la cabeza para protegerse del sol. Ahora no. Y ante la perplejidad, muchos reaccionan blandiendo viejas seguridades.

Los políticos con más olfato, como Esperanza Aguirre, han sabido identificar parte del malestar. Por eso la presidenta de la Comunidad de Madrid ha propuesto listas desbloqueadas. Es mucho y sería una gran conquista. Pero además se necesita una educación para el pueblo, una educación que nos ayude a empezar de nuevo.

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