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10 DICIEMBRE 2016
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Laicidad, palabra clave en la evolución de Oriente Próximo

Angelo Scola, patriarca de Venecia

Laicidad y nueva laicidad

Después de las grandes manifestaciones que se han sucedido, por la costa del Mediterráneo a lo largo de 2010 y en la primavera de 2011, hablar de "laicidad" parece añadir a lo sucedido una cuestión académica y claramente occidental. Un tema propio de algunos grupos minoritarios que se han unido a la contestación, pero que no son identificables -si no queremos forzar las cosas- como el motor de los movimientos de los últimos meses. De hecho la excesiva focalización en la dicotomía entre laicos y fundamentalistas, en parte interiorizada incluso por los propios analistas locales, ha obstaculizado la comprensión de los fermentos de renovación que han estallado clamorosamente a principios de este año en Oriente Próximo. Varios estados meridionales han presentado lo que estaba ocurriendo como el principio de un "camino hacia la laicidad". Eso, unido a la retórica de las reformas, ha servido con frecuencia para ocultar derivas autoritarias.

En ese cuadro, sustancialmente estático, se produjeron las revueltas populares: el "imprevisto norteafricano". Si comprendiéramos con exactitud cuál es su dinámica exacta, ya habríamos obtenido un resultado notable. Como observador no especialista me ha impresionado la gran relevancia que, de manera inmediata, han asumido las cuestiones económicas y las cuestiones relacionadas con los derechos sociales. Las revueltas han estallado en contextos de privación, en ámbitos juveniles. Una de las exigencias recurrentes ha sido el trabajo. El reflejo en las sociedades europeas, también afectadas por la crisis, ha sido casi inmediato. Han reaparecido los flujos migratorios y de tensiones. Muchos analistas opinan que el verdadero choque aún está por llegar. Más allá del Magreb, de hecho, las poblaciones del África subsahariana, donde las condiciones de vida son con frecuencia insoportables, presionan. Un recorrido por la zona, mínimamente honesto y realista, excluye la idea de que se pueda continuar sin intervenir de forma radical en el sistema económico actual. No es sólo una cuestión ética, como a menudo se oye decir en algunos ambientes. Estamos ante una situación imposible desde el punto de vista práctico. No es casual que el Papa haya creído necesario dedicar una encíclica a la elaboración de una nueva razón económica. Tampoco debemos subestimar el movimiento físico de inmigrantes, que cada vez hace más inevitable hablar en Europa de un auténtico mestizaje. La categoría del mestizaje que -debemos reconocerlo- tenía una cierta carga de provocación y de profecía porque permitía intuir la existencia de ciertas grietas en el mundo islámico, nació como una metáfora para referirse a lo que podía suceder en el ámbito de la "cultura y civilización", pero la demografía sugiere que el fenómeno podría asumir rasgos mucho más concretos y, como la historia nos recuerda, no poco dolorosos.

Junto a la nueva relevancia del tema económico, está la exigencia de más libertades individuales y de un control más eficaz sobre el aparato del Estado. Este núcleo de reivindicaciones se refiere, habitualmente, al concepto de "dignidad humana". Algunos sectores de la sociedad reclaman reorganizar el espacio público de un modo más pluralista y liberal, más capaz de acoger un mayor grado de diferenciación interna. Algunas reivindicaciones parecen recordar el recorrido histórico europeo. Pero hay también notables diferencias: la cuestión de las relaciones entre Estado e Iglesia, que es propia de la laicidad "clásica", surge, por ejemplo, de un modo totalmente nuevo (de aquí que la idea de que "clericalizar" el islam, como varios estados europeos tratan de hacer, podría resultar anacrónica). El acento se pone, en primer lugar, sobre el espacio público como lugar de una confrontación libre entre posiciones distintas, también en el seno del campo religioso musulmán. Mientras que la crítica a las concepciones religiosas por lo que son (empezando por el islam, pero también del cristianismo para la minoría copta) no parece encontrar un gran eco. Si por "nueva laicidad" entendemos, como ya hemos especificado anteriormente, la búsqueda de un criterio para regular el espacio de la convivencia posible, entonces la temática es de actualidad y relevante también en las revoluciones norteafricanas, más allá del nombre que se quiera utilizar. Quizá para subrayar la apertura del espacio público, el término "civismo", madaniyya, sea el más adecuado. Insistir sin embargo en "la laicidad", transformándola según la experiencia histórica europea -donde ha sido interpretada de diversas formas y no sin contradicciones- en la categoría absoluta del espíritu, y esperar que se manifieste también en las civilizaciones no europeas, no es un camino particularmente prometedor. Paradójicamente, los hechos norteafricanos muestran, entre otras muchas cosas, que poner el acento en la necesidad de una nueva laicidad o de la laicidad positiva (a la que también Benedicto XVI ha dedicado más de una intervención) no es una estratagema verbal ideada por algunos para evitar hablar de laicidad tout court, sino una necesidad.

Una obra en construcción

Augusto del Noce, gran filósofo italiano de la segunda postguerra, en su libro El problema del ateísmo hace en un momento dado una observación luminosa, aunque en un contexto distinto del nuestro. En el contexto de la confrontación entre la revolución marxista y la revuelta surrealista: "El momento de la revuelta pura se disocia de la idea de revolución en cuanto que a ésta le es esencial la idea de verdad". Los movimientos norteafricanos han nacido como revueltas de tipo económico. Si se han convertido en revoluciones, ha sido porque han puesto de manifiesto también una cierta idea del hombre y de la sociedad. Si quieren seguir siendo revoluciones deben profundizar en esta cuestión.

En Oriente Próximo resuena con fuerza la pregunta sobre qué tipo de hombre quiere ser el hombre del tercer milenio. Es la misma pregunta que, de forma diferente, late también cada vez con más potencia, en las sociedades occidentales. La pregunta está clara pero la respuesta no. Pensemos por ejemplo en lo que sucedería si la situación económica de Túnez y Egipto siguiera siendo muy negativa: la necesidad de orden y estabilidad pasarían absolutamente al primer plano. Pasaría a segundo plano el discurso sobre las libertades. Y los movimientos islamistas radicales, que en esta primera fase no han liderado los acontecimientos, ahora podrían intentarlo. De hecho ya estamos viendo en Egipto el renacer de contraposiciones entre las diferentes comunidades. Es un fenómeno que, en países con una variedad interna mucho más marcada, como Siria, les ha llevado al umbral de una guerra civil. Los movimientos de protesta no están exentos del riesgo de la instrumentalización, y probablemente no todo nace tan inconscientemente como algunos medios querrían hacernos creer. Finalmente, no podemos olvidar que en otras partes del mundo de mayoría musulmana (pienso por ejemplo en Pakistán, pero también en el martirizado Iraq), las cosas parecen moverse en otra dirección. Los espacios de libertad, igual que se abren, también se pueden cerrar.

Esto sucede -tal vez sea el momento de recordarlo- porque los procesos históricos, confiados a la libertad de los hombres, nunca se pueden determinar a priori. Exigen el esfuerzo de cada uno de nosotros para ser orientados. Todos estamos demasiado involucrados con estos problemas para contentarnos con proporcionar una fenomenología a los eventos. La forma que adopte el cambio, cómo se articulará el nuevo espacio público en Oriente Próximo o en Occidente, dependerá de las respuestas que la libertad de los actores en juego sepan dar. Y entre ellos estamos también nosotros.

Un nuevo humanismo cristiano

La concepción del hombre determinará la forma que asuma la nueva laicidad en Oriente Próximo. Sin que se pueda descartar un cambio trágico. En esta situación, ¿qué propuesta puede avanzar la fe cristiana? ¿Tiene algo específico que decir? Benedicto XVI, durante la reciente visita a Aquilea y Venecia con la que nos ha honrado, tuvo a bien decir, haciéndose eco de las palabras de la antigua Carta a Diogneto: "No reneguéis de nada del Evangelio en que creéis, pero estad en medio de los demás hombres con simpatía, comunicando en vuestro propio estilo de vida el humanismo que hunde sus raíces en el cristianismo, dispuestos a construir junto a todos los hombres de buena voluntad una ciudad más humana, más justa y solidaria". Después del drama del humanismo ateo (De Lubac), el Santo Padre nos exhorta a descubrir un humanismo cristiano, en el que encuentre espacio, como dimensión intrínseca y no estacional (palabras también de Benedicto XVI), la apertura a las demás religiones y a los hombres de buena voluntad. Es un gran desafío que debe ser aún adecuadamente asumido y que abarca diversas dimensiones, desde la teológica, pasando por la antropológica y la cultural hasta la más estrictamente política. Por lo que concierte a esta última, los hombres de las religiones deberán introducir en el modo de narrar su experiencia la consideración de la dignidad de la persona humana -creada a "imagen y semejanza de Dios" (cfr. Gen 1, 27) o "lugarteniente de Dios en la tierra" (Corán 2, 30)- con el fin de conseguir un reconocimiento recíproco entre los sujetos de la sociedad plural. Ésta parece ser la opinión de San Agustín, que, parafraseando genialmente el principio evangélico ("Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios"), afirma: "Dad al César su imagen monetaria y a Dios la persona humana, creada a su imagen".

Al asignaros a todos vosotros la tarea de explorar las buenas razones de una vida en común, sin las cuales el trabajo de la sociedad euro-atlántica quedará fatalmente expuesto a cualquier deriva y las revoluciones norteafricanas podrán retroceder y quedar en simples revueltas, querría terminar recordando, como tantas otras veces, el horizonte imprescindible de esa investigación. No podrá consistir en otra cosa que el testimonio.

Durante estos años, a través de Oasis, hemos tenido la suerte de encontrar a algunas figuras extraordinarias. Querría citar sólo a dos, particularmente queridas para la iglesia veneciana: S.E. Mons. Luigi Padovese, del que hace poco se ha cumplido el primer aniversario de su asesinato en Turquía, y el ministro pakistaní Shahbaz Bhatti, mártir de Cristo y gran paladín, junto al gobernador musulmán del Pujab, Salmaan Taseer, de la lucha contra la injusta ley de la blasfemia en Pakistán. Que su ejemplo sirva de estímulo para los cristianos y para todos los hombres de buena voluntad para que no se echen atrás en la construcción de una vida nueva, personal y comunitaria. Ésta es nuestra tarea histórica. Nos lo debemos a nosotros mismos, y un poco también a ellos.

Nota: Este texto reproduce la intervención de Angelo Scola en el comienzo de los trabajos del comité científico del Oasis Center que han tenido lugar hace unos días en Venecia (angeloscola.it/)

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