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9 DICIEMBRE 2016
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El éxodo de Estados Unidos

Lorenzo Albacete

Recuerdo haber escrito el año pasado en un día como hoy un editorial que comparaba la fiesta litúrgica de Santa Isabel de Portugal, que celebran todos los católicos del mundo, con la misa del Día de la Independencia, que se celebra sólo en de los Estados Unidos.

En ese artículo ponía en evidencia que en la misa latina, especialmente en el prefacio, tienden a hacer de los cimientos de los Estados Unidos un evento en la historia de la salvación, algo así como un "nuevo éxodo". En el éxodo de América, los peregrinos del nuevo pueblo de Dios huían de la esclavitud del paganismo (Europa era Egipto y el Papa el faraón malo) y llegaron a la tierra prometida de la libertad de culto.

No sé si la reciente revisión del misal ha cambiado en algo la misa el 4 de julio, pero este año mi reacción ha sido diferente, menos crítica y más positiva. Los millones de personas que celebraban el nacimiento de la nación representan una gran diversidad de creencias, una gran diversidad étnica, racial, cultural y religiosa. Una diversidad que habría conmocionado a los padres peregrinos.

Sin embargo, todos parecían compartir su concepto del Éxodo. A pesar de la grave crisis cultural, a pesar de las guerras políticas que les han paralizado, la mayoría de los estadounidenses siguen apegados al sueño americano. Siguen soñando, sólo Dios sabe en cuántos idiomas. Las palabras en inglés de la Declaración de Jefferson alegran a los estadounidenses y consiguen que, al menos en este día, saluden a la bandera de forma espontánea con esperanza y lágrimas en los ojos.

Pensemos en estas palabras: un Creador autor de derechos inalienables, el derecho a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad, el derecho de ser libre frente a un poder político despótico, el derecho a la propiedad, etc. Millones de palabras se han escrito sobre este documento, reflejan todas las interpretaciones, pero la gente normal en todo el mundo puede seguir llorando y sigue llorando al oír esas palabras, aunque Thomas Jefferson no liberó a sus esclavos nunca.

Vida, libertad y la búsqueda de la felicidad: éstas son las puertas para entrar en el corazón americano, deben ser la base para la nueva evangelización de América. Sólo hacen falta unos pocos católicos como Santa Isabel de Portugal.

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