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4 DICIEMBRE 2016
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De nuevo y siempre, la lección de La Sapienza

José Luis Restán

Desde que se clausurara el Congreso de la refundación radical del PSOE, se han multiplicado las declaraciones en el sentido de que es preciso establecer los supuestos derechos al aborto y a la eutanasia más allá de "falsos debates morales", y sin necesidad de alcanzar un sólido consenso político y social. La soberbia fatua de gobernantes, intelectuales y periodistas ha fabricado la imagen de la extensión de derechos como nueva frontera de la historia, y rechaza con violento enojo cualquier objeción que le salga al paso.

La razón que han encarnado estos días Zapatero, De la Vega, Blanco o el ínclito doctor Montes, es aquella razón que se hace sorda al mensaje que le viene de la gran tradición humanística, del cristianismo y de la propia ilustración. Así termina perdiendo "la valentía por la verdad" y de este modo se empequeñece y se seca. De hecho, produce sonrojo la pobreza de argumentos manejada: todo se reduce a eslóganes vacíos, a guiños sentimentales, a construcción hueca. Y sin embargo funciona en una sociedad en la que cada vez está menos despierta la sensibilidad por la verdad.

Benedicto XVI recordaba su diálogo con el filósofo Jürgen Habermas, en el que éste formulaba la urgente necesidad de nuestras sociedades de encontrar una forma razonable de resolver las divergencias políticas, que debería caracterizarse como un "proceso de argumentación sensible a la verdad". El Papa acoge cordialmente la perspectiva de su interlocutor y añade que en ese proceso no deben participar sólo los partidos, lógicamente preocupados por la consecución de mayorías, sino que debe estar abierto a la participación activa de otros sujetos sociales.

La cuestión del valor de la vida humana y de su ponderación jurídica en determinadas circunstancias se plantea hoy de forma dramática en las sociedades occidentales. La pérdida de una mirada común y la erosión del tejido ético compartido obligan a todos los protagonistas sociales a implicarse en un proceso de argumentación sensible a la verdad, que conduzca a una renovada valoración de los bienes que están en juego. Lo paradójico del caso es que los responsables del bien común en España hayan decidido desalojar de este debate crucial a una amplia franja social que se identifica con la tradición cristiana, una sabiduría de la vida madurada a lo largo de los siglos que merece ser reconocida como una instancia de razón pública. 

Quienes plantean de esta forma el debate reflejan un endurecimiento de la razón, una patología ideológica y un sectarismo que puede producir espanto. Pero en todo caso, ni los católicos ni ningún otro sujeto social necesitamos ser invitados a participar y nadie puede impedir que lo hagamos. En el ámbito de una laicidad no estrecha ni pacata, sino verdaderamente alargada para acoger el flujo de las diversas tradiciones y culturas, debemos embarcarnos en la aventura de narrar recíprocamente nuestra experiencia del valor de la vida, de la maternidad, del sufrimiento y de la muerte. No podemos dejar al simple juego de los partidos y de sus intelectuales y medios orgánicos este proceso dramático, en el que las sociedades occidentales se juegan su futuro.

En este gran diálogo que debemos tejer cada día, los católicos comparecemos como testigos de una historia de humanismo basado sobre la fe cristiana que acredita su carácter de instancia para la razón pública, y que por tanto entra en un diálogo crítico con todos, sin quedar bloqueada en la mera afirmación de principios. Nosotros sabemos por experiencia que la fe es siempre un estímulo hacia la verdad, y por tanto una fuerza contra la presión del poder y de los intereses, y de este modo su presencia se convierte en un servicio a todos, creyentes y no creyentes. La lección de Benedicto XVI en La Sapienza nos marca el camino.

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