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9 DICIEMBRE 2016
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Las lágrimas de un obispo

José Luis Restán

Estos días ha sucedido algo que debiera dejar atónitos a los campeones de los derechos y las libertades, ésos tan prestos a condenar a la Iglesia en las tribunas porque condena el aborto y no reconoce el matrimonio homosexual. Pero han permanecido mudos. La policía china ha secuestrado, literalmente, a cuatro obispos de la región de Guangdong fieles al Papa. En este caso no se trataba de una represión genérica sino de un acto violento con una finalidad bien concreta: obligar a estos obispos a participar en la ordenación ilícita (puesto que no cuenta con la autorización de la Santa Sede) del nuevo obispo de Shantou, un sacerdote designado por el régimen para romper así, desde dentro, el vínculo de comunión de la diócesis con la Sede de Pedro.

No es que a los mandarines del PCCh les haya entrado afición por las sutilezas teológicas. Es que, como ya atisbó Mao Tse Tung, han comprendido que romper ese vínculo es vital para conseguir una iglesia títere, una especie de departamento católico dependiente de la estructura política del partido. Cuentan algunos testigos que el obispo de Jiangmen, Liang Jiansen, sollozaba como un niño cuando los policías impertérritos lo arrastraban fuera de su residencia. Seguramente no lloraba por miedo (allí los obispos fieles al Papa están bien curtidos) sino por el daño que se cierne sobre la Iglesia en China y porque un poder despótico le empujaba con violencia a participar en esa trágica farsa.

Entiendo a mis colegas occidentales. Obispos legítimos o ilegítimos, fieles a Roma o leales al Gobierno... pero ¿qué historia es ésta? Para muchos no pasarán de ser curiosidades de entomólogo, obsesiones arcaicas, líos del Vaticano. Claro, lo que cuenta es que China crece al 9% y que es depositaria de la mayor parte de la deuda norteamericana. ¡Como para preocuparse por esos curas! Y sin embargo a estos colegas podría recordarles que las libertades de nuestro Occidente amodorrado y catatónico se asientan sobre el cimiento de la libertad de conciencia, esa que el cristianismo injertó en el corazón de un continente entonces caótico que se llamaba Europa. Esa libertad por la que dieron su vida los mártires, por la que se levantaron los obreros en Gdansk y los intelectuales en Praga, no hace todavía tanto tiempo. Porque cuando ante cuatro obispos arrastrados por la policía para que participen en un altar sometido al poder, los periodistas y políticos occidentales no se conmueven, es que algo muy profundo se ha podrido en nuestra cultura.

Mientras tanto un hombre valiente, el cardenal Joseph Zen, arzobispo emérito de Hong Kong, ha dirigido una apelación pública al presidente chino Hu Jintao y al primer ministro Wen Jiabao para pedirles que frenen urgentemente a esa ralea de "funcionarios canallas que violan la Constitución del Estado, que usan la violencia para que aflore la escoria que hay en la propia Iglesia, que fuerzan a los obispos chinos, sacerdotes y laicos a actuar contra su propia conciencia".

El viejo luchador se ha despojado de la púrpura, o mejor, la viste ahora con su pleno significado, para pedir al César "que dedique un poco de su tiempo a cuidar del pequeño rebaño de los católicos", ciudadanos como cualquier otro en el vasto imperio detrás de la muralla. El cardenal ha firmado como Zen Ze-kiun, un anciano ciudadano de Hong Kong. Y ha concluido afirmando que "Dios es misericordioso, pero no puede bendecir a los que hacen tan difícil la vida de su pueblo".

Son días tremendos para la pequeña comunidad católica en China. Días en los que la mentira, la lisonja y el chantaje se entrecruzan para someter a los heroicos testigos que la sangrienta dictadura de los años sesenta y setenta del siglo XX no pudo doblegar. Ahora quizás el peligro es aún mayor. Para los cínicos esto es noticia de menor cuantía, pero la Iglesia siente que su corazón se parte. Las lágrimas del obispo Liang son las de Cristo en su Pasión. Y no sabemos cuánto dependerá nuestro futuro de la fidelidad de estos hermanos.

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