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4 DICIEMBRE 2016
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Los jóvenes y el corazón (1)

José Luis Restán

Un joven estudiante de Políticas hace campaña en su Facultad para que sus compañeros se trasladen a la acampada en la Puerta del Sol. Se dice anarquista y profesa en voz alta que acude allí porque al fin va a poder llevarse a cabo "la revolución". Al cabo de unos días ha tornado a clase, y una compañera con la que había polemizado duramente le pregunta por qué abandonó la acampada. "Porque aquello no es la revolución, estoy harto y desencantado". La compañera le pregunta en qué debería consistir entonces su ansiada revolución, y él responde: "no lo sé, tiene que ser algo que tenga que ver conmigo, que empiece dentro de mí".

Una joven experimenta una profunda tristeza en su relación con las cosas. Nada le basta: ni la relación con el novio, ni el descubrimiento de nuevos conocimientos en su carrera, ni la belleza del arte para el que está excepcionalmente dotada. Siempre falta algo. Algunos compañeros le dicen que se tranquilice y se divierta, que ya pasará esa melancolía. Pero hay un amigo que afirma que esa tristeza es signo de que está bien hecha, de que nada puede calmar su sed, porque es sed del Infinito. Ella le da crédito, pero le advierte: espero que al final haya respuesta, porque si no, no tendría sentido mantener abierta esta herida.

Son tres historias que conozco de primera mano y que nos hablan del corazón de los jóvenes, de la cultura que les envuelve, de su camino y de sus extravíos. Después volveré sobre ellas. Ahora quisiera partir de lo que dice Benedicto XVI en su Mensaje de invitación para la ya próxima JMJ de Madrid 2011.

El corazón de los jóvenes

"Al recordar mi juventud, veo que, en realidad, la estabilidad y la seguridad no son las cuestiones que más ocupan la mente de los jóvenes... Al pensar en mis años de entonces, sencillamente, no queríamos perdernos en la mediocridad de la vida aburguesada. Queríamos lo que era grande, nuevo. Queríamos encontrar la vida misma en su inmensidad y belleza... Desear algo más que la cotidianidad regular de un empleo seguro y sentir el anhelo de lo que es realmente grande forma parte del ser joven. ¿Se trata sólo de un sueño vacío que se desvanece cuando uno se hace adulto? No, el hombre en verdad está creado para lo que es grande, para el infinito. Cualquier otra cosa es insuficiente".

El Papa señala aquí un punto importante: el tiempo de la juventud no tiene que ser mitificado; es interesante porque en él se hacen especialmente vivas y transparentes las exigencias de lo humano. La fortaleza, la sencillez-ingenuidad de la juventud, son armas para que despunte con claridad lo humano. Al revés de cuanto se dice a veces, la  madurez no consiste en poner orden al caos de la juventud, no consiste en moderar el exceso del deseo juvenil: consiste (ojala que así sea) en la verificación de la verdad que la juventud intuía, está llamada a ser el cumplimiento de la promesa que en la juventud resplandecía. Y cuando no es así, maduro se convierte en sinónimo de cínico, y ese es l fracaso de lo humano.

"Queríamos encontrar la vida misma en su inmensidad y belleza", recuerda el Papa. "Sentíamos el anhelo de lo que es realmente grande". No se trata de otra cosa. Ahí reside el corazón de la juventud, promesa de la verdad de lo humano.

Una cultura que aplana el deseo  

Ahora bien, una cultura, una civilización, se mide por la capacidad de mantener vivo este corazón, de ofrecerle cauce y perspectiva para que realice su propio dinamismo. Desgraciadamente hoy, la cultura dominante en occidente no ayuda en este camino, más bien diríamos que tiende a aplanar el deseo cuando no asfixiarlo, mientras ofrece una panoplia inmensa de entretenimientos y di-versiones para que el sujeto, especialmente el joven, esté siempre fuera de sí. Y así sucede lo que Don Luigi Giussani describía en los años 80: "es como si los jóvenes hubiesen sido alcanzados... por la radiaciones de Chernobyl, el organismo es estructuralmente el mismo de antes, pero dinámicamente ya no es el mismo,.... como si estuvieran descargados afectivamente (sin energía para adherirse a la realidad).

Este drama lo han descrito también autores laicos como el crítico literario Pietro Citati: "Hoy día los jóvenes no saben quiénes son, tal vez no quieren saberlo... se detienen ante un umbral que quizás no se abrirá nunca... no desean actuar, prefieren quedarse pasivos", Y el famoso director de La Reppublica, Eugenio Scalfari, añadía: "la herida en estos jóvenes ha sido el aburrimiento, el aburrimiento invencible, el aburrimiento existencial que ha matado el tiempo y la historia, las pasiones y las esperanzas".

Efectivamente, si el hombre no encuentra la respuesta a esa sed que le constituye (o al menos una pista para perseguirla), todo se vuelve relativo y opinable, nada es capaz de atraerle... y eso es lo que documenta el misterioso letargo y el aburrimiento invencible. Podríamos decir que el fruto existencial del relativismo es esta desconexión de la realidad, este aburrimiento y desinterés que se constata fácilmente hablando con padres y maestros (siempre que se superen, claro está, los discursos formales). Naturalmente, de ese desinterés no está excluida, como vemos frecuentemente, la fe cristiana.

Pero dejemos claro que las crisis de los jóvenes son crisis de adultos: los adultos que han generado la cultura en la que están inmersos los jóvenes y los adultos que les han educado. Nuestros jóvenes han crecido en un clima marcado por la desconfianza sobre el significado y el valor de la persona, sobre su origen y su destino. Y además han vivido un tremendo déficit educativo, en la familia, en la escuela, en la sociedad como conjunto... también, en buena medida, en sus comunidades cristianas de referencia, cuando las han tenido.           

Vías de escape

Ante este clima, evidentemente insatisfactorio, existen respuestas muy dispares. Existe, aunque atenuada por los fracasos cosechados al final del siglo pasado, la respuesta de las ideologías. Y no se puede descartar una nueva oleada. El hombre necesita siempre una hipótesis de respuesta a la esperanza que lleva inscrita en el corazón, como describe magistralmente Benedicto XVI en la Spe Salvi. Las ideologías salvadoras que pretendieron arrogarse esa respuesta, han dejado un rastro tremendo de destrucción, pero cuidado: la memoria es frágil y un contexto de crisis social, económica y moral puede ser el caldo de cultivo para que rebroten aunque sea con la piel cambiada. Por eso hacer memoria de la inhumanidad de estos sistemas y de su sinrazón, sigue siendo necesario hoy. Pensemos además que la ignorancia juvenil al respecto, es clamorosa, aumentando así la vulnerabilidad.             

Existe la ilusión de una suerte de comunidad virtual de relaciones blandas que proporciona un cierto paraguas afectivo (típico de la sociedad virtual), una sensación de compañía que enmascara la soledad fundamental que tiene lugar cuando no hay un juicio compartido, cuando no tiene lugar una narración de la propia experiencia que se mide con los demás.   

Existen por supuesto las vías de escape de la droga y el placer desenfrenado, la gran escapada de un mundo que no se entiende ni se ama, que resulta huraño y sin sentido y del que sólo se puede esperar algún goce desenfrenado y limitar al máximo el dolor, aunque a la larga esto sea imposible.

Pero estas y otras respuestas sólo consiguen ahondar el problema: la confusión tremenda del yo, la incapacidad de situarse en el mundo, la aridez de las relaciones, la charlatanería vacua, la soledad y una violencia latente (fruto de una rebeldía ciega) que es ya un rasgo social de ciertas franjas juveniles.

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