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9 DICIEMBRE 2016
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De primera necesidad

José Luis Restán

Lo que sí es cierto es que nuestro mundo posmoderno y tecnológico, nuestro sistema de bienestar secularizado, tiene sus ciénagas profundas precisamente allí donde parece regir un nihilismo tranquilo y conformista. No hay nada, absolutamente nada que tenga que ver con la vida cristiana, en el delirio de este personaje enloquecido que bebía en un mundo de sombras y odios confusos. Imaginarios nazis, odio al extranjero, tecnología punta y arcaísmos vikingos. Pero ni rastro del Evangelio, ni de la gran tradición cristiana escandinava (hoy olvidada por la inmensa mayor parte de aquella sociedad), ni de la religiosidad popular que con su sencilla humanidad recorre desde el nacimiento hasta la muerte, y que siempre sabe reconocer en el otro a un hermano, aunque sea diferente.

No. En Anders Breivik no hay ni sombra de la tradición cristiana que esculpió el rostro de Europa durante siglos de paciente siembra. Él es más bien un fruto oscuro y amargo de la creciente desaparición de ese patrimonio: ruptura de vínculos, vacío de significado unido al vértigo tecnológico, sensación de poder absoluto, sin límites. Porque el hombre puede hacerlo todo sin dar cuentas a nadie, como ya intuyó el genial Dostoievsky.

Los salvajes asesinatos de Oslo y su reguero de sentimientos, perplejidades y análisis, nos llegan como una ola brutal apenas tres semanas antes del comienzo de la JMJ de   Madrid, y no podemos mirar para otro lado. Porque un mundo que gime con dolores de parto pide a los cristianos de esta hora un testimonio que tenga incidencia histórica y no una mera fiesta auto-celebrativa. Es importante llegar al encuentro con el Papa con esta conciencia viva de un mundo que cruje, de un momento histórico lleno de incertidumbre, en el que hemos de saber leer el grito de la angustia, pero más aún el grito que pide un significado, porque sólo desde ahí se puede levantar el arco magnífico de una esperanza fiable.

Occidente empieza a no saber qué es: su bienestar está en grave riesgo, sus libertades tienen enemigos externos e internos, su genio se apaga como una lámpara escasa de aceite. El gigante chino emerge con todo su poderío económico y militar mientras persigue a su disidencia interna y abrasa las libertades y los derechos fundamentales. El mundo islámico se debate entre una reformulación de su cultura capaz de diálogo con la modernidad, y el enquistamiento en un fundamentalismo irracional y violento. Son las coordenadas históricas en las que se mueven los cientos de miles de jóvenes que llegarán a Madrid a lo largo de este mes de agosto.

No se puede mitificar ni congelar un evento como la JMJ, que se inscribe en un itinerario de cambio personal que requiere tiempo y acompañamiento. Pero en este contexto dramático es una gran oportunidad, lo es para la Iglesia y lo es para el mundo. La fe que ya viven o que buscan los jóvenes tiene que ser fuente de razón, de conocimiento sobre la realidad personal y social que les toca vivir. La fe cristiana es cimiento de una esperanza que construye en la paciencia y a través de la libertad, al contrario que las utopías ideológicas. Pero es preciso que no se reduzca ni a moralismo ni a consolación espiritual. Ese es el desafío y nadie mejor para guiarnos a través de sus implicaciones que el Papa Benedicto, que respondía así a Peter Seewald: "se ve que el hombre aspira a una alegría infinita, quisiera el placer hasta el extremo, quisiera lo infinito; pero donde no hay Dios no se le concederá, no podrá encontrarlo. Entonces el hombre tiene que crear por sí mismo lo falso, el falso infinito". Y añade el Papa que "Dios es de primera necesidad para que sea posible resistir las tribulaciones de este tiempo... para movilizar todas las fuerzas del alma y del bien, de modo que podamos hacer saltar el circuito del mal, y detenerlo".

Sí, pero como él mismo nos ha enseñado, no cualquier dios. El Dios de Jesucristo que es Logos y Cáritas, razón creadora y amor sin límites. El Dios que se deja buscar a tientas pero que mora en la tierra de los hombres a través del cuerpo frágil y zarandeado de su Iglesia. Que el Papa nos enseñe a conocer y amar a ese Dios, a plasmar desde Él nuestra identidad y nuestros empeños, a saber comunicarle a los hombres y mujeres de esta época como la respuesta definitiva a su búsqueda inquieta y tantas veces extraviada. Que Benedicto XVI nos ayude a no tener miedo, a no encastillarnos, a jugar nuestra humanidad cambiada dentro del tablero de la historia. Que de su mano aceptemos el reto de volver a empezar, como los monjes de aquella desolada Europa tras la caída del Imperio romano. Para todo eso ha de servir la JMJ de Madrid 2011. Como para dejarla pasar.

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