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6 DICIEMBRE 2016
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Un hombre sufriente llamado Tarkovski (I)

Juan Orellana

La inmersión en este grueso volumen es ardua, y se precisa una condición básica: un interés "real" en Tarkovski por parte del lector. Si ese interés existe, la lectura de Martirologio será una experiencia inolvidable, pues permite bucear en el alma de este ruso de una forma que no es posible sólo con sus películas y sus ensayos. Aunque el libro es inabarcable, quisiera destacar algunos aspectos que me parecen reseñables: la vida en un Estado totalitario, su singular religiosidad y sus puntuales relaciones con Comunión y Liberación.

Hay una evidencia imbatible que se desprende de sus diarios: Tarkovski era un hombre difícil, complejo, nada complaciente, y un tremendo sufridor. La vida le proporcionaba mucho dolor. Pero su existencia agónica no desembocaba ni en cinismo ni en nihilismo, sino en una purificación religiosa parecida a la mística. Era un hombre de una pieza: nacido y educado en los principios del materialismo dialéctico, hijo leal y relativamente obediente de la Unión Soviética, con cargos oficiales en la industria del cine, mantenía sin embargo íntegra su humanidad: su fe y amor a la Verdad, su conciencia de la realidad espiritual del hombre, y su certeza de Dios. La silente tradición cristiana ortodoxa le atravesaba en sus cimientos más profundamente que el comunismo, del que se fue sintiendo paulatinamente defraudado.

En sus diarios describe el día a día de la forma de funcionar laboral y profesionalmente en la URSS. Sólo se puede calificar como "exasperante". Absoluta y totalmente desesperante e inhumana. Todo eran incertidumbres, burocracias, arbitrariedades, plazos ilimitados, vaguedades, rectificaciones permanentes, interlocutores fantasmas,... lo que Belohradsky definía como "escatología de la impersonalidad". Un artista no puede crear en esas condiciones. Si Tarkovski no se hubiera exilado probablemente hubiera perdido la esperanza. El sistema estaba diseñado con la precisión de un reloj para perder la esperanza. A eso añádase la amenaza constante de la KGB que le hacía vivir con miedo y sospecha. Andrei se pasaba semanas, meses, ¡años! esperando decisiones del "aparato", decisiones que mientras no llegaban le impedían seguir adelante con sus proyectos. El espectador ruso, de la calle, sí amaba el cine de Tarkovski, pero el régimen lo odiaba: era demasiado libre, demasiado poético, demasiado metafórico... y por tanto peligroso. Tarkovski no atacaba la política soviética, y por ello no se le podía acusar de traición, pero hablaba del hombre en unos términos muy poco materialistas y ello era más inquietante si cabe que criticar a Brezhnev. Por eso, cuando casualmente tuvo éxito internacional, Andrei empezó a experimentar que él, como artista, no tenía ningún futuro en la URSS y, por el contrario, vislumbraba muchas posibilidades fuera de ella. La URSS le negaba el pan y la sal, y sus películas eran sistemáticamente ninguneadas en los pódiums del régimen. En Francia, Italia, Alemania,... sus películas despertaban entusiasmo y recibían galardones. Por ello, para dar espacio a su carrera artística, y no por razones políticas, es por lo que Tarkovski aprovechó un contrato con la RAI para establecerse en Italia temporalmente y negarse a retornar en el plazo impuesto por la URSS. Se le puede considerar un prófugo, pero técnicamente nunca fue un disidente ni simpatizó con los detractores de la Unión Soviética. Amaba a Rusia, y detestaba a sus dirigentes, pero no se pronunciaba públicamente contra el comunismo.

"¿Es posible que tenga que pasar años sin hacer nada esperando que alguien se digne a dar el visto bueno a la película? [...] El verdadero arte les asusta. Es lógico: el arte está contraindicado para ellos, porque el arte es humano, mientras que su vocación es aplastar todo lo vivo, todo germen de humanismo, sea el deseo de libertad o la aparición del arte en nuestro opaco horizonte".

En la vida de Andrei, la inhumanidad del régimen comunista llegó a su máxima perversidad cuando, viviendo ya en Europa Occidental, le impidieron reunirse con su hijo pequeño, Andriushka, rehén en su propio país. Y así fue hasta que a Tarkovski se le diagnosticó un cáncer. Fue un periodo de tiempo -años- de tantísimo sufrimiento que quién sabe si no se encuentra ahí el origen de su enfermedad. Echaba tanto de menos a su hijo que a veces escribía que ya no tenía ganas de vivir. Andriushka lloraba cada vez que hablaba por teléfono con su padre, y los soviéticos siempre respondían con evasivas a las súplicas de Andrei de reunirse con su hijo. En su desesperación de padre, tras no obtener respuestas ni de Andropov ni de Chernenko, recurrió a Berlinguer, Olof Palme, Pertini, Andreotti, Mitterand, e incluso a Reagan. Finalmente fue Gorbachov el que permitió la salida de su familia de la URSS.

Una última anécdota que ilustra el delirio comunista totalitario. En el enésimo informe desfavorable que Tarkovski recibió de su película de ciencia ficción Solaris se leen, entre otras muchas, las siguientes indicaciones:

"3. ¿De qué sistema político viene Kelvin, del socialismo o del capitalismo? 5. Suprimir el concepto de Dios. 7. Suprimir el concepto de Cristianismo. 17. Suprimir los planos donde Kris va sin pantalones".

La conclusión del informe resume la interpretación que el Comité Central hace de ese maravilloso film religioso: "A la humanidad no le sale a cuenta trasladar su mierda de un extremo de la galaxia al otro". Tras ese "resumen", y después de 35 observaciones del mismo cariz, el informe se cerraba de este modo: "No se harán más comentarios". Tarkovski concluye: "¡Es para morirse, de verdad!"

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