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10 DICIEMBRE 2016
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>Entrevista a Javier Rupérez

10 años del 11-S: "Entramos en una nueva era"

F.H.

¿Qué ha cambiado fundamentalmente en el mundo tras los atentados del 11 de septiembre en la última década?

Los noventa del siglo XX, tras el final de la Guerra Fría y la desaparición de la URSS, encarnaron un paréntesis en el que se pudo creer en la existencia de una sociedad alegre, confiada y sin hecatombes. El 11 de septiembre vino a cambiar radicalmente esa percepción, introduciendo factores de riesgo e inseguridad que en aquel momento, en el plano global, resultaban imprevisibles: la capacidad destructora del terrorismo, los gastos ingentes que exige la lucha contra el fenómeno, la fragilidad psicológica en la que entraron comunidades nacionales hasta entonces tenidas por sólidas, las nuevas exigencias de la seguridad y el difícil dilema que plantean en relación con las libertades individuales, la renovada y trágica desconfianza entre el mundo occidental y el islámico. Estamos viviendo todavía esa realidad.

¿Cuál hubiera sido la reacción ante los atentados si el presidente de Estados Unidos hubiera sido en ese momento Obama?

Seguramente la misma. En realidad, si bien se mira, la política antiterrorista de Obama no difiere en gran manera de la iniciada bajo tiempos de Bush tras el 11 de septiembre y lo que ocurrió ese día en términos estrictos fue una declaración de guerra a los Estados Unidos.

Hay quien sostiene que las dos guerras que se iniciaron tras los atentados han sido un error: la de Afganistán y la de Iraq. ¿Está de acuerdo?

El régimen talibán afgano estaba dando cobijo a los que planearon el atentado. La respuesta americana, reconocida así por el Consejo de Seguridad, se basó en la doctrina de la legítima defensa ante el ataque. No me parece que en esos términos la respuesta bélica fuera un error. Más bien lo contrario: había que actuar contundentemente contra el agresor y eso en la vida nacional o internacional fomenta la estabilidad, con independencia del desarrollo posterior de los escenarios bélicos. Y con respecto a Iraq, cuyo régimen tenía evidentes características gansgteriles, lo menos que se puede recordar es que si el 11 de septiembre no hubiera tenido lugar Saddam Hussein no habría sido derrocado por una invasión. Fue una anticipada "primavera árabe". Con la perspectiva que el tiempo nos da, lo que la OTAN ha hecho con Gadafi en Libia no es muy diferente de lo que la coalición dirigida por los americanos hizo en Iraq con Saddam Hussein. Pero que a nadie le quepa ninguna duda: Afganistán e Iraq son resultados directos de las acciones inspiradas y realizadas por Bin Laden y sus secuaces.

¿Fue un acierto hacerle la "guerra" al terrorismo?

Yo prefiero la utilización del término "lucha", pero la sustancia es la misma y su necesidad indudable. El 11 de septiembre puso de relieve la capacidad de desestabilización que encierran los movimientos terroristas, hasta ese momento considerados poco menos que como pequeñas perturbaciones tácticas sin más trascendencia. Nosotros en España sabíamos que eso no era así y el 11 de septiembre nos vino a dar desgraciadamente la razón. El mantenimiento de la democracia occidental, tal como hemos llegado a conocerla, exige una disposición de permanente vigilancia y defensa contra los que quieren sabotear las mismas bases de su existencia en lo económico, lo psicológico, lo político y lo cultural. La lucha contra el terrorismo por eso incluye medidas defensivas pero también preventivas contra todo tipo de fundamentalismo excluyente, sea nacionalista, religioso o de cualquier otro tipo. Y no es fácil.

El 11-S supone, como han dicho algunos, el fin del "siglo corto"? ¿Se acaba con el 11-S la ilusión liberal de que la historia se ha terminado?

En realidad la historia no se termina nunca. Lo que sí había terminado, y no era poco, era el horrendo sistema totalitario encarnado por los soviéticos. El comunismo quedaba enterrado en la cloaca de los tiempos y ello permitía imaginar un futuro sin tensiones, reconstruido en torno a la democracia liberal y capaz de disfrutar de lo que entonces se llamaban "los dividendos de la paz". Los atentados del 11 de septiembre no han quebrado esa ilusión pero desde luego han aplazado su realización con otras urgencias, de las que somos testigos todos los días: la elevación de los presupuestos de defensa, los gastos crecientes en seguridad, el negativo impacto que todo ello tiene en las desequilibradas cuentas nacionales en tiempos de crisis, la difícil relación con los regímenes islámicos, los peligros de la proliferación de armas de destrucción masiva. En la historia, como en las ciencias, es difícil hacer clasificaciones pero a efectos prácticos sí debemos reconocer que hay un antes y un después del 11 de septiembre.

La muerte de Bin Laden ha cerrado un ciclo que ha coincidido con la primavera árabe. ¿En qué momento se encuentra el terrorismo islamista y la ideología que le sustenta?

Golpearán de nuevo cuando y donde puedan. Naturalmente los sistemas de defensa frente a ello son hoy más eficaces y sofisticados que hace diez años y sus posibilidades de actuar, más reducidas. Pero ésta sigue siendo una lucha desigual en el contexto de lo que los analistas llaman "conflicto asimétrico", donde nunca cabe descartar la habilidad criminal del agente terrorista para buscar nuevos escenarios de tragedia. Como hicieron en Madrid en 2004 y en Londres en 2005, incluso después de la amarga experiencia y lección que para todos supuso el 11 de septiembre. Sin olvidar el continuo goteo de muertes que el terrorismo islamista produce diariamente entre los mismos fieles musulmanes en zonas que por su alejamiento de las capitales occidentales no reciben tanta atención mediática. La muerte de Bin Laden no parece haber interrumpido ese río de sangre. Es todavía pronto para saber el impacto que la primavera árabe tendrá sobre las sociedades musulmanas, pero hay que recordar la paradoja de algunas de sus historias: son autócratas laicos los que están siendo depuestos y nadie debe derramar una lágrima por su desaparición, pero ¿no existe acaso el peligro de que sean sustituidos por la tiranía de los ulemas?

¿Qué recuerdo tiene del momento de los atentados?

Aunque yo era el embajador español en Washington en aquellos momentos, me encontraba en Madrid para asistir a una reunión oficial y en el mismo Ministerio de Asuntos Exteriores tuve ocasión de ver por la televisión cómo se desarrollaba la tragedia, con aquel aire de irrealidad que todo tenía, el intenso cielo azul, las torres humeantes, su derrumbe, el caos consiguiente. No era muy difícil de imaginar la secuencia pero quedó rápidamente instalada en mi mente: lo primero pudo haber sido un accidente, lo segundo era un atentado, lo tercero, el avión sobre el Pentágono, la declaración de guerra. Quedaban además, naturalmente, las preocupaciones personales. Toda mi familia, mi mujer y mis dos hijas, estaban repartidas entre Washington y Nueva York y durante cerca de veinticuatro horas no pude tener contacto directo con ellas. Pero sobre todo quedaba la poderosa imagen de la pira funeraria. Entrábamos en una nueva era. De características harto inciertas.

¿Qué hay que aprender del modo en el que reaccionó el pueblo estadounidense?

Lo hicieron admirablemente, como suelen comportarse en tiempos de adversidad, con un sentido de la disciplina, del sacrificio, de la unidad y también de la fuerza, realmente magnífico. También con un quejido de extrañeza y de ansiedad: ¿Por qué a nosotros? ¿Cómo han podido llegar hasta aquí? Esos sentimientos contrapuestos todavía sobreviven. También para la sociedad americana hay un antes y un después del 11 de septiembre.

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