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24 FEBRERO 2017
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10 años del 11-S

Este sábado Benedicto XVI enviaba al arzobispo de Nueva York una carta con motivo del décimo aniversario de los atentados. El Papa, que rezó en la Zona Cero en 2008, afirma en esa misiva que "en ningún caso se pueden justificar los actos de terrorismo" y denunciaba que la tragedia, en este caso, se vio agravada porque los "autores afirmaron que habían actuado en nombre de Dios". Añadía: "toda vida humana es preciosa a los ojos de Dios y no se debe ahorrar ningún esfuerzo para promover en todo el mundo un auténtico respeto por los derechos inalienables".

A muchos la afirmación sobre los ojos de Dios puede parecerles una consideración espiritual, un buen pensamiento en todo caso, con poca incidencia histórica. El 11-S supone el comienzo del siglo XXI. Atrás quedaba definitivamente el llamado "siglo corto" que había comenzado con la Primera Guerra Mundial y con la Revolución de Octubre del 17 en Rusia. Tanto un acontecimiento como otro suponen un cambio histórico de primera magnitud. Después del sosegado XIX, los sistemas ideológicos se hacen con el control de una tecnología militar y de unos aparatos estatales de una potencia desconocida hasta el momento. Todo ello provoca una tendencia creciente a minusvalorar el valor de la persona. Más tarde, como denunciaría Pasolini, la sociedad del consumo aceleraría la destrucción de la cultura popular y el individuo quedaría, sin vínculos, a merced de los nuevos poderes. No por casualidad el XX es el siglo de los genocidios: el de los armenios, el de los judíos, el de los campesinos rusos, el de los camboyanos y también, en otro nivel, lo que Pasolini llamaba el "genocidio de los italianos", la homologación cultural. La caída del comunismo, en el 89, provocó un espejismo. Volvió el optimismo ingenuo. Algunos liberales proclamaron que la historia había acabado. Fin de las ideologías. La mano invisible del mercado, por fin global, completaría lo que a la libertad mundial le faltaba para ser perfecta. Era, claro, una libertad sin verdad. La caída de las Torres Gemelas volvió a poner sobre el tapete de la historia la relación entre una y otra, de un modo trágico, abominable porque los terroristas afirmaban una verdad que despreciaba la libertad.

Diez años después se han conseguido éxitos en la lucha contra el terrorismo, aunque ha habido errores clamorosos como la Guerra de Iraq. La extensión del yihadismo, a pesar de la debilidad de Al Qaeda, sigue requiriendo una respuesta militar, geoestratégica, pero, sobre todo cultural. La libertad sin verdad, el relativismo, ya se ha mostrado impotente para hacer frente al reto del fundamentalismo, de esa verdad sin historia y sin sujeto que desafía a Occidente y a los países de mayoría islámica. Pero también hemos tenido oportunidad de ver lo inútil que es, en el lado de "los buenos" -aunque sea en plano muy diferente-, lo poco eficaz que es un rearme moral que no haga las cuentas con el filo rojo, con el deseo de satisfacción que marcaba a las víctimas del 11-S y a todos nosotros al levantarnos. La verdad lo es precisamente porque atrae, porque seduce a la libertad, porque "resiste" la prueba del deseo.

Los ojos de Dios de los que habla Benedicto XVI no son una metáfora. Son la forma que tiene la Verdad de darse a conocer. Tan atenta, tan solícita, tan dependiente de la libertad del hombre, que se ha hecho carne. Toda la potencia de la Verdad estaba hace 2.000 años en la mirada de un hombre. En su forma de ver los pájaros, las prostitutas... Era necesaria la libertad de los que por allí andaban para percibir la diferencia. Hace algunos años, Luigi Guissani explicaba que los cristianos habían sido elegidos para llevar al mundo la mirada de ese hombre, Jesús de Nazaret. Una mirada que recoge, que respeta, que afirma como nadie todo lo humano que había aquella mañana en el corazón de las 2.981 víctimas del 11-S y que hay ahora en el nuestro. Con esa mirada se construye historia.

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