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20 FEBRERO 2017
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Una danza macabra

José Luis Restán

Todo el esquema de la demanda es abracadabrante desde el punto de vista del derecho, más aún, desde el punto de vista de la realidad histórica. Pero cuidado, vivimos en un mundo extraño y peligroso, con jueces deseosos de pasar a la historia. ¡Qué fantástico procesar al hombre de blanco, al viejo lama cuya desaparición predijeron los revolucionarios franceses, y que a pesar de todo se resiste a salir de escena! Un último empellón y quiá.... 

La carcoma de la pedofilia entró en las sociedades occidentales de la mano de la disolución de las grandes certezas sobre lo humano, de la mano de la de-construcción del 68. Entonces algunos la pregonaron incluso como liberación de los viejos tabúes de la moral cristiana. Los ídolos del dinero, del poder y del placer que evocaba Eliot en Los coros de la roca perfilaban una nueva sociedad. Las familias dejaban de ser un espacio sagrado donde se cuidaba la vida (o sea su misterio último, su sentido) para pasar a ser agregaciones funcionales, coyunturales y amorfas. En ellas prendió con mayor rabia que en cualquier otro sitio el cáncer de los abusos sexuales. Y algo similar sucedió en la escuela y en otros ámbitos de convivencia. Padres, maestros, entrenadores, soldados, políticos, artistas... y también sacerdotes, y pastores, y rabinos.

La carcoma entró en aquellos ámbitos de Iglesia en los que la fe común cedió a otras preocupaciones y susurros. El cáncer avanzó con rapidez especialmente en el mundo anglosajón, y no se supo atajar con diligencia. La carta de Benedicto XVI a los católicos de Irlanda quedará como un documento histórico que acredita esa indolencia, esa banalidad, esa lentitud de conciencia, incluso ese error de valoración sobre lo que significaban esos crímenes. Esa carta es un grito inmenso de dolor, una petición de perdón que rasga las cortinas del templo, una voluntad de renovación como no se ha visto en lustros. El Papa se ponía como los justos de Israel en primera línea, para recibir a pecho descubierto el golpetazo bestial de esta vergüenza.

Muchos le decían en la Iglesia que mejor era no hablar tanto del tema, correr un  tupido velo. A fin de cuentas eran casos de hace veinte, treinta y hasta cuarenta años. A fin de cuentas es difícil discernir en muchas ocasiones, es difícil juzgar a los que hubieron de afrontar la crisis en los primeros momentos... Palabras sensatas, tal vez, pero Benedicto quería ir más al fondo, quería buscar la única sanación posible en el arrepentimiento y la purificación, quería mostrar al mundo una Iglesia que, aun llagada, contiene, como diría el gran Bernanos, toda la alegría destinada a este pobre mundo.

Sí, la SNAP pretende sentar al Papa Benedicto en el banquillo que calentaron Milosevic y otros criminales. Y este mundo está tan loco que habrá incluso buena gente que diga: "mira, les está bien empleado, no les viene mal una lección". Pedro boca abajo, como en la colina vaticana, Pedro irrisión de los grandes de la tierra, escarnio y mofa de los grandes. Está escrito.

Claro que la SNAP no se querellará contra las iglesias protestantes (cuya proporción de pastores implicados es mayor que la de sacerdotes católicos en los Estados Unidos) ni contra la ONU (cuyas fuerzas destacadas en Haití o en los Balcanes han sido acusadas de terribles abusos, ni contra las redes de comunicación que martillean cada día la cultura de la canalización del sexo. No, el objetivo es el Papa, y precisamente el Papa que más ha hecho para luchar contra esta lacra cambiando leyes, echando personas, implantando una durísima política de transparencia, y sobre todo, implicándose en un profundo cambio de mentalidad.

Siguiendo esta dura ruta, la Iglesia católica ha establecido en muchos países normas y procedimientos para la defensa de los niños y el castigo de estas conductas que han sido un modelo internacionalmente reconocido. Pero la SNAP no quiere saber nada de esto, y menos aún las grandes portadas de unos medios deseosos de ajustar cuentas a ese anciano que se permite reunir en Madrid a casi dos millones de jóvenes, pero ¿qué se habrá creído? Horas amargas, sobre todo por la dificultad para lograr que la verdad se levante penosamente en medio de un mar de mentiras bien trabadas. Y todo mientras espera el duro viaje de Alemania. Pero pese a todo Pedro estará allí, y tendrán que escuchar su voz recia y mansa, la voz de la fe amiga de la razón que atraviesa los siglos y convoca a las gentes necesitadas de esperanza.

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