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9 DICIEMBRE 2016
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Berlín, ciudad abierta

José Luis Restán

El Papa no busca ciertamente un éxito fácil. Conoce la linfa profunda de los bosques teutones, las viejos fantasmas anti-romanos, el runruneo de la disidencia, el sarcasmo de algunos medios como el Spiegel, que le han tildado de "incorregible". Incorregible, claro, porque anuncia la misma fe del apóstol Pedro. En el avión no elude la pregunta sobre las protestas y dice entenderlas. "Es algo normal que en una sociedad libre y en una época secularizada se den posiciones en contra de una visita del Papa. Es justo que expresen su contrariedad: forma parte de nuestra libertad y tenemos que reconocer que el secularismo, y precisamente la oposición al catolicismo, es fuerte en nuestras sociedades. Cuando estas oposiciones se expresan de una manera civilizada no se puede decir nada en contra. Por otra parte, también es verdad que hay tantas expectativas y tanto amor por el Papa". No elude la polémica, simplemente la desbarata.

Ante el presidente Wulff el Papa realiza una cita significativa del gran obispo y reformador social Ketteler: "como la religión necesita de la libertad, así la libertad tiene necesidad de la religión", y recuerda que la República Federal, surgida del trauma del nazismo y de la guerra, ha llegado a ser lo que es gracias a la fuerza de la libertad plasmada por la responsabilidad ante Dios y ante el prójimo. Es un auténtico hilo dorado de su diálogo con la laicidad, la clave en la que el Papa Ratzinger sabe hablar a nuestro tiempo, sin miedo y sin concesiones fáciles, con simpatía pero sin complejos. De tú a tú.

Dice el vaticanista Magíster que el discurso ante el Bundestag ha sido la tercera gran lección del pontificado, tras Ratisbona y París. Es verdad. Aquí el Papa teólogo nacido en Baviera ha mostrado toda la potencia de razón que posee la fe cristiana, ha roto todos los esquemas, ha descolocado a propios y extraños. Su gran tema ha sido el de los fundamentos éticos del Estado liberal democrático y lo ha desarrollado en un discurso chispeante, con guiños de humor a la bancada, pero con el aplomo, la densidad y la frescura de los grandes Padres de la Iglesia o de los grandes maestros medievales.

En el templo de la democracia el obispo de Roma ha explicado que en la política "el éxito está subordinado al criterio de la justicia, a la voluntad de aplicar el derecho", porque sin esto, parafraseando a San Agustín, no hay diferencia entre el Estado y una cuadrilla de bandidos. Y no ha temido recordar lo que sucedió en ese mismo espacio durante el nazismo, cuando el Estado se convirtió en instrumento para la destrucción del derecho, para rendir homenaje a los combatientes de la resistencia que prestaron un gran servicio a la humanidad.

Y el Papa lanza su primer gran desafío: "en las cuestiones fundamentales del derecho, en las cuales está en juego la dignidad del hombre y de la humanidad, el principio de la mayoría no basta: en el proceso de formación del derecho, una persona responsable debe buscar los criterios de su orientación". Entonces describe un momento crucial para la historia de occidente, cuando los teólogos cristianos rechazaron un derecho basado en la revelación divina y se pusieron de parte de la filosofía, reconociendo la razón y la naturaleza como fuente jurídica válida para todos.

Tras reconocer la importancia de la ecología, Benedicto XVI subraya que existe también un a ecología del hombre, que éste posee una naturaleza que no puede manipular a su antojo, porque el hombre no se crea a sí mismo. Y lanza un nuevo desafío a la cultura positivista en la que se reconocen no pocos de los representantes del pueblo: "¿carece verdaderamente de sentido, como sostenía Kelsen, reflexionar sobre si la razón objetiva que se manifiesta en la naturaleza no presupone una razón creativa, un Creator Spiritus?". Touché, aplausos en la sala.

El Papa concluyó afirmando que la cultura en Europa nació del encuentro entre Jerusalén, Atenas y Roma, un encuentro que ha fijado los criterios del derecho, y defenderlos frente a un positivismo salvaje que nos hace ciegos y sordos a la vida en toda su riqueza, es nuestro deber en este momento histórico.

En el estadio Olímpico le esperaban casi cien mil personas, y muchas han quedado sin un puesto, quizás por exceso de precaución o de reglamentismo. Pero ya no importa, ahora Joseph Ratzinger está en medio de su pueblo y le habla a tumba abierta. Es un canto precioso al misterio de la Iglesia, el don más bello de Dios. Y usa de nuevo la imagen de la red que recoge peces buenos y malos, del campo en el que crecen juntos la cizaña y el trigo. Le habla también de ese descontento amargo que emponzoña a tantos católicos, de los sueños que cada uno acaricia de una Iglesia a su medida, de la soberbia que pretende juzgarla desde fuera y que mata la gratitud sencilla de considerarse hijo de este pueblo. Es la homilía apasionada de un padre que reúne a sus hijos tentados por la desbandada, a veces discutidores y rebeldes, otras temerosos de un entorno demasiado invernal.

El Papa les pide permanecer unidos a la vid para no secarse, les habla de esa misteriosa comunión en la que los más fuertes deben llevar las cargas de los más débiles, un lugar que es refugio de luz y calor en medio de la tempestad. Una casa no para atrincherarse sino para abrazar al mundo, dándole la única riqueza que verdaderamente necesita, Jesucristo. Cae la lluvia sobre el anochecer de Berlín, la marcha antipapa ha reunido unas dos mil personas. Como dice Brandmüller hay un viaje real, y está el que nos quiera contar cierta prensa.  

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