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11 DICIEMBRE 2016
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El secreto del Bundestag

De un lado quedaron los que dicen que la ley es la ley, lo que aprueban los parlamentos y nada más. Son la mayoría. Han convertido la razón y la naturaleza en "un edificio de cemento armado", sin aberturas  al mundo. Del otro lado, minoritarios, cada vez más encastillados, más incapaces de hablar el lenguaje del hombre moderno, los que pelean por el derecho natural, por la justicia no escrita. Muchos de ellos han repetido desde hace décadas sanos principios que no han conseguido abrir una sola brecha en el hormigón del racionalismo. En su boca la palabra naturaleza cada vez se ha hecho más abstracta, y se ha ido alejando del árbol verde de la vida. Pero desde el 22 de septiembre se puede decir, sin exagerar, que el paisaje puede empezar a cambiar  gracias al discurso del Papa en el  Bundestag.  

El Papa ha abierto ventanas que parecían no existir. ¿Cómo? Lo que escribía, a mitad de los años 50, Hannah Arendt en su diario nos puede ayudar a entender en qué ha consistido ese gesto que ha hecho entrar aire fresco en un ambiente cerrado."No creo que la religión pudiera proporcionar en algún lugar o de algún modo, un fundamento para algo tan inmediatamente concreto como son las leyes. El mal ha resultado ser más radical de lo previsto. Para decirlo desde fuera: los crímenes modernos no están previstos en el decálogo". Si el Santo Padre se hubiera limitado a ser un líder religioso que hubiera repetido el decálogo no hubiera indicado un método adecuado para  responder al deseo de justicia,  para fundamentar la ley y  la convivencia entre los hombres. Sobre todo, tras lo ocurrido en el Siglo XX.  Tampoco, como ha dicho el propio Papa, hubiera servido que pretendiese imponer "al Estado y la sociedad un derecho revelado". El cristianismo nunca lo ha hecho. El cristianismo siempre "se ha referido a la naturaleza y a la razón como verdaderas fuentes del derecho".

Y lo que hemos visto el pasado jueves en el Bundestag ha sido a  un hombre, que gracias a su fe, ha usado la razón y ha hablado de la naturaleza de un modo que resultaba provocativo y  refrescante para que el derecho no se convierta, como decía San Agustín,  en el instrumento de un grupo de bandidos.  Su fuerza ha consistido en considerar la realidad que vemos todos sin censurar que en ella el Misterio de Dios es un factor que cuenta.  Los parlamentarios alemanes y el mundo entero han visto a un cristiano que no repetía fórmulas, que era inteligente y  creativo al afrontar el problema de la fundamentación de la democracia y del derecho. El Papa ha mostrado el itinerario de "un corazón dócil al lenguaje del ser", capaz de reconocer la gran evidencia: "el hombre no se crea a sí mismo, posee una naturaleza que debe respetar". De esa forma existencial de considerar la naturaleza humana surge la gran pregunta: "¿Carece verdaderamente de sentido reflexionar sobre si la razón objetiva que se manifiesta en la naturaleza no presuponga una razón creativa, un Creator Spiritus?". Una pregunta que es el testimonio de una mirada completa, la de una razón no racionalista, despierta, que se pregunta por el origen. Y que del origen vuelve al derecho: "sobre la base de la convicción de la existencia de un Dios creador, se ha desarrollado el concepto de los derechos humanos, la idea de la igualdad de todos los hombres ante la ley". La provocación que lleva aparejado este modo de usar el entendimiento  es, sin duda, para los juristas, pero, sobre todo, para los que tienen que lidiar con los problemas de la vida. O sea, para todos.

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