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3 DICIEMBRE 2016
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La isla de Jiménez Lozano

Guadalupe Arbona

Cuando hace unos meses decidí con un grupo de estudiantes de Universidad Complutense de Madrid emprender la elaboración de una web sobre José Jiménez Lozano sabía que, además de una tarea que emprendíamos con gusto y desde una entrañable amistad, era una asignatura pendiente en la Historia de la Literatura Española Contemporánea más reciente.  

La Página podía ofrecer -puede ofrecer- a muchos lectores la posibilidad de conocer la obra, rica y variada, del autor. Jiménez Lozano ha recibido poca atención crítica por parte de la Academia, cosa que, por otro lado no ha buscado y, en algunos casos, ha evitado. Ha preferido estar cerca de sus lectores. Por eso se puede decir que el autor es un outsider,  figura que, por otro lado, goza de no pocos y espléndidos  precedentes en la historia literaria. La ventaja de este apartamiento es que le ha permitido el encuentro con poderosos mundos imaginarios. Sin prestar demasiada atención a los chismes de corte, el autor permanece a la escucha, sigue atento a  esas historias de hombre que, esas sí, son su compañía.

Ahora bien, decir que es un autor fuera del coro es bien poco. Lo importante es señalar qué le ha permitido esa soledad, cómo ha ido  tejiendo su singular obra literaria, qué lo hace diferente en el panorama de la Literatura Española Contemporánea, por qué es una figura única de nuestra literatura más reciente. Su obra  no se parece a nada de lo que se ha escrito en las últimas décadas y se resiste a las etiquetas, aunque hayan sido muchas las que le han caído encima. ¿Es realista, es simbólico, es acrónico, es fabulador, es bíblico? De todas escapa y todos estos términos deberían ser matizados y explicados, revisitados a la luz de cada una de sus obras. Su voz única, o por mejor decir, la multiplicidad de sus voces, sorprende en cada publicación: las intensas paradojas de sus cuentos, la fuerza apabullante de sus historias, el carácter fabulístico de sus mundos no parece que en su variedad sean frutos de la misma mano

 

Su singularidad reside en que el autor escucha, recrea y vitaliza nuestra lengua y crea un cosmos nuevo. Hace viajar las palabras de nuestro castellano, estrenado en el  XVI y del que parece no despegarse, por tantas latitudes, que las palabras se hacen universales. Nombra tanta vida que lo ya olvidado y oxidado renace. Entra en tantos corazones que, gracias a su pluma, se descubren los pliegues del misterio de la condición humana. Esta es el secreto  de sus relatos y narraciones.

Historias se le han presentado como ‘otras' pero nunca las ha dejado huérfanas, el escritor se ha implicado con ellas y ha sufrido con sus heridas y dolores: con los totalitarismos del siglo XX, la Inquisición, la crisis religiosa europea del XIX, la pérdida de una cultura de siglos, el culto a lo feo, etc. Al mismo tiempo, a través de sus figuras ha mirado y remirado tanto los colores del mundo que nos los devuelve, en su variedad y riqueza de matices,  como desde la primera vez que fueron vistos. De este modo nos hace añorar la visión del principio del mundo. 

 

Desde que lo conocí, han ido cayendo muchas de las etiquetas y parapetos que han marcado u ocultado al escritor y que lo han hecho y hacen para muchos infranqueable. Ojalá esta página sea una contribución para desmontar unas y otros. El primer parapeto es el de un deliberado silenciamiento. No son pocas las obras de referencia dedicadas a la Literatura Española Contemporánea donde no aparece ni su nombre. Cosa sorprendente cuando su presencia literaria comienza en 1971 y hoy sigue publicando con mayor maestría y vitalidad si cabe que en aquellos años. Como ha dicho ya alguno de sus críticos, la buscada  marginalidad a la que se le ha condenado responde a razones extraliterarias. Aunque su grandeza literaria no se puede oscurecer -ha recibido  los premios literarios más importantes de nuestra lengua-, sus obras se ofrecen a secretas y calladas lecturas.

Otro de los parapetos que es necesario remover  es el de la idea, gastada y cansina, de que se trata de un escritor ‘castellano', donde el apelativo se traduce casi inmediatamente por  la dedicación a esos pueblos y esos hombres que ya a nadie interesan. Los dramas de Jiménez Lozano reflejan las nuevas piedades de Antígona, las tristes injusticias contra Spinoza,  la profecías de Dostoyevski o las  ferocidades de los predicadores de Flannery O'Connor, por poner varios ejemplos, tanto como la negrura de un pensamiento de una mujer de Castilla o de un amor imposible entre un cristiano y una judía, o del drama de un emigrante de la Europa del Este en la España actual, por no hablar de la voz singular de un jubilado rememorando la Guerra Civil española en La salamandra.  Y no los cito porque sean trasuntos de sus historias,  sino porque con estos personajes y escritores ha pasado el autor muchas horas de conversación, cosa que se nota en su escritura. Ha recreado otros mundos: los perfumes de Mesopotamia, los dramas de Jutlandia, las blancas estepas rusas, las frías casas de la Inquisición, el fulgor de una plaza de Alejandría, la vecindad de la Palestina del siglo primero, o la irreductible Port-Royal en Francia. Por no hablar de su personal manera de volver sobre la historia -memoria passionis- como si fuese un asunto de antes de ayer, cuyo conocimiento nos hace más hombres.

Ahora bien, no ha cesado ahí el oscurecimiento del escritor. También  se le ha etiquetado de católico como marca para alejar a muchos de su obra, sólo porque ha osado decir que la belleza que no atiende al Misterio, deja de serlo, o porque desde su fe ha criticado aquella que se reduce a defensa de la casta. Para otros es jansenista, etiqueta que se acuñó  durante la dictadura. Fue entonces cuando se le denominó ‘miembro único' de este supuesto partido. Así se le podía alejar de otros lectores, mientras pesaba sobre él el estigma de lo heterodoxo o de lo raro, suficientes motivos para abstenerse de leer sus obras.

 Para todos los que se han detenido tras estas etiquetas  vaya esta página, así como a todos aquellos que no le conocen. Se irá actualizando y completando periódicamente. Intentaremos no perder por el camino el deseo del autor, que la encabeza: "Y mi deseo, por lo demás, es que nunca pierda lo que es más exigible a quien escribe, que es que no llegue a ofrecer banalidad ni se aparte de mí el temor de ello. Y así, no es que me lance a salir al gran océano informático; estaré muy a gusto en el "Mare Nostrum", como una isla en una lagunilla, pero con el agua que Homero vio que tenía una sonrisa innumerable".

En esa isla entramos  www.jimenezlozano.com,  rodeados, espero, por esa sonrisa innumerable.

 

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