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9 DICIEMBRE 2016
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Política y deseo

Massimo Borghesi

Hace cincuenta años, Italia se dividía en norte y sur, entre rojos y blancos, entre Peppone y Don Camilo, pero el pueblo era real, y eso hacía posible una comunicación, porque los valores profundos, arraigados, inconscientes, eran comunes a todos, tal como reflejan las películas de Fernandel y Gino Cervi. Los enfrentamientos y la dialéctica eran duros, pero tenían lugar dentro de un humus compartido un alma caracterizada por su sentido de solidaridad y la tradición cristiana. Ése era el terreno en el que florecían los proyectos de cambio, de emancipación, de justicia y de equidad social.

Desde esta perspectiva, me gustaría destacar la importancia de la exposición sobre los 150 años de la unidad de Italia en el Meeting de Rimini, porque en mi opinión es la primera vez que se consigue un punto de vista equilibrado, compartido, sobre las realidades populares del país, católicas y socialistas. En vez de adoptar una postura simplemente reactiva, típica en las posiciones intransigentes, aquí nos encontramos con un hilo rojo que une a realidades diferentes. Así lo ha destacado el presidente de la República italiana, Napolitano, que ha señalado la necesidad de tejer un hilo capaz de recuperar la unidad de la nación. Y esta exposición ha encontrado ese hilo, no entre los vencedores, sino entre los vencidos, o mejor dicho los excluidos, que ahora han dejado de serlo, pues recuperaron las capacidades de su pueblo y la fuerza para volver a ponerse en juego dentro del tejido nacional. Ciertamente, lo mejor de esta nación nació precisamente del enfrentamiento y del encuentro entre componentes populares que la nueva Italia había marginado. Estas fuerzas son las que lograron la unidad después de la Unidad. Marginadas y violentadas por el fascismo, volvieron a la vida después del 45 dando lugar a grandes realidades populares que encontraron su expresión formal y jurídica en la carta constitucional. La exposición encuentra en los agentes populares, democráticos, de este país la verdadera y profunda identidad de la nación, más allá de las cuestiones de palacio y de los juegos políticos, más allá de las elites extranjeras que querían excluir a estas grandes realidades populares.

Existe una historia soterrada, profunda, de la unidad del país, que va más allá de su rostro institucional y político, y ésa es la historia que el presidente Napoplitano ha valorado en esta exposición. Si ésta hubiera adoptado un punto de vista intransigente, no sería "actual", sería una operación arqueológica, nostálgica, no constructiva. Aunque no trato de justificar ni siquiera mínimamente el modo violento y bárbaro con que se alcanzó la unidad de este país.

Con el declive del pueblo, de la política popular, también se han transformado los partidos, algunos de los cuales han desaparecido de escena. Otros han quedado reducidos a simulacros, con un personal directamente nombrado desde arriba, sin expresar ningún tipo de práctica democrática. Esta triple evanescencia -deseo, pueblo, partidos- no ha sucedido por arte de magia. Es resultado de un proceso que ya tuvo un diagnóstico de excepción con Pier Paolo Pasolini. Sus Cartas luteranas y sus Escritos corsarios, a mediados de los años 70, captan la mutación antropológica que se estaba desarrollando. La famosa "desaparición de las luciérnagas" coincide con la mutación antropológica del pueblo italiano, que pasa de ser pueblo a no-pueblo, se convierte en una masa indiferenciada, fagocitada por el nuevo poder, por la televisión. El cambio afecta también a la esfera política, a la Democracia Cristiana y al Partido Comunista, es decir, a las dos fuerzas populares del país. Frente a esta mutación, el personal político, según Pasolini, permanece miope, ciego, no se da cuenta de lo que sucede. Tampoco la Iglesia lo entiende, no entiende que todo está cambiando y sigue razonando según esquemas viejos, con un moralismo fuera de lugar, que no percibe la novedad que se abre paso.

Lo que Pasolini intuye es el nuevo totalitarismo, un totalitarismo de las necesidades fundamentado sobre la censura del deseo, el nuevo totalitarismo no es un totalitarismo "positivo", como eran el nazi, el fascista o el comunista; éste es un totalitarismo "negativo", un totalitarismo de la disolución, que disuelve los viejos valores sin que les sustituyan otros nuevos. Se destruye todo y no se construye nada más. Viejos valores que la televisión muestra como ridículos, anticuados, obsoletos. Y así la iglesia pierde su consenso popular. Comparada con un show televisivo, la vida cristiana parece triste, anacrónica. La potencia mediática de la televisión hace que toda la tradición popular de la Iglesia parezca estar fuera de lugar. Este modernismo ocupa toda la escena, vacía el alma del pueblo, católica y comunista, y la convierte en instrumento para la consolidación de una nueva derecha tecnocrática. El vaciamiento de la izquierda pasa a ser el proceso de realización de una nueva derecha. El proceso que Augusto Del Noce identificó con una lucidez extraordinaria ya en los años 60. Con una intuición que le llevó al encuentro ideal con la perspectiva de Pasolini, de modo que entre ambos captaron lo que estaba por venir: los años 80, el periodo post comunista. Del Noce entendió a principios de los 60 que el comunismo decaía y que se perfilaba un nuevo adversario, peor que el comunismo, el de la irreligiosidad de la sociedad opulenta, una sociedad que lucha contra el comunismo no desde las fuerzas religiosas sino mediante un materialismo aún más radical que el comunista. Y eso es lo que sucedió desde los años 80: la llegada de la sociedad líquida, nuestro desolado presente.

Aun así, no sería justo detenernos en este análisis, pues no ayuda a indicar puntos de partida. Es más, genera un enorme sentido de impotencia. Todos podemos medir la potencia de ese nuevo poder que somete a los estados y a los pueblos, un poder financiero, desvinculado del trabajo real y del bienestar de millones de personas. Estados enteros obligados a vivir al límite de la supervivencia por estos buitres, que con una violencia absoluta sólo atienden a su propia agenda. Estos sujetos destruyen el mundo, el bienestar de los pueblos, dejan en la miseria a millones de personas. Un poder que obliga a replantearse en positivo cuál es el papel de los estados.

Esto explica por qué la Caritas in veritate de Benedicto XVI incluye un singular replanteamiento de la función del estado frente a  los nuevos poderes. El Estado, en el contexto de la globalización, debe replantearse porque desde una óptica subsidiaria el Estado ha dejado de ser el poder último, ha pasado a ser un poder intermedio, limitado, en comparación a los poderes del mundo. El Estado, sin embargo, defiende a su pueblo. La perspectiva intransigente, del XIX, que critrica los procesos de estatalización, tiene una indudable función liberal. Pero no debe ignorar la utilidad de la autonomía de los estados en el contexto de la globalización.

La pregunta entonces, en el contexto de una tendencia mundial en la que los pueblos, los partidos de masa y el deseo parecen vestigios del pasado, es sobre la posibilidad de cambio. Es la pregunta que la gente común ya no se atreve a hacer, porque no tiene ejemplos a los que mirar. Los jóvenes ya no tienen modelos, la gente común ya no tiene modelos. La pregunta que la política no se atreve a hacer, ni siquiera la de izquierdas, que una vez ondeó la bandera del cambio. Esta pregunta que no aflora es, en realidad, el resultado del fin de una ilusión. Estamos asistiendo a la conclusión de un proceso histórico, en el de la mundialización de la sociedad del bienestar, que, triunfante ante el comunismo, se impone a partir de los 80, los años de Reagan y de la Thatcher. Esa sociedad venció al comunismo en su propio terreno, el del materialismo. Agotó sus ideales, dividió la vida entre producción y divertimento. Negó todo valor a la idea de solidaridad, de sacrificio, de responsabilidad, de bien común.

¿Cómo salir de este pantano? Sin duda, no con una nueva utopía, a pesar de que me permito decir que hace falta una pizca de utopía para la planificación y el cambio. Me ha impresionado un artículo de Giuseppe  De Rita en el Corriere della Sera, donde decía  que necesitamos un gobierno contrario a los "mitos" políticos, no dominados por el furor maniqueo que divide a la esfera política entre buenos y malos. Y al mismo tiempo, un gobierno con capacidad para proyectar, porque si la política no contiene un proyecto de cambio, queda reducida a una mezquina y cansina defensa de los propios intereses. Si la política es sólo realpolitik de lo que ya existe, no hay respiro. De modo que, ¿cómo se sale de este pantano?

Yo diría -y soy consciente de que no digo nada extraordinario- que con el reconocimiento de lo positivo que existe. Esto significa el retorno a la política. Hoy necesitamos un retorno a la política porque la dimensión económica ha absorbido el momento político. La segunda República, comparada con la primera, nos da idea de una esterilización del momento político. Nadie es ya capaz de proyectar sobre el país, nadie tiene ya un designio para el país. Galli Della Loggia lo decía a su modo hace unos días en el Corriere. La pena es que lo diga desde una derecha histórica, liberal, para la cual la gran política es obra sólo de aquellos estados que aún saben hacer la  guerra... Es éste un primado de la política que ciertamente no echamos de menos... Esto es lo que falta, el reconocimiento de lo positivo que existe. En el que se da una doble responsabilidad, la de la política y la de los medios de comunicación. Sobre la distancia abismal que separa a la televisión de la sociedad, es inútil hablar. Pero sobre la clase política, sí conviene reflexionar. ¿Por qué se percibe hoy como una casta? No sólo por sus privilegios en tiempos de restricciones económicas, sino porque ya no es representativa. Si la clase política actual representara realmente a la sociedad, aunque tuviera algunos privilegios, no sería un escándalo. El verdadero problema es que ya no es representativa.

La política es "representación"

En un contexto democrático, nosotros elegimos a los representantes del pueblo. Los políticos representan por tanto al pueblo, pero los políticos de hoy, ¿a quién o qué representan? ¿Representan el interés común? ¿Representan el interés profundo de la gente? ¿O sólo tutelan a determinados lobbies, como sucede en el Congreso noteamericano? Hoy, la política es una casta porque no representa nada más que a sí misma. ¿Quién tutela el mundo del trabajo, la juventud, las familias? Hubo un tiempo en que los partidos seleccionaban a la clase dirigente. Hoy tenemos una serie de desconocidos elegidos desde arriba, sin experiencia, que obedecen la voluntad de sus jefes.

La política y los medios de comunicación no están en condiciones de reconocer lo positivo que existe, es decir, a un pueblo fragmentado, violentado, negado, pero no disuelto. No es verdad que el pueblo ya no existe. Últimamente me han impresionado tres acontecimientos que han mostrado cómo el pueblo resurge entre los pliegues de la historia. El primero ha sido el pueblo de las flores en Noruega. Ante la masacre de tantos jóvenes en la isla de Utoya, este pueblo ha expresado de una forma llena de dignidad su rechazo a este crimen absurdo. El segundo es el pueblo de las escobas en Inglaterra. Tras los episodios de guerrilla urbana, el pueblo ha recuperado el control de la situación limpiando las calles y los edificios, con manifestaciones de solidaridad. El tercer ejemplo es el gran movimiento popular en Tel Aviv, en Israel.Se trata de la manifestación de un pueblo imponente, cientos de miles de personas, en contestación al gobierno israelí a causa de una situación económica difícil que niega la posibilidad de un futuro para muchos, sobre todo para los jóvenes. Una manifestación abiertamente crítica con la política del gobierno de Netanyahu. Este movimiento es el movimiento real de un pueblo.

Quiero señalar, a propósito de sto, un precioso artículo de David Grossman, gran escritor israelí, publicado en La Repubblica y titulado "Existe un pueblo que sacude nuestras conciencias". Grossman parte del hecho de que "miles de personas que llevaban años sin hacer oír su voz, encerradas en sus problemas y en su desesperación, habían perdido cualquier esperanza posible de cambio". Una sensación que se fue disolviendo a medida que el movimiento iba tomando forma, asumiendo los rasgos de un pueblo que se une. "No una unión amenazante y sin rostro, sino una unión multiforme, variada, confusa, familiar, impregnada por la sólida convicción de que ‘aquí estamos haciendo lo que es adecuado', por fin estamos haciendo lo que es adecuado. Y en ese punto aflora el estupor: ¿dónde hemos estado hasta ahora?, ¿cómo hemos podido dejar que todo esto sucediera?: aceptar que los gobiernos elegidos por nosotros convirtiesen nuestra salud y la educación de nuestros hijos en un lujo; no elevar la voz cuando los funcionarios del ministerio de Economía reprimieron la protesta de los asistentes sociales y antes la de los discapacitados, la de los supervivientes de la Shoah, la de los mayores y jubilados. ¿Cómo hemos podido abandonar a los trabajadores extranjeros en manos de opresores y acosadores, de mercaderes de esclavos y mujeres? ¿Cómo hemos podido resignarnos a una política prepotente de privatización que ha acabado con todo lo que habíamos conseguido: la solidaridad, la responsabilidad y la asistencia mutua, la sensación de pertenecer a un solo pueblo?". Estas preguntas, para Grossman, son posibles ahora, a partir de la experiencia de una unidad reencontrada. "He aquí que, de pronto y contra toda previsión, algo ha sucedido. La gente ha despertado, se ha abierto a una iniciativa que aún no se sabe dónde acabará... y vuelve algo que estaba olvidado: el respeto por nosotros mismos, por el individuo y por Israel entero". Vuelve "un posible diálogo entre quienes llevaban décadas sin hablarse, entre clases sociales distintas y distantes, entre religiosos y laicos, entre árabes y hebreos... Un diálogo que podría salvar hasta el sentido de solidaridad mutua al que un país como el nuestro no debería permitirse renunciar".

Un artículo precioso. Existe un pueblo que sacude nuestras conciencias. Grossman indica aquí el camino: el deseo de cambio surge delante de un pueblo en camino. El deseo de cambio surge delante de un pueblo, cuando uno percibe que el pueblo existe. Como sucede en el Meeting: cuántos jóvenes vienen aquí y se dan cuenta de que el mundo no es como lo que ven fuera, que el mundo puede ser otra cosa, que existe una parte de mundo que es distinto, y entonces vuelve a encenderse la esperanza del cambio. La destrucción de un pueblo es la destrucción de ese deseo, porque sin una práctica de solidaridad no nace nada y no hay esperanza. Sin una práctica de solidaridad no puede nacer la esperanza. La política puede contribuir a este renacer sólo si se convierte en el reconocimiento de lo positivo que se mueve en la sociedad. La política auténtica es la universalización de un particular, su conversión en modelo para el bien común.

Los católicos no pueden sustraerse a una tarea como ésta. También ellos, estos años, se han quedado sentados, de brazos cruzados ante lo que había, el gran conformismo sin crítica al poder mundial, sin vislumbrarse en ellos originalidad alguna. Tras el fin de la experiencia democristiana, una experiencia que terminó con Manos Limpias y con la reforma electoral de Mario Segni, y que se consumó con la muerte de Aldo Moro en el 78, se abrió un vacío ideal y político. No se trata de rehacer la DC, el contexto histórico ha cambiado, a pesar de que la DC ha sido una gran experiencia de democracia, un verdadero partido popular, similar al partido comunista. Se trata, sin embargo, de volver a dar voz y representación a experiencias que no tienen ni voz ni representación y hacerlas patrimonio común. Hace falta trabajar para dar paso a una nueva etapa, una etapa en la que se puedan conjugar subsidiariedad y solidaridad. No como eslogan sino como un bien que une al pueblo, impidiendo así su fragmentación, que les dejaría en manos de los más poderosos.

Es cierto que formular estas palabras es fácil, pero llevarlas a la práctica es muy difícil, pues las dos realidades que están en mejores condiciones para asumir esta tarea, el catolicismo social y la izquierda, han censurado desde 1989 su historia de arraigo democrático y popular. Por eso, la exposición de los 150 años es tan importante, porque no es una operación nostálgica, sino que indica un punto de arranque. Una nueva política popular, y no populista, no puede no volver a empezar desde la experiencia histórica actualizada a la situación presente. Creo que en esto consiste la tarea que tenemos. Es de esta pasión, de este encuentro, de donde puede surgir un pathos que no se ha perdido. Una política nueva capaz de superar el colapso de un poder que se desmorona, y que amenaza con derrumbarlo todo consigo, debe valorar las grandes experiencias democráticas de la posguerra y hacerse cargo de los jóvenes, de las familias, de los ancianos, de los inmigrantes, de la escuela, del trabajo como dimensión de arraigo social. De aquí surge una política popular, una política, por tanto, que valora y al mismo tiempo se nutre de la dimensión "religiosa", porque la dimensión religiosa es la dimensión de la gratuidad que crea una solidaridad.

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