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3 DICIEMBRE 2016
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La transición pendiente de El País

José Luis Restán

Corrían los primeros años ochenta cuando Juan Luis Cebrián, verdadera sustancia gris del periódico, dictaba sus lecciones de democracia a quien quisiera escucharle, y eran muchos. Entonces decía sin rubor que el programa modernizador que su periódico encarnaba pasaba por la derrota cultural de la Iglesia católica, ya que ésta representaba el obstáculo más consistente. Y se entregaron a ello con  pasión. De nada sirvieron los servicios que la Iglesia prestó al proceso de transición democrática y a la reconciliación entre los españoles, de nada sirvió el buen talante del taranconismo de la época. Para El País no era un tema anecdótico, era una de sus batallas de fondo, quizás la más sangrienta de todas.

La llegada del Papa Wojtyla había sido saludada con salvas de artillería. Sábanas enteras para los Küng y compañía, editoriales como metralla contra el Papa polaco que pretendía la restauración y un nuevo confesionalismo. Columnas de vitriolo contra todo lo que representaba la Iglesia, campañas a favor del aborto y la eutanasia, ataques a la libertad de educación consagrada por una Constitución demasiado complaciente. Y una información religiosa "pret-a-porter" destinada a enfangar cuanto más mejor.

Claro que la evolución del pontificado no se lo puso fácil. Se trataba del Papa que abatió el muro, del campeón de los derechos humanos, del símbolo de la libertad para media Europa. Para colmo, se convertía en embajador de la democracia ante Fidel Castro. Así que dosificaron por algún tiempo su acritud. Alguno llegó a pensar que con los años el diario de los Polanco se había hecho más plural y que estaba dispuesto a reconocer al catolicismo un  lugar bajo el sol. A fin de cuentas quedaba claro que esta Iglesia buscaba el diálogo con la modernidad, aceptaba una laicidad abierta y podía ser un aliado consistente de la democracia. No sé hasta qué punto ese debate se ha dado realmente en la cabina de mando del diario, lo cierto es que no llegó a buen fin.

Con la elección de Joseph Ratzinger para la silla de Pedro, El País encontró la espoleta necesaria para reactivar su encono bestial. Sus páginas destilaron lo peor, lo más zafio y mendaz que se haya visto en la prensa europea. Y no es que sus homólogos como Le Monde, La Repubblica o Der Spiegel fuesen complacientes. Pero al menos dan espacio a otras voces y de vez en cuando hasta rectifican, como se ha visto tras la reciente visita del Papa a Alemania. Pero El País no rectifica, en esta materia no. Primero tiraron del hilo de Doctrina de la Fe (el ex Santo Oficio, repetían con glotonería) y cuando vieron que a la cometa le faltaba hilo, inventaron nuevos casos. Más aún, forzaron la máquina.

El Papa de Ratisbona, La Sapienza y los Bernardinos les ha resultado aún más peligroso que Juan Pablo II. Quizás porque su modo de desafiar al pensamiento moderno les resulta tremendamente engorroso. Habían decretado la muerte civil y cultural del catolicismo y se encuentran a un Papa levantado como referente obligado del debate público. Un  Papa que se atreve a criticar al positivismo jurídico desde dentro y en sede parlamentaria, que busca a los agnósticos en su propio campo, que se mide con la perplejidad de los científicos... y que para más "Inri" sigue concitando al pueblo y a los jóvenes, a pesar de las bombas de racimo lanzadas durante años. Definitivamente esto es demasiado.

El colmo ha sido la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid. Esa novedad tranquila de millones de jóvenes que viven alegremente su fe, sin complejos ni agresividad, ha sido como un amargo despertar. Y encima llega Vargas Llosa y les cuela de matute un artículo elogioso, que reconoce la aportación del mundo católico al bien común, cuando ellos habían decretado negar el pan y la sal a toda esa juventud a la que no conceden ni siquiera derecho de ciudadanía. Por eso desde sus columnas, crónicas y editoriales no han dejado de verter basura a paletadas, ya sea tocando la fibra intelectual ya sea con el estilo propio de uno de esos talk-show sobre el corazón y otras vísceras, que hipócritamente suelen desdeñar.

No voy a decir como Martin Luther King que he tenido un sueño. El sueño de que uno de los principales diarios de nuestra democracia, fiel a su matriz laica, busca entender a uno de los sujetos indiscutibles de la historia de España, busca dialogar con él sin dulzuras pero sin prejuicios, admite en sus páginas voces diversas al respecto, y reconoce, por ejemplo, que Benedicto XVI nos ha retado en lo más crucial de nuestra conversación nacional, de nuestro debate sobre el futuro. No, no puedo soñar como el gran líder de los derechos civiles. Porque la casta editorial que sigue controlando este periódico, para muchos oxidado y plomizo, es incapaz de moverse un milímetro. Quizás no sea ya la fría hostilidad ideológica de un Cebrián, quizás aquello ha dado paso a una enfermedad de la razón no sabemos si incurable. El caso es que si hace tiempo cruzaron la raya de la infamia, ahora han cruzado simplemente la del ridículo.

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