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2 DICIEMBRE 2016
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>A propósito de un artículo de García Santesmases

Ventanas abiertas a la realidad

Ana Llano, profesora de Filosofía del Derecho

El problema, suele argumentarse, es que las cosmovisiones o identidades fuertes han justificado históricamente el uso de la fuerza "porque tenían razón", "porque defendían la verdad". En este sentido retoma García Santesmases el paralelismo que subrayara el insigne filósofo del Derecho y de la Política, Hans Kelsen, "entre el absolutismo filosófico y el absolutismo político", que "no es únicamente externo, ya que, de hecho, éste tiene una tendencia inconfundible a utilizar aquel como instrumento ideológico". Y no se puede negar, por triste que sea, que así ha sido y tampoco que el peligro -aunque no sea el más inminente, no al menos en occidente- siga existiendo. De ahí su inmediata fuerza de persuasión. De ahí también que no se pueda criticar el relativismo sin tomarse muy en serio los riesgos a los que pretende enfrentarse.

Es de suma importancia distinguir el plano de la teoría y el de la praxis y reconocer que el paso de la perspectiva teórica, antropológica, por ejemplo, a la perspectiva ético política debe realizarse con mucho cuidado. Una cosa es la relación de la conciencia de cada persona con la verdad y otra la ordenación jurídica de la convivencia conforme a criterios de justicia.. Las dificultades se presentan, sobre todo, cuando nos las vemos con realidades que son a la par objeto de conocimiento (del que se podrá predicar su verdad o falsedad) y de regulación (que podrá ser más o menos justa, más o menos humana), aspectos que ni son equivalentes, ni son disociables.

La música y la letra

García Santesmases, confiesa que "la música de lo que dice Ratzinger no suena mal; cualquier planteamiento ilustrado que conozca los límites de la razón deberá tener en cuenta su diagnóstico y tomar nota de los peligros de un mundo donde muchos entienden que la discusión acerca de la verdad debe ser abandonada so pena de caer en el absolutismo". No estaría mal que el legislador español tuviera en cuenta que el buen ejercicio de la regla de las mayorías exige "el máximo respeto a las minorías y la posibilidad de ejercer la objeción de conciencia... conquistas de la democracia liberal que no se pueden olvidar".

Pero ¿a qué llama música y qué considera letra del discurso de Benedicto XVI? Aquí la cosa se pone más interesante aún. "Si sólo se tratara de difundir la necesidad de minorías que combatan un mundo contaminado por el hedonismo, el utilitarismo o el consumismo desaforado, muchos sectores de la izquierda alternativa estarían de acuerdo y propondrían unos valores posteconomicistas": esta es la música. Y no es poca convergencia: creo que ahí podemos encontrar muchos puntos comunes. Se ha hablado de una cultura más allá del clericalismo político hecha por nuevos laicos, creyentes y agnósticos cuyo spartiaque es el que separa la razón de las lentes deformadoras y violentas de la ideología: no todo es reducible a opinión, existe la realidad, existen los hechos, existe la posibilidad de acercarse y tocar algo que llamamos ‘verdad'. Y sobre este núcleo duro se puede bien fundar la casa común, la política, las leyes.

"El problema -sigue Santesmases- es cuando, so capa de la crítica del relativismo, se plantea que el relativismo es una nueva forma de dictadura y que sólo el que está dispuesto a aceptar la Verdad con mayúscula puede dar sentido a la propia existencia": ésta sería la letra. Ahora bien, en el discurso del Papa no se menciona esa "Verdad con mayúsculas" y, en todo caso, el quid de la cuestión estriba en que no habla de la verdad en abstracto, sino como una exigencia que nace de la vida misma, ya sea bajo un régimen totalitario -cuando a los combatientes de la resistencia se les hizo evidente-, ya sea en nuestras democracias -en las que el discernimiento de lo justo en cuestiones antropológicas fundamentales no es nada fácil-: se trata de lo menos abstracto que existe, de la verdad sin cuyo resplandor uno se asfixia. Cuando oímos la palabra verdad -escribió Capograssi- nosotros, modernos, no sabemos ya de qué se trata exactamente.

García Santesmases se muestra prudente. No se le ocurre ignorar la cultura y la experiencia que lleva el Papa a sus espaldas, ni le considera un dogmático deseoso de hegemonía política alguna. Critica, en cambio, su pretensión de sustraer ciertas cuestiones a la regla de la mayoría que resultaría insuficiente. Los conflictos en los que se ve afectada "la esencia de lo humano", no se pueden resolver ni "apelando a las preferencias valorativas de los distintos grupos humanos", ni a "las disposiciones de los grupos parlamentarios".

Sigue siendo sensato cuando reconoce que se trata de problemas "que no se resuelven proponiendo que la religión sea un asunto puramente privado sin ninguna relevancia pública". ¡Ojalá hubiera cada vez más ciudadanos, políticos y pensadores que entendieran esto! Ahora bien -escribe el filósofo de la política, y nos acercamos al meollo de la cuestión-, "el problema en democracia es que, más allá de lo que opinen las iglesias o los colegios profesionales, los sindicatos o los movimientos sociales, los clubs deportivos o los medios de comunicación, alguien tiene que decidir. Y en la democracia representativa, ese papel, con todas sus limitaciones e imperfecciones, lo cumplen los parlamentos". En efecto, ahí radica toda la responsabilidad del político, en decidir, pero no tanto "más allá", cuanto "escuchando y teniendo realmente en cuenta" la voz de la sociedad civil. No obstante, el verdadero punto de discordancia entre el discurso del Papa y el artículo de García Santesmases está en que para éste el único criterio que deberá guiar la acción política es la regla de la mayoría, mientras para aquél, siendo ésta decisiva y con frecuencia suficiente, no siempre basta.

No hay que desdeñar esa sana "dosis de relativismo" que valora García Santesmases, siempre que sea entendida como el reconocimiento de no poseer la verdad y de la necesidad del otro, del diálogo para acercarse a ella, siempre que conlleve la conciencia de que el campo de la praxis no admite verdades exactas, sino que requiere el compromiso -esencial a la política- y la controversia -forma de lo jurídico-. Frente a todo integrismo -negador del valor irrenunciable de la libertad, a la que se somete la verdad, que no puede imponerse por la fuerza- y frente a todo relativismo -negador de la experiencia de la verdad a la que está llamada la libertad-, es preciso que aprendamos a convivir en nuestros Estados laicos y modernos obedeciendo a un doble criterio que va más allá de todo pretendido neutralismo.

Por supuesto que hacen falta leyes, decisiones tomadas por mayoría. Pero ante una defensa del relativismo kelseniano como baluarte de la democracia, parece interesante caer en la cuenta de la relación estrecha entre el formalismo normativista que Kelsen llevó a su máxima expresión y el nihilismo jurídico, que consiste en la indiferencia absoluta hacia los contenidos, dada la ausencia de criterio que permita discernir entre lo jurídico y lo antijurídico. ¿Qué es el nihilismo si no desligar el Derecho de toda instancia supra-positiva y resolverlo en la eficiencia del funcionar y en la regularidad del proceder? Allí donde los contenidos los decide el querer humano mutable y contingente, la forma adquiere una importancia central como única garantía.

¿Sólo técnica?

La cuestión decisiva para la comprensión del derecho radica hoy en si se ha de entender o no como norma meramente técnica. La superación del enquistado debate entre iusnaturalismo y positivismo pasa por la solución del problema de si la naturaleza del Derecho es la del instrumento técnico o no permite tal reducción. Pues si no cabe relegar el Derecho al mundo de la técnica, vuelve a abrirse para el jurista contemporáneo la vía de una reflexión sobre la antigua y perdurable idea del Derecho natural, reflexión de carácter netamente filosófico. Frente a esa paradójica alianza entre la razón instrumental y la irracionalidad nihilista, que vienen a coincidir en la eliminación de la pregunta por el sentido, de la cuestión del fundamento, con el consiguiente oscurecimiento de la vida de la razón y con él del obrar humano entero, la empresa de retomar la filosofía práctica, con los innumerables interrogantes que suscita, constituye uno de los hechos más emblemáticos de la investigación filosófica de las últimas décadas.

Siempre aguda, Arendt nos recuerda que "la verdad, aunque impotente y siempre derrotada en un choque frontal con los poderes establecidos, tiene una fuerza propia: hagan lo que hagan, los que ejercen el poder son incapaces de descubrir o inventar un sustituto adecuado para ella. La persuasión y la violencia pueden destruir la verdad pero no pueden reemplazarla". De ahí que el hambre de ella -ese deseo que tanto confesó odiar Nietzsche- reaparezca una y otra vez en la vida de los hombres.

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