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7 DICIEMBRE 2016
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>Editorial

El cambio que necesitamos

El sistema del Bienestar, por el contrario, es el producto de una gran constelación de entidades sociales que prestan servicios y que no están en la órbita del Estado. Ha tenido que ser un sociólogo de formación anglosajona el que dejara claro algo que una mentalidad española es muy difícil de comprender. Sólo alguien que ha hecho buena parte de su carrera en Estados Unidos supera la dicotomía hispánica entre un estatalismo excluyente y un liberalismo que dice tener fe sólo en el mercado. Por sencillo y superado que parezca el esquema vuelve a repetirse en la pre-campaña electoral: todo lo que no sea gestión directa de los servicios públicos por la Administración se descalifica hablando de privatizaciones. Como si todavía estuviéramos en los años 80 del pasado siglo. Sin superar esta dicotomía es imposible que el Estado del Bienestar, que se ha transferido a las Comunidades Autónomas, sea sostenible. La rebaja de la calificación de la deuda española por la agencia Fitch, el pasado viernes a AA- es, de hecho, consecuencia del déficit y la deuda que generan la Sanidad y la Educación.

Díaz sostiene que una de las entidades decisivas en la creación del "sistema del Bienestar" español ha sido la Iglesia Católica. "La Iglesia ha sido productora de Bienestar por tres motivos, explica el sociólogo. Primero porque ha reforzado la familia, lo que es decisivo. Es fácil imaginar qué sucedería en una España con cinco millones de parados si no existiera la red de solidaridad básica que supone la familia. El segundo ámbito en el que la Iglesia es "productiva" es en la creación de infraestructuras de Bienestar y el tercero su focalización en la ayuda a la pobreza y a la exclusión social.

La naturaleza "socialmente productiva" de la Iglesia es decisiva de cara a las elecciones generales del próximo 20 de noviembre. En realidad esa "productividad" se identifica con su misión en el mundo. Benedicto XVI lo explicó hace ya casi un año en su homilía de la Sagrada Familia cuando habló de Gaudí. Puso al genial arquitecto como ejemplo de alguien que realizo "una de las tareas más importantes hoy: superar la escisión entre conciencia humana y conciencia cristiana, entre existencia en este mundo temporal y apertura a una vida eterna, entre belleza de las cosas y Dios como Belleza". Las obras, sobre todo las obras sociales, obligan al hombre a interrogarse, son "signo visible del Dios invisible".

Con esta perspectiva se entiende que la llegada de Rajoy a la Moncloa no supone ni muchos menos el cambio más radical que necesita España. El cambio es necesario, muy necesario. Hemos sufrido en los últimos ocho años el peor Gobierno de la historia de la democracia. Pero no es el momento de caer en la tentación del estatalismo católico que tanto daño nos ha hecho desde el comienzo del siglo XIX, desde que en las Cortes de Cádiz -de las que pronto se cumple el bicentenario- se pusieron las bases del Estado español tal y como lo entendemos ahora. A pesar del florecimiento de numerosas obras sociales casi todas las energías disponibles para construir una presencia cristiana se utilizaron, a partir de esa fecha, en conseguir que la modernidad no le quitara al Estado ciertas herencias confesionales. Fue la consecuencia de un modo de entender el cristianismo en clave piadosa e individualista. El verdadero sujeto del cambio no podía ser, con esa mentalidad, el sujeto social cristiano sino el Estado. Estas dos últimas legislaturas han sido un buen revulsivo: la presencia cristiana solo es cristiana cuando es social o "estéticamente" productiva y hace preguntarse por el origen de tanta belleza. No hay otro camino.

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