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4 DICIEMBRE 2016
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A un mes de las elecciones

Hace sólo ocho años, quién lo diría, los derechos que había reivindicado la izquierda clásica, los derechos de los trabajadores, el empleo, el bienestar o la redistribución de la riqueza se consideraban conquistas superadas. Una muestra más de la falta de realismo con el que se vivía y pensaba antes de que estallara la Gran Crisis. En esas estábamos. De hecho, después de aprobarse la reforma que permite el matrimonio de personas del mismo sexo, la agenda de la segunda legislatura de Zapatero estaba centrada en el desarrollo de los llamados nuevos derechos. La ley del aborto de 2010 hizo una interpretación in extenso de los derechos reproductivos en los términos en los que los más radicales quieren introducirlos en las conferencias de la ONU sobre mujer y población desde mediados de los años 90. El Gobierno de Zapatero resolvió la cuestión de un plumazo. Hizo realidad el sueño de las feministas que trabajan desde hace años en los organismos internacionales para que los derechos sexuales incluyan la interrupción voluntaria del embarazo.

Muñoz Molina en El País del pasado sábado retrataba bien la ideología que ha animado estos nuevos derechos: "la moda tiránica del posestructuralismo y el relativismo que argumentó que los rasgos del comportamiento son exclusivamente el resultado de convenciones culturales o cultural constructs". Con la lucidez que ha mostrado en otros momentos el escritor afirmaba: "la mente humana no es esa pizarra en blanco en la que puede inscribirse cualquier sistema de valores o código de conducta, incluidos la orientación sexual, el instinto maternal....". Molina se rebela contra de la imposición de la teoría del género como religión del Estado del siglo XXI. Pero lo cierto es que mientras en las aulas de Harvard se explica la relación entre los sexos como un conflicto de clases, España ha preparado una ley (de igualdad de trato) que contemplaba multas para aquellos que pensaran que el género no existe. Los ataques al euro han impedido su promulgación. Si la legislatura hubiera concluido en tiempo y en forma esa norma se hubiera quedado como una bomba de relojería en el ordenamiento jurídico y se habrá convertido en referencia para la nueva izquierda mundial.

¿Y ahora qué? La victoria del centro-derecha, que desde luego merece apoyo para que se pueda volver a cierta normalidad, supondrá un cierto cambio. Cambio claro en el terreno económico, se acometerán reformas que con mucha dificultad permitirán mantener un sistema del Bienestar adelgazado. Será entonces la ocasión de pedirle a ese centro-derecha, que también suele ser demasiado estatalista, que cuente con la sociedad civil. ¿Y por lo que se refiere a los nuevos derechos? Habrá sin duda que batallar por que se cumplan las promesas hechas, entre ellas la derogación de la ley del aborto. Pero la derecha entiende poco de antropología. Por eso habrá que recordar todo lo que hemos aprendido en los últimos años. En el movimiento pro-vida español se ha producido una interesante mutación. Se reconoce con realismo que las normas no lo son todo. Interesa cambiar las leyes, sin duda. Pero interesa, tanto o más, realizar un trabajo a favor de las mujeres, fomentar políticas reales para acompañarlas, propiciar un cambio cultural, trabajar en la educación sexual... El nuevo Gobierno puede y debe apoyar un movimiento de ese tipo. Un referente para quien no sepa qué hacer con los nuevos, falsos, derechos.

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