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4 DICIEMBRE 2016
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¿Acaso no llevan razón los indignados?

Manuel Medina

En el ambiente un clima de cabreo, ambiente violento y festivo por reencontrarse, por haber tomado la calle con éxito. Enfado contra algo o alguien indeterminado, contra los malos que roban el bienestar y se quieren aprovechar del pueblo. Mientras los indignados recorrían el centro de Madrid y de muchas ciudades de Europa y de América, porque esto se ha hecho global, los ministros de Finanzas del G-20 intentaban decir algo coherente para hacer frente a la Gran Crisis. De momento no han conseguido nada en claro. Los bancos europeos están hechos unos zorros, los 744.000 millones del fondo de rescate europeo no son suficientes para poner a salvo a Grecia, para recapitalizar a la banca del Viejo Continente que es una especie de queso agujereado, con más deuda de los países periféricos en su balance de la que puede soportar.

¿No llevan acaso razón los indignados cuando protestan contra un sistema financiero y contra unos mercados que han separado hasta tal punto el capital del trabajo que se han convertido en un monstruo que lo devora todo? De momento la única solución que se vislumbra para intentar paliar la crisis es seguir aplicando medidas de austeridad fiscal y emplear el dinero público en que los bancos no se hundan definitivamente y se lleven todo por delante. Es para estar indignados o para algo más.

Pero en el razonamiento falta un eslabón. Muchos directivos de las cajas de los ahorros y de los bancos se han comportado como auténticos desalmados, el divorcio entre finanzas y economía real, así como la locura de unos mercados dominados por la especulación son una auténtica lacra. Pero seríamos hipócritas si no admitiéramos que todos hemos sido cómplices de la fiesta. El riesgo de la banca es sistémico porque ha comprado deuda pública de unos Estados que han querido mantener un sistema del Bienestar insostenible. La ciudadanía creía que tenía derecho a eso y a mucho más. La fiesta del dinero barato, el boom inmobiliario y las prestaciones de una Sanidad y unos Servicios Sociales imposibles la hemos protagonizado todos.

Más que la hora de la indignación, es la hora de la responsabilidad. Y la responsabilidad no es violenta, no pretende soluciones imposibles. La responsabilidad te hace meter el arado en la tierra, aunque no se olvida de los que han robado.

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