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7 DICIEMBRE 2016
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El Concilio y América Latina

Marco Tosati

Han sido pronunciados ríos de palabras y escritos sobre el Concilio, sobre sus efectos y sus consecuencias; quizás ningún acontecimiento a lo largo de toda la Historia de la Iglesia ha dado lugar a interpretaciones tan lacerantes. Pero una cosa si es segura, más allá de las posiciones incluso opuestas, y esto es que el Vaticano II ha significado un cambio hacia una nueva época en las relaciones entre Roma y las Iglesias de nueva evangelización, de manera particular con América Latina. Cierto, también África y Asia han vivido como protagonistas la estación postconciliar. Pero la pura fuerza de los números y de las raíces pluricentenarias de la fe en el subcontinente americano lo han convertido en protagonista.

Ha sido la naturaleza misma del Concilio, marcadamente pastoral lo que ha ayudado en este proceso; no fueron proclamados nuevos dogmas, aunque fueran afrontados dogmáticamente los misterios de la Iglesia y de la Revelación, pero la palabra de orden fue interpretar los "signos de los tiempos"; la Iglesia habría tenido que hacer un salto en su modo de acercarse a la realidad mundial, tras dos siglos de ataques recibidos de manos de la cultura ilustrada y positivista, y las heridas causadas por las dictaduras ateas del siglo XX. Una exhortación que el Papa Roncalli hizo resonar, hablando de los "profetas de calamidades": "En las condiciones de la sociedad humana estos son sólo capaces de ver únicamente ruinas y problemas; van diciendo que nuestros tiempos, si se comparan con los siglos pasados, resultan peores en todo; y llegan hasta el punto de comportarse como si no tuvieran nada que aprender de la historia, que es maestra de vida, y como si en los tiempos de los precedentes concilios todo procediera felizmente respecto a la doctrina cristiana, la moral y la justa libertad de la Iglesia". No fue una casualidad que entre los 2500 prelados y altos dignatarios de la Iglesia que participaron ese 11 de octubre en la ceremonia celebrada en San Pedro el obispo más joven fuera sudamericano: el peruano monseñor Alcides Mendoza Castro, de 34 años, obispo titular de Metre, auxiliar de Abancay, nacido el 14 de marzo de 1928, elegido obispo el 28 de abril de 1958 y arzobispo emérito de Cuzco.

La Iglesia preconciliar era una iglesia sustancialmente blanca y eurocéntrica, a pesar de la actividad misionera que había puesto en marcha Pío XI, y de su extraordinaria sensibilidad hacia la importancia de las Iglesias locales. Pero fue el Concilio lo que puso en el candelero problemas, vitalidad y energía de las Iglesias latinoamericanas, que pedían una mayor consideración hacia sus particularidades culturales y religiosas.

Y social. América Latina era, como ahora, un continente lleno de tensiones y contradicciones enormes. El resultado de todo ello fue la llamada Teología de la Liberación, que en sus diversas formas, algunas plenamente aceptadas por Roma, y otras abiertamente condenadas, es todavía actualmente objeto de debate.

La Teología de la Liberación es una reflexión teológica que tuvo inicio en América Latina con la reunión del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAN) de Medellín (Colombia) en 1968, tres años después de la clausura del Concilio Vaticano II, que tiende a poner en evidencia los valores de emancipación social y política presentes en el mensaje cristiano. Entre sus precursores cabe recordar a Gustavo Gutiérrez y Leonardo Boff, además del obispo brasileño Helder Câmara. En una cierta medida, sus raíces se pueden encontrar en la reunión que recibió el nombre de Pacto de las Catacumbas, firmado por 40 obispos en una catacumba de Roma tras el Concilio. Con este pacto estos obispos asumieron el compromiso de una vida pobre al servicio de los pobres. Muchos eran latinoamericanos, y entre ellos al origen de este Pacto, también estaba dom Helder Câmara. Su memoria estaba en el aire en Medellín, aunque por razones obvias, no fuera nunca mencionado.

El contexto histórico postconciliar en América Latina es extremamente conflictivo: una grandísima pobreza, regímenes dictatoriales que luchan para mantener privilegios, la creciente presencia, incluso militar, del marxismo. Difícil la posición en la que se encuentra la Iglesia, que pide una opción preferencial por los pobres, pero que no tiene que ser, como decía Juan Pablo II "ni exclusiva ni excluyente". La radicalización teológica de la Teología de la Liberación fue seguida luego por una participación cada vez mayor de los laicos en la vida de la Iglesia; que sin embargo no siempre se mantenía en la vía de la correcta doctrina y de la correcta praxis.

Un fenómeno explosivo lo constituyeron las comunidades de Base (tan solo en Brasil nacieron decenas y decenas de miles de ellas). Si en Medellín en 1968, los representantes de la jerarquía eclesiástica sudamericana tomaron posición a favor de los más desheredados y sus luchas, pronunciándose a favor de una iglesia popular y socialmente activa, en el decenio siguiente comenzaron a emerger los problemas de extremismo y excesiva presencia social de la Iglesia. De este modo, en Puebla, en 1979, durante la reunión del obispado latinoamericano, presidida por Juan Pablo II, el Papa afirmó que la "concepción de Cristo como político, revolucionario, como el subversivo de Nazaret" no es coherente con las enseñanzas de la Iglesia, "no se compagina con la catequesis de la Iglesia".

Pero cerrando este importante paréntesis, sobre la Teología de la Liberación, hay que decir que si un continente ha vivido y "encarnado" el sentido de participación, especialmente de los laicos, del Concilio Vaticano II, éste ha sido América Latina. Con el Vaticano II, América latina se convirtió en protagonista de primer plano dentro de la Iglesia. Un continente en el cual, entre otras cosas, uno de los principales frutos del Concilio, es decir, los movimientos eclesiales, han encontrado un terreno prolífico para su desarrollo. Y las tesis expresadas en presencia de Benedicto XVI durante la reunión de Aparecida del obispado latinoamericano en mayo de 2007, confirman en pleno esta tendencia, coherente con la de Medellín de 1968: lectura de la realidad por medio de los signos de los tiempos; opción preferencial por los pobres, compromiso a favor de la promoción humana y defensa de la dignidad de la persona. A ello se añade, en el marco actual de la globalización, la conciencia de que estos problemas y otros, de diferente signo, como la salvaguardia del universo, no se reducen solo al continente latinoamericano sino que afectan a todos los países del mundo y a la totalidad de la humanidad. No es una casualidad que los dos únicos viajes intercontinentales realizados hasta ahora por Benedicto XVI hayan tenido como destino América Latina y Estados Unidos, dónde la presencia de los católicos de origen hispano supera ya el treinta por ciento de la totalidad de los fieles a la Iglesia de Roma.

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