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4 DICIEMBRE 2016
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>Monseñor Jesús Sanz

"La tentación frente al poder dominante, como decía Giussani, es reducir la verdad a valores sin rostro"

P.D.

Hace once años, en un encuentro de verano, Giussani señalaba que  "el naciente Estado moderno se percató desde el comienzo de que necesitaba crear una mentalidad distinta de la de la Iglesia. Para ello el Estado trató de entrar directamente en el proceso de educación y en la escuela". Pero, explicaba el fundador de CL, "al percibir la actitud refractaria de la Iglesia a su pretensión, (el Estado) trató de golpear a las instituciones, funciones sociales y asociaciones que encarnaban el contenido propio del mensaje de la Iglesia".

Monseñor Sanz comenta: "no es una novedad en la larga historia de la humanidad: si no te pliegas al poder dominante, éste te ignora o de persigue. Si acatas dócilmente su pretensión, entonces entras en el círculo de sus objetivos como un aliado, instrumentalizándote como una correa de transmisión. Es evidente que la Iglesia católica es golpeada con la hostilidad, la ridiculización y la exclusión del ámbito público. Particularmente la familia y la educación son los dos factores preferentemente atacados, porque son en donde se puede sostener y acompañar a la persona, y donde se lucha contra una masa anónima que ha perdido su yo".

¿Cuál puede ser la respuesta en esta situación? "Los hombres de Iglesia -afirmaba Giussani también en aquella intervención- se sentían traspasados por el temor y el temblor ante la incomprensión que la mentalidad común (...) estaba desarrollando contra la mentalidad cristiana. Por eso se limitaron a la defensa de aquello que los demás podían comprender, que incluso los adversarios tenían que admitir: las virtudes fundamentales, la ética fundamental".

"Es muy lúcido este juicio de Mons. Luigi Giussani -asegura el obispo de Huesca y Jaca- porque la tentación que induce el temor y el temblor es la de adaptarse cediendo progresivamente el terreno de tu identidad en beneficio voraz de ese poder dominante. La ambigüedad resultante termina por succionar tu ser y tu hacer, reduciendo a valores sin rostro lo que constituye ese yo que hace que tengas nombre, que tengas historia y que tengas una verdad de la que eres humilde portador. La reducción a valores comunes es la trampa para vaciarte de esa verdad que permite que seas tú, con el pueblo al que perteneces y con el mismo Dios que ha acontecido como una compañía respetuosa hacia tu destino".

"¿Qué queda, qué puede quedarnos como fuente de libertad real?", se preguntaba el sacerdote milanés, y respondía: "El individuo, la persona. (...) El problema es el yo, la persona. Esto no está en contradicción con la asociación o con el tipo de gente en la que confiar para tener la fuerza necesaria; la fuerza de la asociación, la fuerza de la convivencia civil, radica en la persona".

"La abolición del yo destruye la persona, dando pie a ese intervencionismo por parte del poder -comenta monseñor Sanz- el paternalismo de Estado se manifiesta en la real sustitución de la responsabilidad que tiene la libertad personal y la conciencia desde la que actúa. Si dejamos de ser lo que somos, secundaremos sin más lo que otros nos impondrán que hagamos. Es esa suplencia que termina por sustituirnos a lo que nos debemos resistir, desde una apasionada defensa de la persona, del yo personal, que tiene libertad, que tiene corazón, que tiene historia y que tiene destino. El pueblo resultante de esta persona es el pueblo llamado y acompañado por Dios".

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