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7 DICIEMBRE 2016
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Un dios salvaje

Juan Orellana

El argumento es sencillo y se desarrolla en tiempo real. Tras una pelea de chavales en la que uno le rompe un par de dientes a otro con un palo, ambas familias, la del agresor -los Cowan- y la del agredido -los Longstreet-, deciden verse para resolver amistosamente el problema. Los dos matrimonios se ven en casa de la víctima, y lo que empieza como una conversación educada y bien encaminada, termina siendo una exhibición de pura irracionalidad e instintividad.

Cuatro actores y una sola localización son suficientes para narrar esta inquietante y pesimista historia que gravita casi exclusivamente sobre los diálogos. De hecho, la partitura de Alexandre Desplat sólo suena en el prólogo y epílogo del film. Si hubiera querido, Polanski podría haber emulado al Hitchcock de La soga, y haber rodado todo el film en un plano-secuencia.

A lo largo del escaso metraje, los personajes van abandonado sus actitudes caballerosas y sociables para ir destapando paulatinamente su rostro más oscuro: el "ello", que diría Freud, el instinto. Para ello va a hacer de catalizador el Whisky que beben los personajes, y que los va embriagando a la vez que desinhibiendo.

A pesar del interés de cierta crítica que propone a la hipocresía social y a determinados modelos de familia y educación, la película entronca con otras muchas que ponen el acento en el aspecto más animal del ser humano. Películas como Furia, La jauría humana, Dogville,... por citar sólo tres ejemplos, ya mostraron el componente irracional de la condición humana. Otros films como Gangsters de Nueva York o 2001, una odisea del espacio proponen la violencia como origen y sustrato de la civilización. De esta manera en la película de Polanski se subraya que bajo el barniz cultural de la educación y los buenos modales sólo hay violencia primitiva y brutalidad. Esa visión tan parcial del hombre obliga a los personajes de Un dios salvaje a radicalizarse en sus conductas, tocando la histeria en algún caso, y privando de autenticidad el tramo final del film. Eso sí, brillantemente interpretado y dirigido.

Se trata, pues, de un film claustrofóbico y pesimista, que propone que la relación con el otro sólo es cordial cuando funciona la "superestructura" cultural. Es cierto que el factor educacional es muy importante. Pero no lo es que el hombre sea esencialmente un salvaje. El hombre está hecho para el encuentro con el otro, y la hostilidad le deshumaniza. Aunque estemos rodeados de violencia sabemos que nuestra humanidad no se reduce a ella. Parece que Polanski piensa que sí.

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