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8 DICIEMBRE 2016
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Tiempo de construir

José Luis Restán

Es momento de refrescar algunas de las cosas que Benedicto XVI dijo en tierra española hace poco más de un año, indicaciones y pistas especialmente valiosas en este momento. Para empezar su invitación a que España juegue un papel central por lo que se refiere al diálogo entre fe y laicidad. Todo lo que ha sucedido en los últimos años demuestra hasta qué punto esta es una asignatura pendiente: de los laicistas por supuesto, pero reconozcamos que también de los católicos. Y si podemos decir que la calificación de la "resistencia" ha sido de notable alto, no puede decirse lo mismo en cuanto al intento (siempre arduo) de avanzar en un diálogo que hemos aplazado demasiado tiempo. Lo apunta con gran sinceridad y limpieza el arzobispo Fernando Sebastián, cuando bucea en los pantanos de nuestro siglo XIX en su reciente libro Evangelizar (Ediciones Encuentro).

Ahora que la anomalía de un gobierno sectario ha hecho mutis por el foro, sería el momento de renovar la búsqueda de ese reencuentro entre fe y pensamiento laico. Cierto, es una tarea para los responsables eclesiales: teólogos, obispos, líderes de la sociedad civil.... Pero también del conjunto de los cristianos y de sus comunidades, porque junto al necesario diálogo intelectual es preciso el diálogo de la vida. De nuevo el Papa con su realismo nos conduce, al indicar que los no creyentes, los que buscan y no han encontrado, viven a nuestro lado, trabajan junto a nosotros, se divierten con nosotros. Y ya está bien de que cada uno mire para otro lado, de que cada uno amase y cultive sus añosos prejuicios. Ellos, el de que los católicos somos enemigos del progreso y que pretendemos imponer a todos nuestra forma de pensar y de vivir; nosotros, el de que el mundo laico es necesariamente enemigo del cristianismo y está dominado por gente agresiva y sin valores.

Otra indicación de Benedicto XVI ha sido que pongamos en el centro de la plaza la cuestión religiosa. Tendemos con frecuencia a fajarnos duramente sobre las cuestiones morales, pero no tanto sobre el valor civil de la religiosidad. El Papa dijo en el Obradoiro que la tragedia de Europa es que muchos se han convencido de que Dios es "enemigo del hombre y de su libertad". España, desde luego, no es caso aparte. Una gran tarea para estos años sería abrir espacio a Dios en la vida española, mostrando su verdadero rostro a través de sus testigos, a través de la caridad y de la belleza que nacen de la vida cristiana. Si el hombre es el camino de la Iglesia, entonces la propuesta de la Iglesia tiene que encontrar al hombre en sus laberintos, en su rebeldía y en su búsqueda, de forma que no aparezca como una especie de policía de buenas costumbres, sino como un lugar de vida que entra en diálogo dramático con sus expectativas.

Hace días el cardenal Martínez Sistach decía en El Espejo de la COPE que desde la dedicación de la Sagrada Familia por Benedicto XVI observa una nueva apertura en algunos no creyentes, una pregunta más limpia y un acercamiento más sencillo a lo que significa esa fe que a través de Gaudí levantó semejante sinfonía en piedra. Es cierto que no disponemos de un Gaudí cada semana y en cada esquina, pero el cristianismo es generador de belleza en todos los campos de la vida: convivencia, trabajo, familia, arte... En la ciudad secularizada la vía de la belleza es esencial para abrir espacio a Dios, es una dimensión esencial de lo que el Papa entiende por "nueva evangelización".

Y lo mismo cabe decir de las obras sociales que muestran la fecundidad de la savia cristiana. El cardenal Rouco lo acaba de subrayar en el contexto de la tremenda crisis que vivimos. Se refería explícitamente a Cáritas, pero no olvidemos que el tejido de la caridad es mucho más amplio: bancos de alimentos, familias de acogida, centros para inmigrantes, cooperación internacional. Todo eso está ahí y es parte esencial de la construcción civil que reclama al mundo católico. Sin olvidar que la caridad implica siempre el juicio histórico de la fe, una comprensión de la realidad que nace de la experiencia cristiana, porque si no se apaga en sentimentalismo o deriva hacia un moralismo triste e inútil.

Y llegados aquí me zumban los oídos: ¿y el Gobierno qué? ¿Qué le pedimos, qué podemos esperar de él?  Sacudámonos el estatalismo que también nosotros llevamos encima. La regeneración moral y cultural que deseamos sólo puede venir de los sujetos sociales vivos, así que la primera exigencia al nuevo gobierno debería ser que abra el campo para que se expresen, construyan y eduquen las realidades vivas de la sociedad civil, y entre ellas, por supuesto, la Iglesia. Podemos reclamar que desaparezca  definitivamente la ingeniería social del zapaterismo, y en cambio practique la subsidiariedad. Que transforme el laicismo en una laicidad abierta y positiva. Todos saldremos ganando.

Siempre muy conscientes de que el PP es un partido laico, una plataforma en la que conviven identidades culturales diversas, es razonable pedir al nuevo Gobierno una reforma educativa que prime la libertad de los padres y la libertad de iniciativas, y que fortalezca los contenidos de la gran tradición humanista occidental. Y también que reconozca sin ambages que la familia es un bien social de primera magnitud, que no es intercambiable por otro tipo de uniones o formas de convivencia, y por eso debe ser políticamente protegido. Por último es justo demandar un mensaje claro a favor de la cultura de la vida, suprimiendo la aberración del derecho al aborto.

Por lo demás, no pretendamos que un Gobierno (por bueno que sea, y esperemos que el próximo lo sea, por la cuenta que nos tiene) realice lo que no puede y no debe emprender. Algún titular picante advertía estos días que "han vuelto a ganar los católicos". No lo creo, esperemos que en todo caso hayan ganado la libertad y el sano pluralismo. Porque ahí podremos desarrollar nuestra tarea en medio de los hombres, con simpatía hacia sus aspiraciones y deseos, testigos de la sorprendente humanidad que nace de la fe, siempre listos para dar razón de nuestra esperanza

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