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3 DICIEMBRE 2016
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Egipto: ¿Cómo hemos llegado a esto?

Tewfik Aclimandos, Collège de France

A falta de sondeos de opinión, hay motivos para creer que una mayoría de coptos eligió la segunda solución. Con algunas buenas razones. Lo que vimos y oímos el 9 de octubre es terrible. La represión de la manifestación fue la ocasión de que se desencadenara el más puro odio, acompañado de otros actos espantosos: los medios de comunicación oficiales que no se contentan con difundir ad nauseam mentiras sobre un (supuesto y fantaseado) ataque de los coptos a las tropas de la policía militar, sino que lanzan, inconsideradamente, un llamamiento pidiendo a los «honrados ciudadanos», invitándolos a acudir a proteger al ejército contra los manifestantes coptos (había que oír cómo se pronunció este adjetivo). Numerosos (pero no todos los) «expertos» consultados se tragan fácilmente, demasiado fácilmente, las mencionadas sandeces de la propaganda sobre coptos armados hasta los dientes que llegan a las manos con el ejército. Dicen, en pocas palabras, que los coptos recogen lo que han sembrado y les acusan de hacer un drama de «pequeños incidentes» (una iglesia incendiada). Un hombre político de los Hermanos musulmanes, interrogado por la BBC árabe durante la noche, no cuestiona la versión oficial sobre la agresividad copta, puesto que en Alejandría ha visto lo que han hecho: se manifestaban y blandían cruces. Más en general, muchos parecen encerrados, tapiados, en una cárcel de prejuicios hostiles que les impiden ver la evidencia: no ven que la versión oficial no se sostiene, ni por un instante, y que, aun admitiendo que fuera exacta, no excusa la brutalidad de la represión. Esa noche, algunos comercios coptos fueron atacados aquí y allá, pero también el hospital copto, al cual se transportaban los restos mortales de las víctimas. On est passé tout près Hemos estado muy cerca de una versión egipcia de la noche de cristal.

Pero, precisamente, esto se ha evitado. La verdad lentamente se ha abierto paso, como un pequeño chorrito de agua y se ha transmitido de boca en boca, partiendo de los notables musulmanes y coptos que encabezaban la manifestación, y también a través de periodistas o habitantes musulmanes y coptos del barrio. Y ha sido posible ver a un salafista blandir la cruz en señal de solidaridad, indignado por lo que se había hecho. Hemos podido ver a numerosos intelectuales, burgueses, gente humilde, unirse al dolor de los coptos y manifestarse por ellos. Y el poder se ha visto obligado a corregir considerablemente el tiro: a admitir que los muertos eran egipcios inocentes, que la cobertura mediática había sido «errónea». Dio el pésame, hizo gestos. Ciertamente, se trata de un «reajuste limitado». Habla ahora de agentes provocadores que atacaron al ejército. Nada permite pensar que se pregunte por qué y cómo fue posible tanta violencia, y si lo hace, es entre cuatro paredes.

Cómo fue posible tanta violencia es precisamente la pregunta que hay que plantear. ¿Cómo puede ser que tanta gente honrada, tantos ciudadanos apreciables, pudieran creerse el discurso de los medios de comunicación y todavía hoy nieguen lo que pasó? Diciendo que es necesario plantear la cuestión, no me adhiero ingenuamente a las tesis de los efectos benéficos de una comunicación liberada de las obligaciones que no sean la del mejor argumento, lo que permitiría una anamnesis. Soy consciente de la sabiduría de la máxima musulmana: "la sedición duerme, ¡ay de quien la despierte!", o de la católica sobre las puertas que es mejor no abrir.

En este marco limitado, recorrer la historia y la evolución de las representaciones, de los discursos, de los intelectuales y de las ideas que han hecho posibles, plausibles y audibles les relatos, los estereotipos, las leyendas falsas y los discursos de odio que corren hoy día en las dos comunidades es imposible. Me doy por contento con dos constataciones: primera, que personas dignas de estima y respetables, coptos o musulmanes, se creen hoy cosas horrorosas sobre sus conciudadanos que no son sus correligionarios. Y, segunda, cada comunidad debería comenzar por hacer su propio examen de conciencia, lavar sus trapos sucios, evitar sus propias sandeces y poner en tela de juicio el dominio epistémico de los más obscurantistas y reaccionarios.

Por el contrario, puedo mencionar algunos hitos. Recuerdo que la emancipación copta es un proceso que puso en marcha la dinastía de Mehmet Alí, especialmente con la abrogación de la capitación en 1855 por parte de Said, que culmina con la unión sagrada del alzamiento antibritánico de 1919. En su tesis, Laure Guirguis muestra la ambivalencia original de la concordia y de la fraternización entre comunidades en el marco del gran partido nacionalista Wafd (1919). El discurso de Wafd sobre el laicismo y la secularización es mucho más islámico de lo que se dice habitualmente. La Monarquía egipcia y la Constitución de 1923 no desmantelan las estructuras del Estado confesional y no cuestionan ni por un instante la existencia de varios regímenes de estatutos personales. Modernizan las estructuras y los dispositivos, los adaptan en la medida de lo posible al imperativo de igualdad, a la idea reguladora de la ciudadanía.

Sin embargo, en los hechos, esta «unión sagrada» o esta simbiosis se apoya en instituciones, organizaciones del espacio, maneras de hacer, prácticas diarias que organizan y facilitan la coexistencia. Los barrios «indígenas» en los cuales viven coptos y musulmanes, y que podemos oponer a los barrios «europeos» u «occidentalizados» de las clases superiores y las comunidades europeas, son bastiones del nacionalismo. Son lugares en los que las personas se frecuentan, se hablan, se visitan. Un sistema educativo estático, que progresivamente deja atrás el sistema tradicional, controlado por los ulemas, es accesible a los egipcios de las clases medias nacientes, independientemente de su confesión. Los alumnos se manifiestan juntos, hacen deporte juntos, estudian juntos. Se conocen.

Sin embargo, después de 1945 viene la erosión de lo que hacía posible esta unión. No voy a volver aquí al tema del surgimiento de la cuestión de la identidad, sobre si Egipto es todavía un país musulmán, y qué implica esto, una cuestión vehiculada, expresada y valorada por la Cofradía de los Hermanos Musulmanes. Pero recuerdo algo que es menos visible: uno de los principales hechos sociales de los últimos cien años es la liberación de la mujer, que accede a la educación, al mercado de trabajo y que elige a su marido. Esta aparición de la mujer en el espacio público será una de las causas, es más, la causa principal, de la implantación de estructuras comunitarias. En efecto, esta aparición de la mujer hace posible los matrimonios entre personas de religiones diferentes. Ahora bien, según los estatutos personales y la legislación, todo matrimonio «mixto» es una ganancia para la comunidad musulmana, y una pérdida para las comunidades no musulmanas: si el esposo es musulmán, lo serán también los hijos, y un no musulmán se debe convertir al Islam para casarse con una musulmana. Así las cosas, se establecerán -de forma lenta pero segura- prácticas sociales que consistan en prohibir que los musulmanes pongan su mirada en la mujer copta (por ejemplo, el cabeza de familia copta llevará a sus hijos a un médico copto), en organizar una mixtura hombre-mujer en un espacio comunitario (las Iglesias crean clubes anexos al lugar de culto). Por otra parte, el principal pasivo de los sucesores del presidente Nasser ha sido su indiferencia ante la terrible decadencia del sistema educativo egipcio, mientras que la escuela era el factor y el espacio de integración por excelencia. La degradación y la extensión del espacio urbano cuestionan los estilos de vida cotidianos, la vida en común, que eran el zócalo de la unidad nacional. Por último, en el seno de la comunidad copta, los equilibrios internos entre grandes propietarios y clero se han roto, en beneficio del segundo, por los golpes que las reformas de Nasser asestaron a los primeros.

Quizás estas evoluciones eran difíciles de evitar, pero las opciones políticas del presidente El-Sadat las agravaron y resultarán irremediables. El sucesor de Nasser, que quiere recobrar el Sinaí (ocupado en 1967) y poner término al partenariado con el incómodo padrino soviético, necesita a Arabia Saudita en el exterior, y a islamistas en el interior. Para derrocar los bastiones de la izquierda en la universidad, subiéndose a la gran ola de religiosidad y de la «vuelta a Dios» que siguió a la derrota de 1967, favorecerá -como mínimo- que surja un movimiento islamista plural, de discursos islamistas radicales, alimentando demasiado a menudo uno o más discursos anticristianos nauseabundos. Los islamistas más extremistas no se contentan con «pegarse con los izquierdistas», sus exacciones contra los coptos -de una extorsión que se presenta como un restablecimiento de la jizya o capitación, a los asesinatos pasando por los incendios de iglesias-cada vez son más numerosas. Y, sobre todo, el Estado, por indicación sus vértices, mira hacia otro lado. La herida es profunda y no cicatrizará jamás. Estas prácticas reaniman la enormemente sólida tradición victimista y el culto del martirio coptos, que perciben el entorno como unánimemente hostil y que favorecen enormemente el replegarse sobre sí mismos.

Numerosos observadores son muy críticos acerca del modo en que el Papa Shenuda III dirigió las relaciones con el Estado, pues estiman que recurrió con demasiada frecuencia al «pulso», que hizo todo lo posible por «llevar la contraria a Sadat», que estaba esencialmente preocupado por la consolidación de la dominación del clero sobre la comunidad y que favoreció, dentro de esta, la difusión de ideologías tan antipáticas como los discursos anticristianos del otro bando. No estoy seguro de que tengan razón en todos los puntos, pero no conozco suficientemente la cuestión como para zanjarla. Recuerdo solamente que no es seguro que haya tenido toda la libertad que se le atribuye: con esto quiero decir que tenemos la tendencia a creer que está en el origen de todos los «errores» de su comunidad, o de sus exigencias, incluidas las más irrealistas, etc., y que no está demostrado que sea así. Señalamos, en cambio, que su actitud hostil respecto de Israel le valdrá apoyos muy sólidos en la «comunidad intelectual egipcia», musulmanes y coptos indistintamente y que serán numerosos los miembros musulmanes de esta comunidad que sentirán simpatía y que manifestarán su apoyo a las principales reivindicaciones coptas.

A pesar de la proliferación, en el seno de cada comunidad, de discursos nauseabundos sobre el otro, consolidando sin cesar desagradables «imágenes de los demás», pese a que diariamente se pongan en marcha prácticas de construcción de espacios comunitarios, pese a que se multipliquen las discriminaciones diarias por parte de todos, agentes del aparato del Estado y coptos incluidos y, por último, pese a la relativa frecuencia de los incidentes violentos, que algunas veces son verdaderos pogroms, la «cuestión confesional» fue un tabú hasta el año 2004, en el cual de repente se convirtió en uno de los principales temas del debate público.

Laure Guirguis ha estudiado muy bien cómo surgió esta cuestión y sus múltiples facetas, en una tesis que se publicará pronto. Lo que me importa aquí no es estudiar las posiciones que han tomado unos y otros, sino recordar que la jerarquía copta no siempre ha dado prueba de sabiduría o de juicio. Además de algunos desconcertantes deslices verbales por parte de personalidades (el anba Bishoy, número dos de la Iglesia, por ejemplo) que por sus funciones habrían debido ser prudentes, su gestión de los incidentes relativos a las conversiones (reales o supuestas) al Islam de esposas de sacerdotes deseosas de dejar a sus maridos ha sido desastrosa: a dichas esposas no se las ha vuelto a ver, por lo cual son creíbles las tesis y las voces que evocan su secuestro. Por último, la jerarquía copta a menudo ha dado la impresión de ser arrogante y de explotar la fragilidad de un régimen preocupado de agradar a Washington y de preparar la «transmisión hereditaria del poder». Decir esto, obviamente no significa afirmar que los agentes estatales o religiosos musulmanes hayan sido mucho más brillantes. La sabiduría y el humanismo de los dos últimos grandes imanes de al Azhar es la excepción, muy importante, que confirma la regla.

Ahora bien, estamos ante una situación urgente. La principal evolución de los doce últimos años es la «democratización» de los incidentes interconfesionales. Estos ya no son el atributo de algunos islamistas fanáticos que sienten la necesidad de «tomársela» con los coptos. Ahora oponen a personas que viven en el mismo barrio. Cualquier pelea de vecindario se puede descontrolar y es un milagro que no suceda más a menudo. Los principales incidentes tienen dos tipos de causas:

A) la cuestión de la construcción de iglesias, abrumadora para el aparato del Estado. Actualmente, es prácticamente imposible obtener una autorización para la construcción de iglesias. Por lo tanto, los coptos construyen iglesias «ilegales» (no tengo la intención de entrar en el sórdido debate sobre el carácter «necesario o no» de estos lugares de culto, porque son necesarios o simplemente porque están prohibidos. Y, a menudo, estas iglesias «ilegales» o así decretadas son incendiadas por una población «molesta» por su presencia: una intolerancia, dicho sea de paso, que hubiera sido inimaginable hace cincuenta años.

B) las historias de amor entre personas de confesión diferente, sobre todo si el resultado es que «la joven mujer se va», deja su domicilio familiar. Ninguna de las dos «comunidades» parece dispuesta a reconocer el derecho de los individuos a la felicidad, y la copta es más excusable, puesto que pierde miembros en cada matrimonio mixto.

Este cuadro, muy sombrío, explica el verdadero pánico que se ha apoderado de la comunidad copta, que, a fin de cuentas, sabía que el absolutismo de Mubarak, a pesar de sus defectos, constituía una protección y aportaba una dosis apreciada de liberalismo. Quizá Mubarak hacía concesiones a los oscurantistas, pero no era uno de ellos. Ciertamente, no ha prestado al problema la atención que merecía, pero hasta que se pruebe lo contrario tampoco lo agravó conscientemente. Este pánico creció, en un primer momento, a causa del episodio de Maspero: el ejército era, en el inconsciente copto, el baluarte del vínculo nacional, el representante del Estado-Nación egipcio, el protector último. Protector que se convirtió, en una noche, en el verdugo. Sucedió en pocas horas, pero dejará huellas profundas. En ciertas ciudades de provincia, todas las familias que tienen los medios para hacerlo tratan de emigrar, y más de 93.000 coptos han dejado el territorio desde el pasado enero. Falta por saber si será una situación temporal o no.

El cuadro ya es bastante sombrío como para que lo pinte más negro. Cabe señalar que la comunidad intelectual, la intelligentsia, es muy sensible al problema y son numerosos los miembros que con frecuencia han salido en defensa de los coptos y han sabido encontrar las palabras adecuadas, equivocándose raramente. Todavía es más tranquilizador el hecho de que, si los coptos en general han contado con el apoyo de quienes, entre los musulmanes, «no tenían problemas con la noción de igualdad de los ciudadanos», reciben cada vez más apoyo de numerosísimas personas que, si bien no aceptan verdaderamente esta noción de igualdad y no aman a los cristianos, están indignados por como se ha tratado a los coptos, condenan firme y vehementemente los asesinatos, los incendios de los lugares de culto, y dicen bien alto que el Islam «no es esto» y que no quieren que se siga «así».

Queda mucho por hacer -entre otras cosas, una actualización copta- y no hay que minimizar los peligros: hemos visto cómo algunos centenares de militantes lograron, el 11 de septiembre de 2001, estropear las relaciones entre el Islam y Occidente durante al menos una década. Dicho esto, no hay que subestimar las energías y la vitalidad del humanismo musulmán, el primero que se ve amenazado por el extremismo.

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