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11 DICIEMBRE 2016
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Después de la investidura de Rajoy, ¿qué pasa con la educación? ¿Es sólo cuestión de cambiar el bachillerato?

Francisco Romo

Señala uno de los teóricos del pragmatismo, Richard Rorty, en su libro Consecuencias del pragmatismo (1996): "en lo más profundo de nosotros no hay nada que nosotros mismos no hayamos depositado, ningún criterio que no hayamos creado al dar luz a una práctica...". No existe nada objetivo que podamos identificar como propio: el hombre es un producto social, afirma nuestra cultura dominante y repiten nuestros alumnos como papagayos fruto de la educación recibida acríticamente durante años que ha provocado que nada les mueva, ni les entusiasme.

Aquella mirada sobre lo humano propia de nuestra cultura que define al hombre como deseo, como exigencia de verdad, de justicia, de belleza, en definitiva de felicidad, abierto a encontrar en la realidad una respuesta que le satisfaga, se percibe como lejana. Aquella frase de San Agustín con la que inicia Las Confesiones, "nos has hecho para Ti y sólo descansará nuestro corazón cuando repose en Ti", parece propia de otra civilización.   

Es la ausencia del reconocimiento del deseo que constituye al hombre lo que ha anestesiado al culto hombre occidental, y si no ¿cómo se puede explicar el fracaso en nuestras sociedades modernas de la pretensión ilustrada de que todo hombre tiende al saber por naturaleza? Si los ilustrados levantaran la cabeza y vieran que la escolarización es total en la vieja Europa y que sin embargo el 80% de nuestros educandos, siendo benévolo en los datos, consideran que la escuela es un peaje, una prisión por la que hay que pasar para un día poder hacer lo que quieras, aunque tampoco se sabe bien el qué. Aquellos ilustrados, amigos del Enciclopedismo, volverían a esconderse dentro de su tumba.

Y en éstas nos encontramos en la perspectiva de un posible cambio en la educación de nuestro país. Pero, ¿qué cambio? ¿Qué decisiones políticas podemos esperar que hagan vislumbrar una nueva era para la educación en nuestro país? ¿Es posible cambiar algo en nuestro sistema educativo con una perspectiva de mejora real?

En el discurso de investidura como presidente del gobierno, Rajoy señaló como una de las medidas que pretende su gobierno el bachillerato de tres años.

En referencia al tema de bachillerato, creo que el planteamiento que hizo Rajoy de no querer hacer reformas estructurales no fue valiente. En efecto, Rubalcaba sacó la cuestión principal en la respuesta: no se pueden hacer sólo retoques porque desde la LODE y la LOGSE  la estructura del sistema educativo y su planteamiento pedagógico tienen una unidad. Si quitas 4º de la ESO y pones bachillerato, se te cae la ESO (y por consiguiente la titulación de la Educación Secundaria Obligatoria). Ese 1º de bachillerato se termina con 16 años, con lo cual la enseñanza obligatoria rompe el principio de igualdad de oportunidades que los socialistas defienden.

Entonces, en primer lugar, o se cambia el sistema educativo LODE Y LOGSE (lo que permitiría introducir también una nueva formación para el trabajo) o se introducen pequeños retoques como intentó el gobierno de Aznar al final de su segunda legislatura con la LOCE (Ley orgánica para la Calidad de la educación), ley que derogaron los socialista nada más llegar al poder en 2004, y que introducía posibles itinerarios para los alumnos desde 3º de la ESO, con algunos otros retoques...

En segundo lugar, el planteamiento educativo que se introducía en la LOGSE se realiza desde una única metodología, la constructivista, que pone el acento en la capacidad (radical) constructiva del sujeto frente a la realidad, sostenido dicho sujeto por la sociedad que a su vez le construye (véase Bruner, Piaget, Ausubel, Vygotski y compañía). Pedagogía que ha demostrado su fracaso absoluto en los países que se ha desarrollado.

Los especialistas en educación en la órbita del PP (Alicia Delibes, Juaristi, Rupérez, Nasarre...) y otros críticos del constructivismo, como Barrio Maestre, señalan como necesidad vital para un cambio en la educación recuperar los contenidos que permitan a nuestros alumnos crecer en contacto con una realidad que no producimos únicamente nosotros. Tesis de la que no se siente lejano el mismo Savater, señalando en su libro El valor de educar (1997) que alguien tiene que ocuparse de la tarea ingrata de introducir el principio de realidad y de ser autoridad si queremos que nuestros alumnos crezcan en libertad. Tenerlo en cuenta haría necesario un cambio estructural del sistema.

Por último, aunque no se realizara este cambio, haría interesante la introducción de un tercer año de bachillerato, sin retocar en demasía la ESO.

Pero aun así, la pregunta que emerge es la que continuamente se plantean nuestros profesores de universidad: ¿Cómo es posible que vengan tan mal preparados nuestros alumnos de la Secundaria? De ahí que se vean obligados a inventarse cursos cero de preparación para los que llegan a la universidad. O dicho de otro modo, ¿basta con cambiar el bachillerato y no la estructura y la metodología del sistema educativo hoy imperante?

No sé si Rajoy se refirió a esta posibilidad de un tercer año de bachillerato alargando la educación secundaria, no sé si aludía a ello cuando dijo que en Alemania y otros países europeos tienen más años de bachillerato, respondiendo a Rubalcaba. Esto podía ser una opción, con lo que se entraría un año más tarde a la universidad, favorecería una mayor madurez al llegar (actualmente abandona el curso iniciado en la universidad el 50% del alumnado).

Lo que está claro en principio es que el nuevo presidente no plantea cambios profundos en la educación ¿Será una nueva ocasión perdida?

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